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Archive for 28 marzo 2012


Los sordos nos sentimos inseguros por no escuchar. Vivimos varios conflictos innecesarios por las malas interpretaciones que sufrimos, cuando entendemos una palabra al revés que le cambia el sentido a la frase, por ejemplo. Lo que más me causa inseguridad son los sonidos que no escucho. La audición es invisible, no se la puede tocar. En Recife casi me pisó una camioneta, que venía de contramano. Era una calle corta y sin tráfico. Miré si venía alguién del lado correcto. El acceso estaba libre y empecé a cruzar tranquilamente. Mientras tanto la camioneta infractora, en vez de desacelerar tocó la bocina. Al ver que yo no reaccionaba pisó el freno violentamente y paró a diez centímetros de mi cuerpo. Fue ahí que lo ví. El parachoque casi tocaba mis piernas. El conductor me miraba atónito mientras se disculpaba, o por lo menos eso creo que hizo él. Ahora, cuando cruzo la calle miro para todos lados al mismo tiempo. Mismo con el implante me siento insegura porque escucho de un sólo oído y no sé de donde vienen los ruídos.


A veces no me entero si me hablan. Cuando no tenía el implante me pasaba todo el tiempo. Antes me preocupaba, ahora no. ¿Para qué? Mejor aceptar lo que no podemos cambiar. Cuando lo hice mi calidad de vida mejoró. Es más fácil decir, “Disculpe, soy sorda” a querer adivinar lo que no escucho. Antes sufría, ahora me río con las situaciones absurdas que mi sordera genera.


Cuando cumplí treinta años me reencontré con un amigo de la adolescencia y me contó una decepción que sufrió por causa de mi sordera:

Cuando teníamos 17 años estaba enamorado de vos pero como era tímido no me animaba a decírtelo. Estabamos de vacaciones, en Pinamar, y fuimos con nuestro grupo a bailar en un boliche. Me senté al lado tuyo y decidí que ese era el momento ideal para declararte mi amor por vos. Me armé de valor y empecé a decirte al oído lo linda y simpática que eras. Hablé y hablé hasta que finalmente te pregunté si te querías “meter” conmigo. Vos seguiste mirando la pista de baile como si nada. No sabía que pensar. De repente te diste vuelta y me viste. En ese momento dijiste: “Te cuento que de este oído no escucho nada así que si me querés decir algo cambiate de lugar porque hay mucho ruído en el boliche”. Se me vino el mundo abajo, no tenía fuerzas para decírtelo todo de nuevo. Me fui.

Sólo supe de esto diez años más tarde y nos reímos juntos de la anécdota. ¿Cúantas veces me habrá pasado algo así?, me pregunto. Seguro que muchas. El día que acepté mi discapacidad y lo dije escuché comentarios como estos:


– Pensé que eras antipática porque siempre que te saludaba vos seguías de largo.

– Pensé que eras loca el día que llegaste a casa por primera vez. Cuando te agradecí por las flores que trajiste me respondiste que mi casa era muy linda.


Es sorprendente, pensaron que era antipática, loca, rara, desubicada, tonta, pero jamás pensaron que era sorda.


Dos días antes de morir mi madre tuvo una descompensación. Llamé a la médica por teléfono y llegó muy rápido. Me explicó que justamente estaba a una cuadra de mi casa porque fue a firmar un certificado de difunción. Yo sólo escuché que justamente estaba a una cuadra de mi casa y entonces le respondí: “¡Qué suerte!”. Lo supe porque Germán me lo contó. Le pedí disculpas a la médica y después me reí de lo absurdo de la situación.


Así que ya saben, no soy loca, sólo sorda.

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Mi padre era un hombre brillante, con un temperamento tormentoso, alimentado por el alcohol y la sordera. Era sordo y vivía como oyente. Usaba un audífono del oído “sano”, que le quedaba 20% de audición. No sabía leer los labios, no conocía la palabra “fonoaudióloga”, ni nada que se le parezca. En su profesión de abogado le salvaba el hecho que la mayoría de los juicios fuesen escritos. Nunca perdió uno. Lo recuerdo llegar a casa y exclamar: “¡Ganamos!”. En su vida social mi madre le hacía de intérprete muy a pesar suyo, porque así le permitía entrar en las discusiones y armar unos tremendos despelotes. Era el hombre menos “políticamente correcto” que conocí. Tenía una pasión desbordante. Victíma de sus antigüas conquistas, moría de celos por mí. Ningún amigo se me podía acercar. Todos ellos tenían malas intenciones según él, y si no las tenían eran boludos. De adolescente lo odiaba y le temía. Todas mis amigas salían a bailar menos yo. No me dejaba hacer nada.


