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El arte salva


Desde que mamá se enfermó dejé de pintar. Es momentáneo porque lo tengo adentro y no puedo escapara los mandatos que el arte me impone porque me hace feliz. Tarde o temprano volveré a los pinceles.


Dibujo desde que soy chiquita. MI madre guardó montones de ellos desde que tenía tres años hasta los siete más o menos. Al deshacer su casa, tras su muerte, no los encontré. Una pena. Mamá fue la guardiana de los recuerdos familiares con cartas, dibujos, fotos y objetos que relatan nuestra historia. Ella siempre decía que no sabía dibujar ni una silla. Mal ejemplo porque una silla es un mueble difícil de retratar.


En el colegio dibujaba todo el tiempo. La profesora irritada me arrancó el papel de las manos y pidió atención. “Me concentro mejor cuando dibujo, señorita”, le dije, pero no me creyó. En clase dibujé los ochos hijos que soñaba con tener. Jenifer era pelirroja, Santiago, morocho, y así por delante. Diseñé el plano de mi casa. Era cuadrada, con un patio en el medio y una galería que lo rodeaba. Dibujé cada cuarto, y eran ocho, cada uno con sus colchas, camas, bibliotecas, adornos, cuadros y alfombras.Demás está decir que nada de eso se hizo realidad. La clase pasaba volando mientras yo hacía de cuenta que prestaba atención.


A los diez años me dije a mi misma que de grande sería pintora mientras miraba extasiada una obra de arte, en el Louvre. Fue como una predicción, una voz ajena a mi habló a través de mis pensamientos. Nunca más me lo planteé, ser artista era una mala palabra para mi padre, una cosa de vagos.


Aprendí a pintar con la observación. Los grandes pintores fueron mis maestros. En Paris mi segunda casa eran los museos. Miraba detenidamente cada obra, de lejos y de cerca una y otra vez, para captar el efecto que producía cada pincelada en su conjunto. La luz y la sombra son mi debilidad. Rembrandt me cautiva. Un señor me preguntó una vez si era pintora.

-¿Por qué?

- Por la manera de mirar los cuadros.


Tuve la suerte de ver a los grandes en vivo. Los visitaba a Van Gogh y Gauguin una y otra vez como si estuviesen vivos. Me fascinan sus pinceladas y colores llenos de sentimientos y pasión, eternizados en sus pinturas.


Cuando me fui de la casa de mis padres – a los 22 años – llegué a Paris con una mochila en la espalda. No tenía plata ni para comer. Me encontraba en el Boulevard St. Germain con los latinoamericanos exilados que vendían artesanías en la calle. Los franceses en cambio vendían cuadros, algunos de ellos en miniatura. Algo tenía que hacer, quería ser independiente. Me decidí por las miniaturas porque eran más fáciles de hacer y económicas. Sólo necesitaba de papel y acuarelas. Compré los tres colores primarios para no gastar. Rojo, amarillo y azul. A partir de sus combinaciones creaba todos los demás colores. El blanco era el papel porque la acuarela es transparente. Se trata de una alquimia, un momento mágico y maravilloso, descubrir diversos colores a través de mezclas. Las posibilidades son infinitas. Fue una experiencia sublime, un verdadero aprendizaje, que me sirve hasta el día de hoy. A veces es bueno no tenerlo todo a mano, hay que arriesgar e improvisar para descubrir nuevas posibilidades.


Viajé durante tres años por Europa de mochila. No resistí al invierno parisino así que cuando llegó el verano partí hacia el sur en busca del sol. Dejé de pintar y me dediqué a sobrevivir. Fui artesana, campesina, niñera y obrera según el momento y la necesidad. Dejé de pintar pero jamás dejé de dibujar. Mis herramientas eran una birome y una hoja de papel, a veces me contentaba con una servilleta. Dibujaba por pura necesidad, era mi válvula de escape, mi mayor compañía.


