Me fui de Recife de un minuto para el otro. Al igual que los incas en Machu Picchu, que cuando partieron dejaron los platos y la comida en la mesa. Habían recibido una mala noticia: los españoles estaban en camino, pero nunca llegaron y la selva se comió la ciudad deshabitada. Yo también tuve una mala noticia y necesitaba de la ayuda de mi familia, que está en Buenos Aires.
Marulinha se quedó sola en casa con sus 17 años de edad. Nunca pensé que el destino nos iba a unir de esa manera. Cuando conocí a su mamá ella todavía no había nacido. Su mamá -Zefinha- se vino a trabajar a mi casa pero sólo duró quince días. Era jóven y alocada. Cuando volvió a pedirme trabajo otra vez ya tenía tres hijos con ella. Marulinha vivió en mi casa durante ocho meses. Era una morenita hermosa de tres años con facciones finas, ojos achinados, nariz pequeña, boca carnosa y piel de color canela, lisa y brillante, cómo si fuese de terciopelo. Llevaba dos colitas enlazadas en un moño rosa para intentar domar su pelo lleno de rizos en forma de tirabuzón. Se pegaba siempre a mi, cómo si supiese que era yo quién le iba a cambiar el destino de su vida. Un día Zefinha se casó y Marulinha se fue de casa pero nunca dejé de verlos. Con el tiempo se creó un lazo afectivo entre nosotros. A los doce años Marulinha vino a vivir a casa nuevamente, pero de esta vez sola. Iba a ser una convivencia temporaria porque su mamá se tenía que operar. La cuestión que Zefinha nunca se operó y Marulinha nunca más partió. Empezó a ir al colegio, aprendió a nadar y practicó karate hasta llegar a ser cinturón marrón. Mi hija – Agatha – compartió su cuarto con ella y la presentó a sus amigos cómo si fuese su hermana.
Cuando nos vinimos a Buenos Aires con Agatha le dejé a Marulinha mi tarjeta de banco con la cúal tendría acceso a mi pensión de discapacitada, que recibía del consulado francés todos los meses. Con eso ella vivió y pagó las cuentas mientras yo no estaba. Le daba las instrucciones de cómo manejar la casa por chat. La internet nos mantuvo comunicadas mientras estuvo sola. Es así que conseguimos vender juntas la casa, el coche y los muebles, con la computadora de por medio. Maru lloró el día que entregó el coche. Le traía muchos recuerdos y alegrías; nos llevó a tantos lugares inolvidables. Recife se encuentra en una región tropical, con playas paradisíacas. Las recorrimos todas desde, Maceió hasta Pipa, con nuestro Corsita una y otra vez.
Nueve meses después volví a Recife para buscar a Marulinha, cerrar la puerta y apagar la luz. Mi familia no entendía. “¿Para que te venís con una niña que no es tu hija, vos que no tenés un mango, ni trabajo y sos sorda?” Ellos no conocían el lazo afectivo que se había formado entre nosotras. No podía cerrar la puerta y dejarla sola. Era demasiado doloroso para todas. Le advertí que en Argentina la vida era muy distinta y que podría sufrir por ello. A ella no le importó, se quería venir conmigo a toda costa. Zefinha es una mujer muy pobre y la vida no la ayudó. Dejó partir a su hija por amor, porque sabía que en Argentina podría tener la oportunidad que Recife no le daría nunca. Y así fue, hoy en día Marulinha es una mujer hecha y derecha, una morena hermosa llena de talentos. En el aeropuerto le prometí a su madre, mientras lloraba en mis brazos, que iba a hacer de su hija una princesa. Zefinha lloraba no sólo por la partida de Marulinha, como también por la mía. Nos habíamos transformado en una familia inventada. Le dije que volvería a verla en un año. Marulinha y Agatha volvieron pero yo no. La vida me dió mil vueltas, como si fuese un monigote de trapo y sin querer queriendo pasaron seis años desde aquella tarde llorosa en el aeropuerto de Recife.