A Fernando lo conocí a los 19 años. Fue un amor a primera vista. Nos encontrábamos a las escondidas. Él vivía en las afueras de la capital, con sus padres y cinco hermanos. En su casa siempre entraban y salían jóvenes. Su madre preparaba todos los sábados ñoquis para el almuerzo familiar con su marido, hijos y novios de hijos. Era el modelo de familia que siempre había soñado tener. Yo era hija única y mi padre no me dejaba invitar a nadie. Le mentía -por miedo – y pasaba los fines de semana en la casa de Fernando haciéndole creer que era una amiga.


En los tres años de noviazgo mi padre sólo lo vió a Fernando una vez. Nos sentamos los cuatro en la mesa a cenar. Yo estaba aterrada con que tuviera algún ataque de ira contra él pero sólo lo humilló con alguna que otra pregunta irónica. La relación con mi padre era cada vez más difícil. Me quedaba en la calle para no volver a casa. Me hacía escándalos por nada o no me hablaba. Sus celos llegaron a tal punto que un día decidí abandonar la facultad, buscar un trabajo fijo y alquilar un cuarto sola.


– “No dejes la facultad”, me dijo Fernando, “mi abuela nos presta un monoambiente que tiene vacío y yo te puedo ayudar con los estudios”


Entonces le dije a mi madre:


– “Me voy a vivir con Fernando”


Casi enloqueció, me dijo de todo, que mi padre no lo iba a aceptar, que la gente iba a hablar mal, que no le podía hacer eso a ella, que tanto le costó hacerse un lugar en la sociedad de Buenos Aires.


– “¿Y si me caso?”

– “Si es así, no hay problema”


Lo llamé a Fernando y le pregunté que opinaba.


– “Todo bien, nos casamos entonces”


¡Cómo lo envidiaba a Fernando! Para él la vida era tan simple y para mí todo eran conflictos.


Cuando mi padre supo que me iba a casar se puso manos a la obra. Su carrera estaba en pleno auge y quería un casamiento a la altura de las circunstancias. Fernando y yo no teníamos un peso. Él era empleado y yo estudiante de arquitectura en la UBA.


– “Papá, ¿por qué no me das la plata de la fiesta, que no nos interesa, para que con eso nos compremos un terreno en las afueras?”

– “Ni pensar, la fiesta es para mis relaciones públicas y vos vas a invitar a quién yo diga”


Yo quería una fiesta modesta e íntima y él quería una fiesta a todo trapo. Yo quería una simple ceremonia en una capilla de campo y él la quería en la iglesia más aristocrática de la ciudad, la del Pilar, en La Recoleta. Estaba desesperada, a decir verdad no me quería casar, sólo quería escapar de mi padre y parecía que cúanto más intentaba alejarme de él, más cerca lo tenía. Un día fui sola a ver la iglesia, que conocía muy bien. Estaba vacía. Es una iglesia barroca del siglo XVIII, con el altar cubierto en oro. Me veía entrar por la puerta principal y caminar hasta el altar, con todas las miradas fijas hacía mi. Se me helaba la sangre, no quería hacerlo, desde pequeña sabía que eso no era para mí. Por otro lado mi madre me decía que nos fuesemos a Montevideo a casarnos por civil porque no existía el divorcio en nuestro país. ¿Cómo decirle a Fernando algo así? ¿Cómo encarar una boda con la idea del divorcio? No, no podía, no podía.

Se me había ido la situación de las manos. Me miraba en el espejo, con el vestido puesto, mientras la costurera le hacía unos arreglos, y le decía.


– “Estoy muy nerviosa”

-“Es normal”

-“¡¿Pero es normal estar tan nerviosa?!”


A nadie le importaba, todos estaban muy ocupados con la boda. Lo miraba a Fernando, que lo aceptaba todo, y me preguntaba si era él el hombre con quién quería pasar el resto de mi vida. “¿Me caso sólo para escapar de mi padre?” “¿Cambio una prisión por otra?” Me asaltaron miles de dudas y perdí el rumbo.


– “No me siento segura”, le dije a Fernando al volver de una reunión familiar. Volvíamos a nuestra “casa” a pie, con las cacerolas que nos habían regalado en las manos.