Volví a pintar diez años después, en Brasil. Hice de ello una profesión. Empecé de casualidad, ¿o causalidad? Seguro que lo segundo. No es fácil vivir de la pintura pero la satisfacción de hacer lo que amo compensó todos los sacrificios por los que tuve que pasar.


Ahora doy clases y aprendo de mis alumnas más y más. Gracias a ellas continúo en contacto con las pinturas, pinceles, bastidores y atriles. No nos olvidemos del trapo, tan desvalorizado y necesario. Un día le voy a hacer un homenaje. Hace el trabajo sucio.


El arte es como el mastercard:

Atril, acrílicos y bastidor: $500,00

Pintar: No tiene precio


El arte salva.

El lorito senegalés

Mi abuela y yo compartíamos el mismo amor por los animales. Ella siempre tenía un perro a su lado pero en Sénégal tuvo cinco. Todos ellos dormían en su cama. A veces uno, a veces dos, o los cinco a la vez. Mi abuelo, cansado de esa situación le dijo un día:


- Les chiens ou moi! (¡Los perros o yo!)

-Les chiens! (¡Los perros!)


Nunca más la amenazó. No sé cómo hacía, era un hombre robusto, más bien gordo, para acostarse en la cama con esa multitud.


Cuando cumplí once años viajé a Sénégal para mis vacaciones. Durante la estadía mi abuela me regaló un loro. Era jovencito y no sabía hablar. Me enamoré inmediatamente de él. Vivía en mi hombro. A veces se me subía a la cabeza. Me robaba la comida del tenedor cuando lo llevaba a la boca y yo me mataba de risa. Me divertía todo el tiempo con él. A los pocos días antes de partir me puse triste. No quería abandonar a mi nuevo amigo. Mi abuela me consoló. Dijo que lo podía llevar a Buenos Aires conmigo, en el avión.


- Pero no se puede, bonne-maman.
– No importa, lo escondés.


En aquel entonces no existían los controles de hoy en día. No había máquina de rayos X, ni detector de metales. Se iba hasta el avión a pie, por la pista. Mi abuela me puso en la mano un muñequito de goma, de esos que tienen un pito dentro y suenan cuando los apretás.


- Escondés el loro sobre tu pecho (que no tenía), debajo de la ropa, y lo sostenés con una mano. Con la otra llevás el muñequito que hacés sonar por si al loro se le ocurre hablar.


Era el plan perfecto entre una abuela que no hacía caso a las normas y su nieta de once años. Me subí al avión con el loro y muñequito a cuestas. Viajaba sola. Para las azafatas y pasajeros yo sólo era una niña raquitica con “síndrome de Napoleón”. Por la mano digo, aunque la apoyaba un poco más arriba que la del emperador. Fueron diez horas de avión desde Dakar hasta Buenos Aires y nadie lo vió. Cuando llegó la comida ya era de noche. Prendieron todas las luces del avión. El loro asomaba la cabeza disimuladamente para comer. Una cucharada para mi y otra cucharada para él. Parecía saber lo que tenía que hacer, no chistó ni una sola vez y se quedó durante todo el trayecto escondido bajo mi mano.


Al llegar a Buenos Aires mis padres me fueron a buscar al aeropuerto con mi hermana. Me esperaban en la pista, al lado de la escalera del avión. En la época sacaban fotos a todos los pasajeros cuando bajaban, como recuerdo. Se puede ver mi mano apoyada sobre una protuberancia extraña. Mismo así nadie se dió cuenta, ni mis padres. Pasamos por la aduana y policía. No preguntaron nada.