En Argentina poco a poco me asenté. Dejé de oir con el audífono, hice el implante, conocí a Germán, construí un taller y empecé a dar clases de pintura. A pesar de los problemas que tengo estoy feliz en Buenos Aires. También fui feliz en Brasil. Creo que la felicidad no sólo pasa por el lugar, es un estado interno. De todos modos extraño Brasil. En ese país nació mi hija, ella es brasileña y una parte de mi corazón también lo es.
Tengo documento y radicación brasileña pero la pierdo automáticamente si estoy fuera del país más de dos años. Mi naturaleza nómade no lo puede comprender. Brasil es mi país por adopción sin importar el tiempo que esté fuera. Soy de varios lugares a la vez: francesa, argentina y brasileña. Si tuviese dinero iría de acá para allá todos los años. Mientras tanto espero y trabajo para que mi situación financiera cambie y volver a las andanzas cómo en los viejos tiempos. El sueño de mi vida es vivir mitad del año en Argentina y la otra mitad en Brasil, con algunas escapadas a Francia. Los imposibles para mi no existen y tengo mucha paciencia. Siempre dijeron que mi sordera no tenía solución pero escucho. Ese ha sido el mayor milagro de mi vida, el resto son regalos. Lo que no se debe perder nunca es la esperanza. No nos olvidemos que la vida es lo que sucede mientras planeamos otras cosas.
Ayer crucé la frontera por tercera vez desde que me fui de Recife. Germán me acompañó. No pudimos ir a Recife cómo lo habíamos planeado porque mi madre se enfermó. Tenía pocos días para hacer el viaje. Nos sentamos frente al mapa y buscamos el camino más corto hacia la frontera: Buenos Aires – Concordia – Salto – Bella Unión – Barra do Quaraí y vuelta. En Concordia atravesamos el puente internacional Salto Grande que nos llevó a Uruguay. De ahí tomamos la ruta 3, hasta la frontera con Brasil. Recorrimos 160kms en una ruta vacía. Uruguay es un pequeño país de 3 millones de habitantes y los turistas sólo se los ve en las playas. Mi sangre aventurera se despierta cuando me encuentro en un lugar así. La naturaleza se impone vírgen y auténtica. El turismo destruye todo lugar por donde pasa y los nativos se contaminan con la basura que arrastramos con nosotros desde la ciudad.
Y nos fuimos nuevamente al puente internacional Uruguaiana – Pasos de los Libres, tal cómo lo habíamos hecho dos años atrás. Les conté nuevamente a la policía brasileña misma historia. En pocos minutos tenía el sello en mi pasaporte. Yo quería volver por el mismo camino que habíamos tomado a la ida pero Germán no. Era lógico, ya estábamos en Argentina: ¿para qué volver a Uruguay nuevamente? Lo que pasa que la ruta 14, que va de Paso de los Libres a Concorida es un infierno por donde transitan miles de camiones enfurecidos por llegar a su destino y cansados por tantos kms recorridos y por recorrer. La lluvia nos agarró en el camino. El cielo se cayó en pedazos. Eran baldazos de agua ininterrumpidos. No pude ver más el camino pero tampoco podía parar. Por suerte duró poco pero por un momento pensé que no lo iba a lograr. Germán me dejó manejar los 220 kms sola. Ya se dio cuenta lo mucho que lo disfruto. En la ruta mi padre se apodera de mi cuerpo y se divierte con cada curva, camión, cambio y rebaje. Cuando la noche cayó llegamos a Concordia cansados pero felices. Habíamos tenido un día lleno de aventuras y habíamos estado en Brasil, donde mi alma transpira de emoción por los poros de mi cuerpo. Descansamos dos días en Concordia y volvimos a Buenos Aires renovados.
Ahora tengo dos años más. ¿Qué será de mi vida hasta el 2014? ¿Podré realizar mi sueño y volver a Recife? Mientras tanto viviré cada día feliz en Buenos Aires con Germán, mis hijas, el implante, el taller, mi madre y mis amigos.
















































