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Archive for 25 noviembre 2012

Se acercan las fiestas y un año más se fue. El primer año sin mi madre. A pesar de mi avanzada edad tengo una sensación de orfandad, una perdida insuperable. El tiempo lo cura todo y con lo rápido que pasa ya falta poco para que salte en una pata.


Al no querer enfrentar mi dolor preferí castigarme con el tabaco pero un día decidí que ya estaba bien, que había llegado el momento de levantar la cabeza. Y lo dejé. Fue cómo un parto porque tuve que esperar nueve meses para conseguirlo. Ahora hace sólo un mes y diez días que no fumo y practicamente no lo recuerdo. No siento ansias – mi mayor temor – ni sufro por la falta de mi “amor mortal”. Me sorprende y me pregunto porque me costó tanto dejarlo y porque se hizo tan fácil después que lo decidí. A decir verdad las ansias de fumar son mentales. He dejado de fumar muchas veces, y tengo una profunda experiencia en el tema. Si existiese, tendría un título universitario, postgrado y notas excelentes. Leí el libro de Allan Carr: Dejar de fumar es fácil si sabes cómo, que por cierto, recomiendo. Tomé odranal, champix, participé de grupos de autoayuda por internet y en vivo. Hice un tratamiento con los adventistas, miré videos, leí blogs y me informé hasta el hartazgo. Lo dejé y recaí muchas veces y aprendí de mis conquistas y fracasos. En mi larga y ardua lucha contra el tabaco me conocí mejor. Descubrí las mentiras y trampas que cometo para fumar. Las adicciones se sostienen con mentiras. ¿Por qué la gente fuma con todas las informaciones que hoy en día existen sobre los daños que el tabaco produce? Porque somos adictos y escondemos la realidad con negaciones y mentiras. No hay otra explicación.


Los primeros días no fueron fáciles aunque no tuviese ganas de fumar. Así de sorprendente y contradictorio. Lo que sí, mi estado de ánimo se cayó por la borda. Tuve bronca, mucha bronca. Después vino el bajón y lloré los nueve meses que tapé con humo de un solo tirón. Inundé mi alma. Ahora estoy mejor pero sigo triste a pesar del alivio y satisfacción que siento con mi logro. Es una tristeza tenue y honda. Estoy bien pero no tan bien. No se me escapan fácilmente esas sonrisas contagiosas y llenas de alegría que forman parte de mi personalidad. La culpa la tienen las endorfinas, que se fueron con la falta de nicotina. El cerebro necesita de un tiempo para volver a la normalidad.


Una de las cosas que aprendí al dejar de fumar es que no hay que pelearse con la ansiedad. Las ganas se van no fumando y para eso hay que tener paciencia. Se tiene ganas de muchas cosas inaccesibles a lo largo de la vida y no se pierde el sueño por ello. Es lo mismo. De todos modos repito: no tengo ganas de fumar.


El monstruo no se ha ido y siempre estará allí, a la espera de una oportunidad. El tabaquismo es una enfermedad crónica. Necesité de muchos años para tomar conciencia de esto. Por suerte tuve muchos aliados a lo largo de este proceso y cada uno me dejó un dato importante. Nikola – que nunca ví en mi vida – me ayudó a convencerme que para mi liberación definitiva tengo que usar la alegría y violencia. Si, violencia: hay que asesinar a Mr. Piti y no dejar huellas. El crimen perfecto.


En estos meses de dolor pinté a paso de tortuga um beija-flor, que significa colibrí en portugués. Los brasileños tienen un idioma bello, sensual y poético. La traducción literal de beija-flor es besa-flor en vez de nuestro cortante picaflor. Primero pinté el fondo para probar el bastidor, antes de comprarlos al por mayor. En el medio del proceso llegó el pedido del cuadro de Rosas. Lo abandoné en un rincón del taller. Lo podría haber terminado en dos días y lo hice en meses.

 

Es mi beija-flor, mi libertad, dulzura, belleza, fragilidad, perfección y milagro porque la vida continúa siempre con la frente en alto. Esto me recuerda al libro de Nando Parrado – Milagro en los Andes – que tanto me gustó. Él y sus compañeros lucharon dos meses contra la muerte y allí se dió cuenta que no es la vida quién supera esta última. Es el amor. Dejar de fumar es un acto de amor. El beso del colibrí tambíén lo es.



Seamos felices

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Cumples varios


En este mismo día, hace 54 años atrás (qué vieja estoy, por Dios) llegué a este mundo. Nací en Paris, en un parto difícil y largo. Mi madre me lo relataba todos los años pero ya no la tengo más. Es mi primer cumpleaños sin ella y me causa una gran tristeza…


Sólo conseguí escribir estas líneas hoy. No hay caso, no me da la cabeza. De todos modos no quiero dejar pasar este momento ya que no sólo es mi cumpleaños como también cumplo un mes sin fumar. El primero del último.