Cuando el coche arrancó mi madre preguntó: ¿Cómo la pasaste? Y yo saqué finalmente el loro de su escondite. Pegaron un grito descomunal. ¡No se puede entrar un animal silvestre al país! ¡Eso es un crimen! ¿Y las enfermedades? ¡Qué ocurrencia! Mi madre era tan distinta a la suya, tan emotiva e irracional. El loro no tenía lugar en nuestro departamento limpio y ordenado. Mismo así se quedó. Le instalamos un palo en mi cuarto, con comida y agua. Se tiraba al piso y caminaba con sus patas chuecas hasta la sala, a los gritos, porque no quería estar solo. Vivía en mi hombro. Era cariñoso y divertido, un compañero ideal. Se hizo respetar inmediatamente por la negra gata “Pussycat”. Le mostró su amenazante pico y le dió la espalda sin más.


Fuimos felices durante unos dos o tres años, hasta que mi madre no agüantó más. Se lo regaló a una señora que vivía en las afueras y lo amaba. Lloré desconsoladamente pero lo tuve que aceptar. Era una niña, no tenía poder de decisión. Con él tenía un pedazo de mi abuela cerca, un pedazo de Sénégal, aquel exótico país, tan luminoso y lleno de colores, donde fui feliz mientras duró. Ahora mi lorito forma parte de mis recuerdos, esos que guardo con tanto amor. Estas historias me hacen pensar en la increíble abuela que tuve, un ser fuera de lo común. ¡Cómo la extraño!


A ver quién consigue ver el muñequito en mi mano ¡La foto es tan vieja! :)

De Cuerpo y Alma


¿Tenemos un cuerpo y un alma, independientes el uno del otro? Hay religiones que lo afirman, el ateísmo lo niega. Otros creen que somos uno con la naturaleza divina que se manifiesta a través de espíritus. La religión judeo-cristiana ve al cuerpo como pecado, que hay que reprimir y dominar. El hinduísmo lo ve como un vestimenta que el alma abandona al morir y busca otro para vestirse y reencarnar.

Siempre hablamos del cuerpo como si fuese algo fuera de “nosotros”. “Mi estómago está mal”, “tengo el hígado de un pibe”, “se me rompió el pie”, “mi pelo es suave”. Cada órgano tiene vida propia y no siempre nos hace caso. ¿Caso a quién? ¿Al alma, espíritu, soplo?.

En la medicina hay dos tendencias. La alopatía ve a cada órgano aislado del resto. La homeopatía ve al cuerpo cómo un todo. Ya se demostró que las emociones influyen en nuestro organismo a través de las enfermedades psicosomáticas. Entonces vamos al psicólogo y para hacerla más corta al psiquiatra que nos receta una pastilla para la ansiedad o angustia. ¿Qué somos entonces? ¿Seres químicos? Una pastilla nos hace ver la vida de otro modo debido a una combinación química.


Existieron tribus que comían el corazón de sus enemigos para adquirir su fuerza. El espíritu y el cuerpo eran uno solo. Son pocas las personas en nuestra civilización que creen adquirir la personalidad del donador de un órgano al transplantarse. En Brasil producieron una novela llamada “De Cuerpo y Alma”. Una mujer se transplantaba un corazón y con ello adquiría parte de la personalidad de la donante, ¡y se enamoraba del amante de esta! Pura ficción.


Tiempo atrás una implantada me recriminó cuando jugué a ser media robot, una mujer biónica:

-Es un broma, nomás

- No te creas, muchos sordos nos rechazan porque creen que somos robots.


Me quedé boquiabierta. Me es difícil creer que alguién pueda pensar algo así seriamente. ¿Que será del que tiene un bypass? ¿No tiene corazón? Los sordos deben afrontar muchos prejuicios si deciden implantarse. Algunos creen erróneamente que serán diferentes después de la operación, con una nueva personalidad. La sordera no me define, soy mucho más que eso. Me marca pero no me define. Siempre hice una vida normal a pesar de las dificultades que eso implica. Mi alma es algo más profundo que los límites que el cuerpo me impone. Es curioso, en mis sueños nunca soy sorda.