– “Quedate tranquila, está todo bien”


Pero no lo estaba. Ya habían señado la iglesia, contratado el salón de fiesta, llevado las invitaciones a imprimir. Me despertaba en el medio de la noche sudada y angustiada. Mi boda se había transformado en una pesadilla. Le propuse a Fernando escapar.


– “Vayamos a vivir un tiempo a Bariloche, allá vamos a conseguir trabajo y estar cerca de la naturaleza cómo nos gusta a los dos”

– “Quedate tranquila, está todo bien”; volvió a repetir.


Finalmente me quebré. Un sábado me encontré con mi grupo de la facultad para hacer un trabajo juntos. Eran las diez de la mañana y la mamá nos ofreció una copa de licor a cada uno. Yo sólo llegué a olerlo y el mundo empezó a girar violentamente a mi alrededor. Cerré los ojos y era peor, mi cerebro parecía una calesita.Sin saber qué hacer me arrastré al baño por miedo a vomitar. El piso se movía bajo mis pies como si estuviese en un terremoto. Me sostenía contra la pared, que no cesaba de moverse tampoco. Estuve varias horas en ese estado y cuando pude volver a hablar les pedí a mis compañeros que llamasen un médico.


-“¿Qué le pasa?, tan jóven, ¿para estar en este estado?. Usted tiene un surménage“, dijo el médico.


Hoy en día me habría dicho ataque de pánico, stress burn-out. Me recetó unos remedios psiquiátricos poderosos. Los compré pero cuando leí el prospecto los tiré a la basura y decidí afrontar la situación.


-“No me puedo casar”, le dije a Fernando cuando abrió la puerta. Tiró el ramo de flores que tenía en la mano, al piso y se largó a llorar. Lloramos los dos durante varias horas. El dolor se apoderó de nuestras almas y cuerpos. Era muy intenso y no sabíamos qué hacer. Finalmente Fernando me invitó a cenar. “Vamos a despedirnos, me dijo, no lloremos más, por favor”. En esa cena perdimos nuestra inocencia. Se había roto nuestra relación el día que nuestras familias se conocieron.


Mi padre aceptó mi decisión sin chistar. Es más, me apoyó. Mi madre estaba furiosa. Se quejaba cuando la iglesia se negó a devolverle la seña o cuando la llamaban para felicitarla. No resistí la presión, abandoné la facultad y al cabo de nueve meses me fui de Buenos Aires y luego del país. Me puse una mochila en la espalda y huí. A partir de ese momento el destino de mi vida cambió para siempre.


Nunca me casé, ni por civil, ni por iglesia. Corté con las exigencias sociales y me dejé llevar por las exigencias de mi corazón.


¡Vive la liberté!

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ESTA ENTRADA NO ES RECOMENDABLE PARA PERSONAS SUSCEPTIBLES E IMPRESIONABLES  🙂



Me pregunto si algún día podré superar la dificultad que tengo para participar en las reuniones, mucho más si hay ruidos de fondo. Con el implante el tema mejoró bastante pero todavía me falta mucho. Las voces se mezclan y solo consigo pescar algunas palabras o frases al vuelo. Pocos son los oyentes que ayudan. Están entusiasmados con sus historias y verdades. Hablan rápido y miran para otro lado. Llega un momento que me canso y mi mente se dispersa. Observo y analizo los gestos de cada interlocutor para entender lo que sus palabras no me dicen. Cuando alguna frase me llama la atención irrumpo en la conversación como un elefante dentro de un bazar. Me hago lugar con unos: ¿Qué?, ¿Por qué?, ¿Donde?, ¿Cuando?. Alguna alma caritativa me hace un resumen de la conversación mientras los otros siguen su curso. A no todos les gusta que los interrumpan porque están demasiado entusiasmados para bajar un cambio, hablar despacio y mirarme a la cara. Sobre todo si hablan de política. ¿Será qué me pierdo algo o todo se resume a varios monólogos simultáneos? En las discusiones sobre política los oyentes son tan sordos como yo.


Si sos sordo pasional te juzgan. No perdonan que te equivoques y les cambies el tema porque están ocupados en mostrar que son ellos los que tienen razón. “Vanidad, todo es vanidad”, diría Esclesiastes. Las ideas son más importantes que las personas y los sordos se tienen que joder. Me crié entre oyentes y siempre me tuve que adaptar a la mayoría. Soy una persona abierta y no me quiero encerrar en grupitos pero desde que conocí la existencia de las comunidades de sordos pude entender el porque de su hermetismo.