Estoy triste y estoy feliz como es la vida misma: una pala de cal y una pala de arena, alternativamente.


Gracias a todos mis compañeros de luchas varias por el aguante. Los quiero un montón.


Subo esta canción hermosa que gracias al implante he podido disfrutar y para los que no escuchan transcribo la letra 🙂


El tiempo pasa,
nos vamos poniendo viejos,
el amor no lo reflejo, como ayer,
en cada conversación,
cada beso, cada abrazo,
se impone siempre un pedazo de razón.
Pasan los años,
y como cambia, lo que yo siento,
lo que ayer era amor,
se va volviendo otro sentimiento.
Porque años atrás,
tomar tu mano,
robarte un beso,
sin forzar un momento,
formaban parte de una verdad.

El tiempo pasa,
nos vamos poniendo viejos,
el amor no lo reflejo, como ayer.
En cada conversación,
cada beso, cada abrazo,
se impone siempre un pedazo de temor,
vamos viviendo,
viendo las horas, que van muriendo,
las viejas discusiones, se van perdiendo
entre las razones.
A todo dices que sí,
a nada digo que no,
para poder construir,
la tremenda armonía,
que pone viejos, los corazones.
El tiempo pasa,
nos vamos poniendo viejos,
el amor no lo reflejo, como ayer,
en cada conversación,
cada beso, cada abrazo,
se impone siempre un pedazo de razón.

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Llegó la primavera hace rato, ya lo sé, pero recién hoy me dí cuenta. No sé si fue el clima o mi distracción pero el tiempo se escapó por entre mis dedos como agua. Hace dos meses que llueve sin parar. No han sido unas lluvias cualesquiera. Truenos, relámpagos y vientos intensos inundaron la ciudad entera. La primavera está loca y yo ando distraída. Es la primera que paso sin mi mamita. La extraño tanto pero la realidad es intransigente y no hay vuelta atrás. Hay que seguir hacia adelante. En fin, trato de no pensar en que no nos vamos a ver ni hablar nunca más en esta vida, y para eso anestesié algunos de mis sentimientos. Me tiré a los brazos del tabaco y lo tapé todo con su humo.


Hace 12 años empecé a dejar de fumar. Desde ese entonces bajé enormemente mis dosis diarias de cigarrillos y pasé largos tiempos en abstinencia. Eso ayudó pero no solucionó el problema. El tabaco tenía que desaparecer de mi vida para siempre pero él no se quería ir. La primera vez que lo dejé tuve una iluminación, lo decidí de la noche a la mañana sin más. No estaba preparada mentalmente y me volví loca con la abstinencia. Quería matar al primero que se me cruzaba. Temblaba y lloraba de ansiedad. No sabía lo que era vivir sin fumar. “Yo no nací fumando”, pensaba desesperadamente mientras la nicotina le gritaba a mi cerebro por más. No sabía qué hacer, todo me recordaba al tabaco. Tuve que esperar tres meses para no pensar en el cigarrillo por más de una hora. Viví una verdadera obsesión y tuve que pasar por varias etapas – que duraron años – para desprenderme de ese hábito que me acompañó en todo momento y cualquier ocasión. Me identificaba con el cigarrillo. Era una extensión mi personalidad, imposible de arrancar.


La segunda vez lo dejé con odranal, por pedido del médico. El susto me ayudó a superar los momentos difíciles de la abstinencia pero yo no estaba convencida, sólo obligada, por una cuestión de salud, a dejar de fumar. Fueron años de idas y vueltas. El tabaco y yo compartímos un amor pasional y destructivo irresistible. Aparecía en cualquier momento y en alguna ocasión inesperada, para convencerme a volver a sus brazos. Esperaba calladito esa oportunidad y la encontraba siempre.


Mi record fue dos años de abstinencia. Siete, cinco, tres, dos meses fueron el resto. Busqué grupos, leí libros y tomé remedios. Menos productos con nicotina, lo probé todo. Poco a poco aprendí a vivir sin el tabaco pero ese “último cigarrillo” quedó escondido en un rincón secreto de mi corazón por años. Fue duro descubrir que la nicotina es una droga nomás, un veneno que a la larga me puede matar. Le entregaba mi poder, era mi mejor amigo, incondicional y presente en todos los momentos de mi vida. Los médicos me pedían dejarlo y mi corazón se negaba. Inventaba miles de excusas para minimizar al demonio del tabaco, con un “fulanito murió de cáncer de pulmón y no fumaba” ¿Y los otros miles fumadores que murieron de cáncer? “Puede que no haya sido por el tabaco ¿Quién sabe? ¿Quién está tan seguro que fue la causa de la muerte?”