Con esta entrada quiero resaltar que el implante es un aparato electrónico. No altera nuestras emociones, ni nos transformamos en robots. Este aparato nos permite volver a escuchar artificialmente nomás. Los audífonos cumplen la misma función. Las protesis, bypass, stenser, operación de cataratas, transplantes y otras cosas más nos permiten mejorar nuestra calidad de vida o mejor aún, salvarla también. En esta gran controversia que existe en la comunidad sorda debido al implante ya me han dicho que hay gente que quiere seguir “sordo puro”, no perder su “identidad” ¿Los ciegos tendrán ese concepto de su deficiencia? La gente usa anteojos sin problemas, si es necesario se operan, sin poner en riesgo su identidad.



Hoy en día existe la palabra “audismo”. Ser audista es creer en la superioridad del oyente con respecto al sordo, por consiguiente el que se implanta quiere ser oyente, superior. El implante no transforma un sordo en oyente, al igual que los audífonos. Cuando el aparato se apaga o se rompe no escuchamos más. No puedo separar sordos de oyentes como si fuesen seres de otra especie. Mi alma no está en el oído y sí en mi humanidad. No considero un oyente superior a un sordo, pasa por otro lado. La audición es un sentido necesario para la sobrevivencia. Cuando no escuchamos tenemos una carencia. Y eso es lo que han hecho los sordos al crear una comunidad: sobrevivir. Han inventado un propio idioma con señas asombroso y fabuloso. Durante siglos han considerado a los sordos como estúpidos y no se les prestaba atención. Se los recluía en hospicios y más adelante en escuelas con deficientes mentales. Se unieron para sobrevivir e hicieron de su discapacidad una identidad.


Siempre pienso en Beethoven y Goya, dos artistas geniales, que cambiaron el curso del arte. Se quedaron sordos y aislados. Se volvieron locos, tristes y enojados cuando su entorno se les hizo hóstil. No hay nada que aisle más que el silencio. Somos seres comunicativos por naturaleza, ¿cómo no sufrir?. Estos dos artistas volcaron su soledad en el arte y crearon maravillas. Goya desnudó el lado hipócrita de la sociedad en su “época negra”. Se transformó en el primer expresionista en la historia de la pintura occidental. Beethoven volcó su pasión y dolor en una sinfonía que revolucionó el curso de la música. Es muy doloroso ser inteligente y en estos dos casos, geniales, y ser tratados cómo tontos. Porque los sordos no escuchan pero son inteligentes. El famoso: “soy sordo pero no boludo”, de mi padre.


Ahora existe la lectura labial y se puede aprender a hablar a través de las vibraciones, con la ayuda de la fonoaudiología. La ciencia adelantó al igual que la medicina, sobre todo la cirugía, porque a pesar de que muchos tipos de sorderas no tengan cura, los audífonos y el implante coclear nos otorga herramientas para sobrevivir y tener una mejor calidad de vida. Al aprovechar estos recursos el sordo se puede integrar en la sociedad.


Yo tengo un espíritu libre y no encajo en ningún grupo cerrado. Tengo amigos por distintos lugares del planeta, Mi madre era francesa, mi padre argentino y mi hija brasileña. Hablo cuatro idiomas. Amo la diversidad, la riqueza que otorga formar parte de más de una cultura. Soy ciudadana del mundo, mi felicidad es encontrar la comunicación con gente de otras culturas y aprender de ellas. Encontrar ese lugar donde un gesto vale más que mil palabras. Encontrar nuestra humanidad.


El sol sale para todos sin excepción, todos tenemos derecho a vivir, todos somos iguales. Nada mejor para demostrarnoslo que la muerte. “Polvo eres y en polvo te convertirás”.


No soy audista, no soy robot, soy sorda, pero sobre todo soy una persona de cuerpo y alma; cómo vos.