La mayoría de los oyentes nos dejan de lado. No siento rencor por ello porque no lo hacen a propósito. Son simplemente ignorantes. Es posible que yo también lo sería con un ciego. No lo sé, espero que no.


Hay oyentes que se escandalizan con mi forma de ser: “Yo pensé que los sordos eran personas que tienen mucho cuidado antes de hablar y preguntan mil veces antes de hacerlo, por temor a equivocarse, pero Olivia se mete en las conversaciones sin pudor, se equivoca, arma un despelote y luego se ríe de sus propias gafes”. “¡Menos mal!”, respondió una amiga, “gracias a eso ella no es una pobre discapacitada”. Eso mismo, no soy discapacitada, simplemente diferente. Soy pasional y quiero vivir la vida apasionadamente. No voy a dejarme reprimir porque soy sorda, para eso me basta el silencio.


Recuerdo como si fuese hoy la explicación que me dió el Dr. Chouard – en Paris – cuando mi segunda operación falló. “Por lo menos sabrás que quién se te acerca es porque está realmente interesado en vos”. Una excusa vil para evitar hacerse cargo del fracaso. Porque si así fuese, ¿para qué operarme?


A lo largo de mi vida siempre conocí personas sensibles que me ayudan en las reuniones. Casi siempre son mujeres. A cada rato me cuentan de que va la conversación. Siempre me siento al lado de ellas.


Desde que tengo el implante coclear estoy más integrada. No puedo seguir las conversaciones enteras pero bastante más que antes. Me equivoco y cambio el tema más de una vez aún. No hay caso.Hay algo que no debo olvidar, soy sorda y el implante nunca será igual que un oído humano. Además sólo escucho de un oído, seguro que con dos implantes sería mejor. La fonoaudióloga me dijo un día que siempre iba a ser difícil en las reuniones. Por eso mismo no le pidamos peras al Olmo y aprovechemos de la ayuda que el implante nos dá en el día a día. Es una cuestión de ver el vaso semi-vacío o semi-lleno.



Hay sordos que discriminan a los implantados como si fuesemos de otra especie. Cuando apago mi procesador soy sorda profunda, cuando me voy a dormir, duchar y cambiar la pila, igual. No me quiero imaginar si se me rompe: ¡Me muero!


Si los sordos nos consideran oyentes y los oyentes sordos: ¿Qué somos?. Somos seres humanos que por una razón u otra perdimos la audición y decidimos buscar ayuda con la tecnología que nos brinda el implante coclear. La identidad no nos la da la sordera y sí nuestra calidad humana y a la hora de la verdad todos somos humanos y no importa si somos sordos, oyentes, ciegos, rubios, negros, europeos, americanos o lo que sea.



humano, demasiado humano, seamos humanos con los demás que eso es lo único que importa.

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Hace tres años y medio que soy usuaria de un implante coclear y lo único que se me viene a la cabeza es una frase: Me cambió la vida. Desde entonces mi audición mejoró cada día más, y así sigue hasta el día de hoy. He sido autodidacta en todo lo que emprendí en mi vida y el implante no fue una excepción. El año pasado no hice reeducación, ni cambié la calibración. Al escribir esto les pido que no hagan lo mismo que yo porque la reeducación es esencial para que aprovechemos al máximo el implante. Dos razones me llevaron a esto. La primera es que me siento satisfecha con la calibración que tengo y la segunda porque mi madre se enfermó y tuve que acompañarla en su tratamiento hasta el final. Tuve y quise, era lo menos que podía hacer por ella. Con el tiempo que me sobraba trabajaba.



A pesar de no haber hecho reeducación durante un año entero hubo cambios en mi forma de escuchar, mi cerebro siguió su aprendizaje en el día a día. Si estamos atentos la vida es una enorme escuela.


Cuando me activaron el implante por primera vez los sonidos que el cerebro captaba a través de los electrodos eran incomprensibles, menos la palabra, que pude discriminar de inmediato cuando la fonoaudióloga me habló. Todo lo que oía se reducía a una masa informe, como el universo en el momento del big-bang. Los sonidos se ahogaban entre ellos, se absorbían en un agujero negro. Discriminé la palabra debido a mi memoria auditiva. Parecía que vivía un milagro cuando entendí: ¿Me escuchás?. La voz de la fonoaudióloga rebotaba en forma de eco. Cuando le respondí, igual; mi voz llegó con unos segundos de retraso, como el relámpago y luego el rayo. Los sonidos retumbaban en mi cerebro como si este último fuese un tambor, o una caverna. Cuando volví a casa y subí las escaleras mis pasos sonaban en forma de notas musicales y no como los golpes firmes y secos que escucho hoy. Mi nervio estaba confundido y feliz, había resucitado después de treinta años de inactividad.