Trabajé durante doce años para armar aquella convicción que nunca surgió de forma espontánea desde mi corazón. Dejé de fumar con la fuerza de voluntad pero a la larga se quebraba en un momento de debilidad. El día que el médico de guardia me anunció la muerte de mi madre: “Cuestión de días, cómo mucho semanas”, me tiré a los brazos del tabaco y no lo solté más hasta hace veinte días atrás. Me entregué por completo a sus encantos. Dejé de comprar paquetes de diez para comprar los de veinte y de ahí en más. Sentí culpa y miedo durante estos nueve meses de dolor. Ya no habían más excusas posibles, el cigarro me mataba y yo lo notaba. Todas las mañanas despertaba con intensas ganas de fumar. Perdía fuerza, me cansaba y me culpaba por mi debilidad. Después le seguían los otros cigarrillos del día, con excusas para dejar mis alumnas y salir a fumar, aunque sea unas pitadas. Sentí miedo por la muerte y la enfermedad pero cuando esos pensamientos negativos me invadían yo quería fumar, caer nuevamente en los brazos del tabaco, esconderme bajo su humo y dejar el mundo girar sin mi. Libré una verdadera lucha interna entre el diablito y el angelito que llevo dentro. “Tengo que dejar de fumar antes que me enferme”, “Mejor me prendo uno antes de dejarlo” . Había perdido el estímulo y no sabía cómo salir de esa. Me sentía triste y sola pero el tabaco no me abandonaba jamás ¿Cómo hacer? Pensé en la hipnosis. Añoré por un milagro: dormir y despertar sin ganas de fumar.


El milagro nunca llegó. Estudié mi enemigo detalladamente durante doce años y ya no me puede engañar más: “Excusas, excusas, sólo hay excusas”.


De esta vez fue la cruda realidad la que me hizo reaccionar. El cáncer volvió a dar la cara, con un familiar, una persona querida, adicta cómo yo, al tabaco. Cuando lo vi llegar del hospital tenía un cigarrillo prendido en su mano. Esa fue la gota de agua, mi furia y ruptura para siempre con el tabaco: Se acabó, esto es demasiado, hasta donde vamos a llegar así ¡Basta, basta y basta, yo no fumo más! Era lunes y tenía que dejarlo ese mismo día. No lo podía postergar. Me fumé el último cigarrillo antes de salir de casa. Me dirigí al grupo de “Chau pucho”, en Lalcec, en búsqueda de apoyo. Cuando llegué al lugar las puertas estaban cerradas y el coordinador conversaba con una fumadora fuera. Los horarios habían cambiado y las reuniones eran más temprano ahora. Me preguntó cómo lo llevaba y le dije que muy mal. Hablamos un rato sobre el tema y salí de allí desesperada pero convencida. No quería fumar más pero necesitaba de ayuda. La llamé a Lu, mi amiga querida y aliada contra el tabaco, que vive a pocas cuadras de Lalcec. Nos fuimos a comer sushi juntas. Quería hacer algo fuera de lo común, comer algo muy rico, que me gustase mucho, junto a una persona querida, y Lu me acompañó.


Desde ese día no volví a tocar el tabaco. Hace veinte días que no fumo y estoy más convencida que nunca. Lo abandoné para siempre, lo arranqué del rinconcito de mi corazón y lo asesiné con furia. Hace poco que dejé de fumar pero no lo necesito más. Me siento libre y aliviada lejos de sus garras. Es la primera vez en doce años que dejo de fumar feliz y sin ayudas externas. Es la primera vez que no tuve ansias por fumar durante los primeros días de abstinencia. En ningún momento pasé por ese calvario, que me acompañó en todos mis anteriores abandonos. Mi convencimiento  creció y se afianzó. Todo está en la cabeza, y el día que tomé el control de la situación el tabaco desapareció de mi vida; se hizo humo. De todos modos paso por el mono psicológico y siento ansiedad y depresión. En estos días me enojé con el mundo entero y lloré a mares. Reviví el duelo de mi madre que nunca había empezado porque lo escondí durante todos estos meses bajo los brazos del tabaco.


Y si, no hay que tener vergüenza de decir: estoy triste, extraño a mi mamá. Con el tiempo aprenderé a vivir sin ella, o mejor dicho, a estar con ella sin verla. Extraño sus llamadas. Cuando levantaba el tubo escuchaba ese característico Oliviá, con acento francés, lleno de vida. Nos escapabamos juntas a ver una película y comer algo rico después, cuando estabamos hartas de los problemas. Nos gustaba caminar, apreciar obras de arte juntas. La pasabamos bien. En fin, la vida sigue, y hay que caminar, porque caminante no hay camino, se hace camino al andar….. Y HOY NO FUMO.



¡Viva la libertad!


P.D.: Para los realistas, puedo recaer en cualquier momento, y es cierto. Las adicciones no tienen cura y se debe aprender a convivir con ellas, de lejos. Tengo un camino para recorrer todavía y cada vez que sienta el mundo girar a contramano, buscaré mis alíados, que por suerte son tantos. Gracias por ayudarme.

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