Santiago Luis Arauz

En la Argentina hay muy buenos cirujanos. No tenemos nada que envidiarles a los países del “primer mundo”. ¿Primer mundo bajo que perspectiva?. No nos desvíemos del tema, Olivia. Hoy en día varios cirujanos realizan el implante coclear, con éxito, en nuestro país. En Buenos Aires existen titanes como Arauz, Diamante, Schwartzman, Orfila, Cordero y Haedo. Seguro que me olvido de alguno o algunos, pero estos son famosos. Es asombroso como cada usuario defiende a su médico, sobre todo si la cirugía fue existosa. No es para menos, el implante nos cambia la vida y pasamos a ver al cirujano como a un dios que nos devuelve el oído perdido con sus manos certeras. Yo no soy una excepción. El dr. Arauz me otorgó una nueva vida con la operación, que fue un éxito rotundo.


Dejé de hablar de mi médico el día que conocí a otros implantados. Con ellos aprendí que hay varios cirujanos con gran experiencia y competencia en nuestro país, y que cada uno tiene derecho a elegir el que mejor le convenga. Es que todos queremos transmitir nuestro éxito al que llega y esperamos que se repita el mismo milagro con él. A la hora de la verdad nos queremos ayudar porque navegamos en el mismo mar del silencio.


Hoy quiero hablar de mi médico y cirujano – Santiago Luis Arauz – sin herir la sensibilidad de nadie. Mi intención no es hacerle publicidad, pero al contar mi experiencia, sólo puedo hablar bien de el. Si la operación hubiese sido un fracaso mi imagen por este doctor sería negativa, mismo si lo mío se tratase de un caso aislado. Así soy de injusta y parcial. Todo lo que escribo está empapado de emociones.


El día que lo conocí a Arauz yo no quería hacer el implante bajo ningún punto de vista. Me lo recomendó una compañera del taller de pintura de Marcela Baubeau, al verme tan aislada. Me había entrado agua en la trompa del oído y no podía más escuchar con el audífono. No podía charlar con mis alegres compañeras artistas. Me limitaba a pintar y llorar. Lloraba en el taller, la calle, colectivo, frente a la compu, en la ducha. Lloraba en todos lados. Hacía poco tiempo que vivía en Buenos Aires y no conocía ningún otorrinolaringólogo. Los que fui a ver por lo del agua, no encontraban la causa del mal. Lo que más me angustiaba era la falta de diagnóstico.


El día que supe que la otoesclerosis no tenía cura dejé de ir al médico. En Brasil sólo consultaba al otorrino de turno por alguna otitis o inflamación. Nada más. Le tenía horror a las audiometrías, no quería saber en que andaba la evolución hacia el silencio eterno. No buscaba cura, sólo audífonos. Me compré tantos que perdí la cuenta, a medida que perdía la audición.


Llegué al consultorio de Arauz sin saber que este médico era uno de los mejores cirujanos de implantes cocleares en Argentina. Cuando vió mis audiometrías se focalizó en el implante. Me mandó hacer tomografía, resonancia magnética y no sé qué más. Cuando lo volví a ver me dijo:


- Usted es candidata a un implante coclear.
- No me interesa doctor, lo que yo quiero es que me saque el agua de la trompa para volver a escuchar con el audífono.
- Pero si no escucha nada, tiene demasiadas espectativas con el audífono.
- Ya sé, pero yo aprendí a sacarle provecho, y me manejo muy bien con él. Quiero que me saque el agua de la trompa nomás.


Él tenía razón, escuchaba muy poco con el audífono, pero cómo dice el refrán es mejor malo conocido que bueno por conocer. De todos modos lo intentó y me perforó la trompa con laser. Tuve que esperar tres meses para la cicatrización y colocar el audífono de nuevo; sin éxito. Escuchaba unos chillidos insoportables y no distinguía más las palabras. En Widex intentaron de todo: calibraciones, nuevos moldes y otros modelos. Nada de nada.


Me sentí invadida por una angustia insoportable. Tuve un principio de ataque de pánico. Estaba recluída en una cápsula silenciosa y nadie me podía ayudar. Lo fui a ver a Arauz de nuevo y le dije con lágrimas en los ojos:


-Me estoy volviendo loca, doctor. Sólo escucho mis pensamientos.