Disfruté plenamente del aprendizaje que duró meses – y sigue hasta el día de hoy – porque no estaba ansiosa por escucharlo todo desde el início. Había llegado al punto de pensar que peor de lo que estaba era imposible. No podía haber más silencio, ya lo había invadido todo. Tenía pocas exigencias, con sólo escuchar algunos sonidos que me conectasen a la realidad estaba feliz. Cuando prendo el procesador me conecto inmediatamente con mi alrededor. El silencio me transporta a otra dimensión y cuando escucho, mis pies tocan la tierra. Me gusta el silencio porque enriquece mi imaginación pero lo que no me gusta es el silencio eterno e irremediable. No puedo elegir. Cuando no escucho, la realidad es una película muda pero sin subtítulos. Me quedo afuera, como mera espectadora. La vida pasa sin mí. Con los sonidos entro en la película y paso a formar parte de la actuación de esta tragicomedia llamada vida.



Antes de implantarme no me importaba escuchar la música, ya me había resignado hacía tiempo a mi suerte. Lo primordial era la palabra: participar de una conversación. El implante superó con todas mis expectativas. Me abrió un abanico de sonidos cada vez más personalizados. Hoy en día disfruto de la música y ¡eso me conmueve tanto! Reconozco las que había escuchado en el pasado pero me lleva más tiempo discriminar las nuevas. De todos modos las notas siempre son agradables y armoniosas, al contrario del audífono, que me irritaban a tal punto de enloquecer. En las conversaciones con más de dos personas y ruidos de fondo es más difícil. Todavía necesito de la ayuda de los demás para estar integrada, pero mismo así, la paso mejor que antes.



El aprendizaje continúa, todos los días escucho un poco mejor y aunque los cambios sean más sutiles que al principio, lo percibo. Conecto el procesador desde que me despierto y sólo lo apago cuando me voy a dormir. El nervio está siempre estimulado y eso también forma parte de la reeducación: la experiencia.


Este año quiero hacer bien los deberes y no dejarme estar con la reeducación porque al unir la fonoaudiólogía con la práctica crecemos más rápido.



Hace tres años y medio que escribo mis experiencias con el implante coclear en el blog. Cada persona es un mundo y cada experiencia es personal. Yo no soy médica y no puedo dar consejos técnicos, sólo puedo hablar de mí, como también pueden hacerlo – y hacen – los que por acá comentan. Entre todos nos ayudamos y comprendemos mejor nuestro “oído artificial”, el que nos permite escuchar a pesar de nuestra sordera.


El implante me dió tantos hermanos que no los puedo contar.


¡Gracias chic@s!


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Mi madre


Nicole nació en Marsella. Fue la primera de cinco hermanos y siempre asumió su rol de mayor protectora con todos. Su madre fue una luchadora en la resistencia durante la segunda guerra mundial. Su casa explotó y desapareció durante un bombardeo. Conoció el miedo y el hambre. Después de la guerra se fueron a vivir con su familia a Paris y ella añoraba el sol de su tierra natal. Menuda y de facciones finas siempre se la veía bella y elegante.



Se enamoró locamente de un argentino. Por él abandonó a su familia y país sin antes vivir una relación pasional y tormentosa que duró 10 años entre los dos países. Fue de la generación de los primeros pasajeros de línea. El viaje de Paris a Buenos Aires duraba 40 horas, en un avión a hélices de poca autonomía de vuelo. Su exótico amor – Florencio – era un hombre codiciado por todas las mujeres debido a su belleza y dinero. Era un seductor nato, inteligente y de carácter explosivo que enfrentaba la vida a los golpes a pesar de su importante pérdida auditiva.



Se conocieron en los años 50, Francia estaba destrozada por la guerra y Argentina vivía una época de abundancia. Florencio amaba su país y contribuía en su progreso como industrial. Perón era presidente y su gobierno revolucionaba el país con importantes reformas sociales que molestaban a las clases más altas. En el 55 hubo un golpe de estado y Perón fue derrocado. Florencio terminó en la cárcel a pesar de su inocencia.


