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Archive for 28 enero 2015

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Escribí durante seis años ininterrumpidos en el blog. Todos los meses subí una entrada, religiosamente. Al principio escribí varias entradas en un mismo mes, llenas de esperanza y alegría. El 11 de septiembre del 2008 abrí el blog y el nueve de octubre del mismo año, realicé un implante coclear en el oído izquierdo. Fue uno de los momentos más importantes de mi vida porque con esa operación salí del silencio desolador que secaba mis deseos de vivir.


La soledad fue mi mayor compañera durante años. Ella muda y yo sorda, fuimos una pareja perfecta. La odié y la amé, pero por sobre todo la necesité porque sin ella estaba más sola aún. El implante la desplazó con un zarpazo y me devolvió la comunicación. A pesar de todo, siempre estuve comunicada, no sé cómo, pero me las arreglé para tener una vida independiente en el mundo de los oyentes, sin yo serlo. Aprendí a hablar cuatro idiomas sin escuchar. La necesidad tiene cara de hereje, ¿no?


Algunos dicen que no existe el destino y todo es libre albedrío. Otros dicen lo opuesto. Lo que yo no entiendo es porque se necesita negar uno para hacer valer el otro. Nací sorda, eso no lo elegí yo ¿Es destino? Crecí en un medio social, económico y cultural que me permitió desarrollar el habla y aprender cuatro idiomas ¿Es destino? El resto lo hice yo ¿Es libre albedrío? La vida es un coctel incomprensible de oportunidades y tragedias, donde navegamos a la espera de la muerte, en esa ruleta rusa en la cual giran nuestras existencias.


La soledad, vacía de sonidos, me aisló de la gente. El arte fue su antídoto ¿Qué hubiera hecho de mi ansiedad sin un pincel en la mano? El mundo externo me cerró las puertas y yo me sumergí en el universo vasto e infinito, lleno de sentimiento, de tristeza y felicidad, en mi interior.


Llegó el día en que el silencio se hizo insoportable, ni mi voz pude escuchar más. Lloré en la calle, en el colectivo, en el taller, en casa, en cualquier lugar. Las lágrimas brotaron solas, sin poderlas controlar.


– Un implante coclear -, leí en los labios del otorrinolaringólogo que una compañera de pintura me recomendó. Lo miré con desesperación y sin escuchar mi voz le dije:

– Quiero escuchar con un audífono, por favor.

– Sos totalmente sorda, el audífono no te sirve más.

– Me sirve, con algunas palabras me las arreglo.

– Tenés falsas expectativas, el audífono no te sirve más, solo el implante coclear te puede sacar del silencio.


El destino fue implacable. Tuve que usar mi libre albedrío y decidir que hacer con esa realidad que me tocó y de la cual no pude escapar.
Seguí llorando en la calle, en el colectivo, en el taller, en casa, en cualquier lugar. El silencio me atrapó y me deprimí.


– Es normal lo que te pasa – el médico respondió cuando le dije, en lágrimas:

– Me estoy volviendo loca, doctor, solo escucho mis pensamientos.



Me decidí, con el alma arrugada por el miedo.


Miedo, eso fue lo que sentí en los momentos previos a la operación. Miedo al fracaso, a quedar con la cara desfigurada, a tener un aparato implantado en mi oído interno.


– ¿Qué voy a escuchar, doctor? -. le pregunté angustiada.

– No lo sé, lo único que te puedo decir es que lo necesitás.


Me tuve que jugar, esa fue mi única oportunidad.
El día de la activación de los electrodos del implante fue inolvidable. No pude contener la emoción y lloré cuando escuché la voz de la fonoaudióloga – distorsionada y metálica – por primera vez. Luego discriminé sus palabras cuando dijo: ¿Me escuchás? Fue el contacto con la tierra luego de varios años volando por el espacio, como una astronauta.


Después de la activación empezó una nueva etapa, la de aprender a escuchar con los electrodos, a decodificar los sonidos, darles forma y luego comprensión. El agua de la canilla en la bacha de la cocina sonaba como una catarata dentro de una lata, caótica, irritante e incompresible. El sonido de los zapatos al subir los escalones, se asemejaba a una campanada y no a un golpe, como lo es en realidad. Tuve que aprender a reconocer miles de ruídos, las voces y por último la música. La música es un tema a parte y todavía tengo mucho para aprender. Por ahora disfruto las canciones que conocí en el pasado porque mi memoria auditiva completa lo que los electrodos todavía no procesan.


Con los meses descubrí nuevos sonidos, y comprendí mejor la palabra. Las voces se hicieron más naturales, todo se hizo más natural y con el pasar del tiempo mi cerebro aprendió a escuchar de nuevo. La vida dejó de ser en blanco y negro y se convirtió en multicolor.


Lo escribí en el blog, lo escribí por todos lados. Me sentí feliz y quise que todos fuesen felices como yo. Mi felicidad confundió a ciertas personas que pensaron que me había transformado en oyente. Sigo sorda, el implante coclear no cura la sordera. Es más, si un oyente escuchase lo que yo escucho con los electrodos, se sentiría decepcionado y limitado, con tantas palabras sin discriminar y tantos sonidos sin registrar. Para empezar oigo y escucho con un solo oído y eso me limita en los lugares ruidosos, en reuniones, en una mesa con varias personas a su alrededor. Falta el estéreo. Luego, los sonidos de los electrodos son distintos a los del oído natural, no pasan por el oído externo, medio e interno pero van directamente al oído interno. Toman un camino distinto, con resultados parecidos, pero alterados. Con el implante coclear oigo y escucho, eso es lo importante. Escucho mi voz, la voz de la gente, los ladridos, maullidos, agua, viento, gritos, melodías, coches, trenes, el gas en la hornalla, los pájaros, las bocinas, el lloro de un bebé, la lluvia, etc y etc, que me conectan y hacen la vida más fácil, en todos los aspectos.
En estos seis años aprendí a reconocer miles de sonidos y todavía me quedan otros para aprender. Al principio descubrí todos los días uno nuevo. Fui un bebé sonoro, curiosa y asombrada por todo lo que oía. Con el tiempo crecí y dejé de sentir curiosidad por lo que me rodeaba. Maduré y me acomodé con las conquistas auditivas y eso repercutió en el blog. Poco a poco dejé de escribir. Ya no supe que contar sin repetirme. A decir verdad, tengo muchas cosas para contar, no siempre vinculadas al implante coclear, pero me acobardé, perdí la espontaneidad al darme cuenta lo difícil que es dominar el arte de escribir.


Aquí estoy nuevamente, a pedido de Color Esperanza por una nueva entrada. Ella me recordó los buenos momentos que pasamos en el blog, de la gente que conocí con el mismo problema que yo, de los profesionales que leyeron las entradas y los comentarios para entender mejor a sus pacientes, de los amigos oyentes que nos acompañaron, de los testimonios, las risas, los lamentos y los intercambios de información. Hay mucho material archivado en el blog y todos los días entra gente en busca de información. Las estadísticas los delatan. Por eso y por mucho más, vale la pena hacer el esfuerzo y escribir, menos seguido, con menos comentarios, pero escribir igual, para que el blog siga vivo.


Murió el blog, ¡Viva el blog!

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