Me calmó, dijo que lo que me pasaba era normal. Me recomendó ver la psicóloga de su equipo. Me atendí con ella durante unos meses, una vez por semana. Le mandaba mensaje de texto para avisarle que estaba en la puerta, pq no escuchaba el portero eléctrico. Hablabamos a través de la lectura labial. Le entendía todo. Me hizo mucho bien y ayudó a que finalmente tome la decisión de implantarme. No quería vivir así por el resto de mi vida, así que esa era la única opción que tenía para salir del silencio. Fue un proceso largo e íntimo, entre el médico, la psicóloga y yo. Me tuvieron mucha paciencia y nunca me presionaron.


Mi madre me acompañó a ver el aparato en Me-del. Casi me desmayé cuando lo trajeron. ¡Era enorme! Debería hacer un curso para aprender a usarlo, pensé al ver todas las piecitas, pilas, baterías, imán, procesador, cables, cargador, y ¡destornilladores!. Mi madre le preguntaba a las madres de sus hijos implantados cómo estaban. ¡Felices! Los niños se colocaban solos el procesador con una cancha increíble. Algunos lo tapaban con un gorro. ¿Y yo cómo lo voy a tapar?, preguntaba. Con su pelo, señora. Para las nenas es más fácil. Además el procesador será negro como su pelo, lo que lo disimulará aún más. Tal cúal, ni me acuerdo que lo tengo puesto, de lo bien que está escondido.


Tuve mucho miedo antes de la operación. No podía dormir del pánico. Treinta años atrás le habían hablado del implante a mi madre, y le recomendaron que fuesemos a ver al mejor cirujano porque existía el riesgo de quedar con paralisis facial si se equivocaban. Nunca me olvidé de eso y si tenía que elegir entre los dos prefería seguir sorda. Se lo conté a Arauz cuando me preguntó cúales eran mis miedos. Alzó los hombros, eso era problema del pasado. Al despertar de la anestesia lo primero que hice fue tocarme la cara para ver si todo seguía en su lugar.


Cuando fuimos a ver el aparato mi madre le preguntó al gerente: ¿Diamante o Arauz? Eran los dos únicos médicos que conocíamos en aquel entonces. El gerente respondió:

Los dos son excelentes, pero Arauz tiene una mano mágica. Hace cosas increíbles. Es fuera de lo común.


Conocí dos de sus casos increíbles después de implantarme. Una fue Alma. Arauz le dió pocas esperanzas. Su cóclea estaba muy calcificada debido a la meningitis que tuvo y con suerte podría colocarle cuatro electrodos. De todos modos le explicó que con sólo un electrodo escucharía mejor que con un audífono. Alma se decidió y se operó. Arauz le serruchó con gran habilidad una “cordillera de calcificación” y le colocó los 24 electrodos. ¡Asombroso! Hace poco me llamó una señora que acaba de implantarse con él también. Su cóclea estaba muy calcificada debido a la otoesclerosis y el médico le dijo que no podría colocarle todos los electrodos. Y lo hizo, tiene los 24 electrodos dentro de su cóclea y a cinco días de su activación ¡escuchó música con mi celular!


Esta entrada no ha sido fácil de escribir. Todos los implantados tenemos una extraña fidelidad con nuestros médicos. Hoy en día formo parte de un grupo de implantados, que conocí en la internet. Aprendí con ellos de que existen varios cirujanos de implantes cocleares en el país, todos muy buenos, y que hay que ser cauteloso al recomendar el suyo. Por suerte yo no pasé por eso, al saber tan poco del tema, no tuve que elegir médicos y aparatos. Me quedé con el primero que conocí y me implanté con el aparato que él mismo me recomendó.


De todos modos considero importante informar a los candidatos con la cóclea calcificada que Santiago Luis Arauz tiene manos mágicas para esos casos, un don que se debe aprovechar.

