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Archive for 17 agosto 2014

Seis

Cuento basado en un hecho real. Cuando llegué a Grecia con dos amigos chilenos, para trabajar en la cosecha de naranjas y olivas, un camioner, que conocimos en el barco de Italia a Grecia y nos llevó a dedo a la ciudad de Argos, nos contó esta historia. Nos pudimos comprender porque hablaba italiano. Aproveche la anécdota para el taller literario.


Desierto


SEIS


Seis fue lo único que pude leer cuando me entregaron la sentencia.


– Deben ser seis días – pensé -. Por tres botellas de whisky que encontraron bajo el asiento de mi camión, sólo pueden ser seis días en prisión.


A la semana yo seguía adentro.


– Serán seis semanas – volví a pensar -. En Arabia Saudita el alcohol está prohibido.


_ ¡Yo no sabía! – le grité al guarda que apenas me miró.


Estaba solo, nadie hablaba en griego y yo no entendía una palabra de árabe.


_ ¿Para qué? ¿Para hablar con quién?, si lo único que quiero es salir de acá.


Cuando marqué el último palote en la pared nadie me vino a buscar. Ya habían pasado las seis semanas.


_ ¡No es posible! ¡¿Hasta cuando me van a dejar acá?!


Nadie me prestó atención.


_ ¡¿Qué hacen ustedes para divertirse si ni una copita se pueden tomar?!


La indiferencia era general. Gritaba como loco en el medio del patio lleno de prisioneros, que hablaban entre ellos en un idioma incomprensible. “Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña”_ pensé. Y eso decidí hacer; aprender a hablar en árabe.


El día que se cumplieron los seis meses de mi sentencia me bañé, me peiné y esperé sentado en mi celda el momento de partir. Pasó la mañana, se fue la tarde, llegó la noche y nadie me vino a buscar. Al día siguiente escondí mis lágrimas de indignación y lo fui a ver el guarda.


_ ¿Cuánto tiempo me voy a quedar acá? – le pregunté en mi precario árabe.


_ Seis años. Esa es su sentencia, griego.


_ ¿Seis años por tres miserables botellas de whisky? – le pregunte mientras se alejaba.


Seis veces me quejé y seis veces juré con partir de allá. Necesité de otros seis meses para planear mi fuga. Durante seis días vagué por el desierto hasta encontrar una población y en seis semanas conseguí cruzar la frontera. En Grecia, con una copa de ouzo en la mano caminé hasta el mar. El sol acarició mi rostro y el agua lavó mis pies.


_ Seis _ dije, y fue hermoso


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las tres hermanas


Como muchos saben, estoy yendo a un taller literario con la profesora Verónica Sukaczer, que recomiendo a todos los que quieran aprender a escribir. Ya he escrito unos cuantos cuentos cortos, que tengo que corregir todavía. Este último fue aprobado así que lo comparto con ustedes. “Las tres hermanas” está basado en una historia real de mi familia, durante la Segunda Guerra Mundial. Espero que les guste:


Las tres hermanas


– En la guerra los mejores regalos son comestibles. No importan los colgantes de oro, ni la ropa, no hay nada mejor que una lata de aceite cuando hay hambre. A tu mamá su novio le regaló un bife, como si fuese una alianza, y tu abuela le dio la mitad al perro, que consideraba parte de la familia. Ella nunca se lo perdonó.


– Es cierto, tía Caro, mamá me contó esa historia varias veces.


– En el campo la pasaron mejor porque tenían alimentos ¡En Marsella nos comíamos los gatos!


– ¿Los gatos? ¡Pobrecitos!


_ ¿ Pobrecitos nosotros o los gatos?


– Los gatos – dije sin pensar. Luego me corregí – Y ustedes, por supuesto.


Mi tía Caro era la menor de las tres hermanas. Mamá fue la que más sufrió durante la guerra. Se sentía responsable por todo. Nunca abandonó su papel de hermana mayor. Hélène, la del medio, sufrió en silencio. No quería hablar del tema. Caro, en cambio, se dejaba cuidar por todos y sus recuerdos eran menos trágicos. Siempre juntas, parecían tres muñecas, las tres de la misma estatura (no crecimos por causa del hambre, decían en coro).


– Nunca me voy a olvidar cuando papá nos trajo una lata de leche condensada para cada una ¡Era la fiesta del mercado negro! Y si, que querés que te diga, con el mercado negro, apareció la comida.


– ¿Es verdad que comieron gatos, tía Caro? – le volví a preguntar, perpleja.


– Si, y también ratones.


Me lo decía con una sonrisa, mientras se arreglaba el flequillo. Sus dos perritos dormían a su lado. No podía imaginarla con un ratón en la boca.


– Nicole no abrió la lata. La guardó.


_ Claro, así es mamá, precavida en todo.


_ La guardó para controlar el mundo que se caía a su alrededor.


_ ¿Y la tía Hélène?


– Ella siempre en el medio, se tomó la mitad y la otra mitad la guardó para después.


– ¿Y vos?


_ Imaginate, yo me la tomé toda de una vez.


– Tan parecidas pero tan distintas – pensé


– Poco tiempo después hubo un bombardeo. El resto ya lo sabés. La bomba cayó en casa y nosotras nos salvamos milagrosamente. Las latas de leche condensada de Nicole y Hélène volaron por los aires, con el resto de nuestras pertenencias. Tu abuela nos buscaba en medio de los escombros. No se veía nada, el polvo no nos dejaba respirar. Todo era angustia y sufrimiento pero con la única diferencia de que yo tenía el estómago lleno y satisfecho.


– Y mamá tenía el estómago vacío – dije.


– Resultado: de nada sirve controlar la vida – me dijo mientras acariciaba a su perro.


La mucama trajo té y medialunas en una bandeja. También había un yogur ligth


– Es que estoy haciendo régimen – me dijo, sin antes guiñarme el ojo.


hambre

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