Se volvieron a ver con Nicole tres años después. Florencio llegó a Francia como exilado y se casaron. También concibieron una bebé que él sólo conoció cuando ella cumplió tres años de edad. El gobierno de Argentina había cambiado y decidió volver a su país para buscar una nueva oportunidad. Dejó a su mujer en Francia embarazada de tan sólo dos meses. Ella le pagó el pasaje, él estaba fundido.


Nicole fue mamá por primera y única vez sin marido, ni dinero. Buscó trabajo para criar a su hija, con muchas dificultades. Mientras tanto se escribían cartas de amor, con la angustia de un día poder estar nuevamente juntos, que guardó en una maleta, como testigo de esa pasión sin límites de tiempo y distancia que vivieron. Ella escribía en francés y él en español. Nicole se compró un diccionario para leer las cartas ya que apenas comprendía el idioma de su marido lejano. No sé como podía descifrar las palabras que él le escribía porque tenía una letra incomprensible. Su amor por él era tan fuerte que nada le era imposible. Finalmente consiguió hacer realidad su sueño y pudo ir al encuentro de Florencio con su hija a cuestas. Se hizo un lugar sola en la sociedad cerrrada y prejuiciosa de Buenos Aires. Las francesas eran mal vistas por ser feministas y liberales – de poca moral – para las costumbres arcaicas de ese país.



Cuando Florencio murió hacía 32 años que Nicole vivía en Argentina. Sus hermanos pensaron que volvería a Francia, cerca de ellos, nuevamente. Su única hija había construído una vida en Brasil y no tenía familia en Buenos Aires. Mismo así decidió quedarse en su país de adopción. Allí era feliz y tenía muchos amigos. Independiente, se las arreglaba sola y siempre estaba en la calle.Viajaba a menudo a Francia y Brasil para ver a sus hermanos, hija y nieta. Aventurera, conoció el mundo. Nunca perdió su acento francés al hablar en español o portugués, idioma que aprendió por su nieta. Tenía una constancia y disciplina admirables. Cumplidora, se podía confiar en su palabra. Se transformó en la telefonista de su hija sorda que había vuelto de Brasil para estar cerca de ella. Podría haber sido una gran secretaria, siempre eficaz, conseguía todo lo que le pedían y sabía hacer valer los derechos sin dudar.



A los ochenta años su médico le dijo que nunca iba a ser una anciana. Hacía gimnasia y mantenía una bella figura que ponía en valor con su elegancia. Siempre moderna y de buen gusto. Tenía una sensibilidad especial – casi obsesiva – por la estética, en todos los ámbitos de su vida. La belleza era su antídoto contra el sufrimiento y la miseria. Los traumas de la guerra la persiguieron durante toda su vida. Luchaba todos los días contra sus angustias pero no se dejaba vencer y se levantaba todas las mañanas de la cama decidida a enfrentar sus miedos y disfrutar de la vida. Ella no se daba cuenta de lo fuerte que era al vencer de tal manera su negatividad.


A pesar de la distancia siempre mantuvo un vínculo muy estrecho con sus hermanos. Se escribían y llamaban por teléfono todas las semanas. Sufrió un golpe cuando su hermana Hélène murió de cáncer de pulmón. Su otra hermana Caroline también luchaba contra el mismo mal hacía 15 años, con mucha fuerza y dignidad. Nicole tenía una salud envidiable pero sufría al ver a sus hermanas menores enfermarse antes que ella. Parecía inmortal, hasta los 83 años estuvo radiante como un pimpollo. Finalmente le diagnosticaron a ella también un cáncer, lo que tanto temía. Enfrentó nuevamente sus miedos y luchó para salir adelante. La quimioterapia la debilitó tanto que le dieron de alta a pesar de no estar curada. El 31 de diciembre Caroline perdió la guerra y se fue antes que ella. La tristeza invadió el corazón de Nicole de tal manera que bajó los brazos y decidió acompañar a sus hermanas, dos meses después.


Murió rodeada de mucho amor, tanto en Francia con su familia que la llamaba todos los días, y en Argentina con su hija, nietas y amigos. Hoy, a un mes de su partida, guardamos muchos recuerdos inolvidables de ella. Nicole era una mujer bella, aventurera, moderna, curiosa, fiel, querida por gente de todas las edades, en todos los países y también era mi madre.


Te extraño, mamá.

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