El viejito y su violín


Mi abuela se llamaba Janine. Hay miles de anécdotas de su vida, una más increíble que la otra. Perdió a su madre cuando tenía cuatro años y la casaron a los quince con un hombre que no conocía. Nunca lo amó. Se llamaba Gustave. Era un hombre bajito, lleno de miedos y angustias. Peleó en la primera guerra mundial y cuando se declaró la segunda lloró al escuchar la noticia en la radio. Escuchaba poco, tenía otoesclerosis como yo.


Janine era una mujer llena de vida. No se resignó al destino que le habían trazado y desafió la sociedad marsellesa, escandalizada con su forma de ser. El día que intervinieron el diario de mi abuelo Gustave, este se encerró en su cuarto y guardó el audífono en un cajón. Se aisló del mundo. Janine en cambio se unió a la Resistencia. Gustave nunca preguntó quienes eran todos esos extraños que deambulaban por su casa. Eran los judíos y polacos que Janine escondía de los alemanes. En la Resistencia ella conoció al hombre de su vida, con el que se escapó después de la guerra a Paris. Lo amé como si fuese mi propio abuelo, a Gustave casi no lo conocí.


Para Janine su vida estaba llena de milagros. Escapó de la Gestapo, que ya sabían de su existencia. La conocían como la morocha con un perro blanco. Ella lo supo y se puso una peluca rubia y tiñó a su perro de negro. Sus rebeldes mechones oscuros escapaban y se entremezclaban con su falsa cabellera dorada. A ella no le importaba. Tenía una enorme fé en la vida y en Dios. Llevaba a sus tres hijas a todos lados, los campamentos y granjas donde se escondían los maquis. Su hija menor, Caroline, transportaba con orgullo en su valija los documentos secretos de los resistentes y los entregaba camino a la escuela. Era un niña de tan sólo diez años.


De cuando en cuando la Gestapo entraba en la casa de Janine para ver si no encontraban algo sospechoso. Su vecino la ayudaba. Los jardines de los dos estaban en el fondo de sus casas, separados por un muro. La entrada de las dos casas daban a calles distintas, al otro lado de la cuadra, así que cuando el vecino veía pasar a la Gestapo por su calle ponía una escalera en el muro de su jardín para que los refugiados se escondiesen allí antes que los alemanes diesen la vuelta a la cuadra y tocasen la puerta de la casa de mi abuela. Todo eso pasaba delante de los ojos de Gustave, que se escondía detrás de su sordera.


A las ocho de la noche había toque de queda en la ciudad. Nadie podía prender luces, ni hacer ruído. Una noche mi abuela se hartó y pasó por encima de la realidad. Se sentó en el piano y se puso a tocar. La música emergía atrevida y se escabullía por entre las calles silenciosas. La magia se quebró con unos golpes en la puerta. Los refugiados corrieron hacia el jardín y saltaron el muro desesperadamente. Del otro lado no estaba la escalera y cayeron los unos encima de los otros como bolsas de papas.


Cuando todos estaban fuera de peligro mi abuela abrió la puerta. Tuvo una sorpresa. No se encontró con un policía alemán, y sí con un viejito diminuto que sostenía un violín en su mano.


-”Discúlpeme señora, escuché la música y no lo pude resistir. ¿Puedo afinar mi violín con la ayuda de su piano?

-Mais, bien sûr! (¡Claro!)


Y ahí se fueron los dos. Tocaron el do-re-mi-fa-sol-la-si juntos. Se olvidaron de los refugiados asustados del otro lado del jardín. Se olvidaron de la Gestapo, de mi abuelo, las hijas, el perro negro que era blanco, de la peluca, de la noche oscura y hóstil en la calle, de la guerra y fueron felices por un momento.Se produjo un milagro, uno de los tantos que mi abuela Janine vivió a lo largo de su vida.

La operación de Loli

Escribo esta cortita entrada para informar que el implante de LOLI fue un ¡rotundo éxito!



Ya tenemos una nueva bebé biónica, me alegro un montón por la noticia. Ya ha dado el GRAN PASO, de los que muchos hemos pasado. Ahora la activación y la reeducación. Una larga aventura llena de descubrimientos.


¡Felicitaciones Loli!


Te quiero mucho

Teléfono descompuesto


Los sordos nos sentimos inseguros por no escuchar. Vivimos varios conflictos innecesarios por las malas interpretaciones que sufrimos, cuando entendemos una palabra al revés que le cambia el sentido a la frase, por ejemplo. Lo que más me causa inseguridad son los sonidos que no escucho. La audición es invisible, no se la puede tocar. En Recife casi me pisó una camioneta, que venía de contramano. Era una calle corta y sin tráfico. Miré si venía alguién del lado correcto. El acceso estaba libre y empecé a cruzar tranquilamente. Mientras tanto la camioneta infractora, en vez de desacelerar tocó la bocina. Al ver que yo no reaccionaba pisó el freno violentamente y paró a diez centímetros de mi cuerpo. Fue ahí que lo ví. El parachoque casi tocaba mis piernas. El conductor me miraba atónito mientras se disculpaba, o por lo menos eso creo que hizo él. Ahora, cuando cruzo la calle miro para todos lados al mismo tiempo. Mismo con el implante me siento insegura porque escucho de un sólo oído y no sé de donde vienen los ruídos.


A veces no me entero si me hablan. Cuando no tenía el implante me pasaba todo el tiempo. Antes me preocupaba, ahora no. ¿Para qué? Mejor aceptar lo que no podemos cambiar. Cuando lo hice mi calidad de vida mejoró. Es más fácil decir, “Disculpe, soy sorda” a querer adivinar lo que no escucho. Antes sufría, ahora me río con las situaciones absurdas que mi sordera genera.


Cuando cumplí treinta años me reencontré con un amigo de la adolescencia y me contó una decepción que sufrió por causa de mi sordera:

Cuando teníamos 17 años estaba enamorado de vos pero como era tímido no me animaba a decírtelo. Estabamos de vacaciones, en Pinamar, y fuimos con nuestro grupo a bailar en un boliche. Me senté al lado tuyo y decidí que ese era el momento ideal para declararte mi amor por vos. Me armé de valor y empecé a decirte al oído lo linda y simpática que eras. Hablé y hablé hasta que finalmente te pregunté si te querías “meter” conmigo. Vos seguiste mirando la pista de baile como si nada. No sabía que pensar. De repente te diste vuelta y me viste. En ese momento dijiste: “Te cuento que de este oído no escucho nada así que si me querés decir algo cambiate de lugar porque hay mucho ruído en el boliche”. Se me vino el mundo abajo, no tenía fuerzas para decírtelo todo de nuevo. Me fui.

Sólo supe de esto diez años más tarde y nos reímos juntos de la anécdota. ¿Cúantas veces me habrá pasado algo así?, me pregunto. Seguro que muchas. El día que acepté mi discapacidad y lo dije escuché comentarios como estos:


- Pensé que eras antipática porque siempre que te saludaba vos seguías de largo.

- Pensé que eras loca el día que llegaste a casa por primera vez. Cuando te agradecí por las flores que trajiste me respondiste que mi casa era muy linda.


Es sorprendente, pensaron que era antipática, loca, rara, desubicada, tonta, pero jamás pensaron que era sorda.


Dos días antes de morir mi madre tuvo una descompensación. Llamé a la médica por teléfono y llegó muy rápido. Me explicó que justamente estaba a una cuadra de mi casa porque fue a firmar un certificado de difunción. Yo sólo escuché que justamente estaba a una cuadra de mi casa y entonces le respondí: “¡Qué suerte!”. Lo supe porque Germán me lo contó. Le pedí disculpas a la médica y después me reí de lo absurdo de la situación.


Así que ya saben, no soy loca, sólo sorda.

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