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Archive for 14/02/17

arte-de-escuchar


Mi día empieza cuando conecto el procesador y termina cuando lo apago. Me lo quito para bañarme y para dormir. Me apoderé de los sonidos y ahora forman parte de mi cotidiano. Sigo con limitaciones auditivas porque sólo escucho con un oído, o mejor dicho, con un nervio. Si me hablan del lado muerto no entiendo nada. Tampoco sé de donde vienen los sonidos y cuando conversan más de dos personas juntas me quedo fuera. Me cuestan las reuniones, los grupos, las obras de teatro. Tengo dificultades para discriminar las palabras en la radio y la televisión pero para quien no escucha ni su voz la felicidad que me brinda el implante coclear es enorme.


Tuve mil problemas antes de la cirugía y los dramas personales tomaron dimensiones colosales por la imposibilidad de oír. La tristeza le dio forma al silencio, invadida por la soledad. Ya no quería vivir más. Me operé porque peor no podía estar y con pocas esperanzas, para completar. El día de la activación (un mes después de la operación) lloré como una magdalena cuando escuché la voz de la fonoaudióloga. Mi nervio respondió a los impulsos. Fue el inicio de una larga aventura. Luego aprendí a decodificar los sonidos y a escuchar natural con los electrodos. Mi nueva condición de bebé biónica despertó en mi una esperanza. La fonoaudióloga me recomendó escribir en un diario mis aprendizajes. Abrí el blog.


Escribí todas las semanas durante seis años . Era tanto lo que tenía para contar. Todos los días descubría un nuevo sonido, una nueva melodía, un pajarito cantar. No tardaron en llegar personas con problemas auditivos al blog buscando ayuda, un consejo, una esperanza. Para ese entonces mi felicidad era contagiosa porque vivía en estado de gracia permanente. Había nacido de nuevo.


El ser humano es un bicho de costumbre y eso pasó, me acostumbré a escuchar y me olvidé de la sordera. La necesidad de escribir desapareció. Aún brota un pensamiento lejano en forma de recuerdo de cuando el doctor Arauz me explicó que el implante es un aparato electrónico y como todos los aparatos electrónicos un día deja de funcionar. Ponele diez años – sentenció. Hace ocho años que lo tengo y todavía funciona. Lo trato con mucho cariño, claro. Le llevo a hacer una limpieza cada seis meses, lo protejo del agua, del polvo y la gata. En diciembre pasado pareció fallar. Escuché reiteradamente unos golpes de “martillitos” que parecían venir de los electrodos como si fuese un corto circuito. Entré en pánico. Me saqué el procesador, lo metí dentro del deshumificador y sólo lo volví a prender 48 horas después. Por suerte, los golpecitos no volvieron a perturbar mi paz pero estuve durante dos días invadida por el silencio que con una cachetada me devolvió a la realidad. El implante coclear no cura la sordera. Sigo sorda y seré sorda durante toda mi vida. Mi felicidad cotidiana se vio afectada. Su fragilidad me recordó que un simple desperfecto, una gota en el lugar equivocado, la podían arruinar.


¿Por qué me olvidé de sacar el implante antes de entrar en la ducha durante dos días consecutivos? Nunca lo había hecho antes en los ocho años de mi vida biónica ¿Habrá sido el resultado de una metamorfosis mental que incorporó el aparato a mi organismo cuál mutante? Estoy en el mismo lugar en que se le empezaron a derretir las alas a Ícaro. No me tengo que olvidar para que la caída no sea violenta porque el día que el aparato se rompa se acaba la diversión. No sólo tendré que enfrentar otra operación como además también tendré que hacerle frente a una siniestra burocracia que se dedica a impedir y busca mi cansancio. Para conseguir autorizaciones voy a tener que soportar antes largos meses en silencio.


Hay mucha gente con hipoacusia o sordera que se dice feliz con su condición. A mi, en cambio me duele el silencio, afecta mi salud física y mental. Es por eso que amo el implante coclear y sólo le tengo palabras de agradecimiento. No es propaganda, es lo que siento desde el fondo de mi corazón. Mi audición artificial me permite escuchar a la gente hablar, discriminar sus palabras, reconocer sus tonos de voz. También escucho el agua de la bacha y del el arroyo correr, a los pájaros cantar, a mi gatita maullar, la lluvia golpear contra el suelo, al viento bailar, al fuego crepitar. De todo escucho y ¡también escucho la música! No me saquen la música, por favor, no me alejen de mis seres queridos.


Perdón, me olvidé que soy sorda, yo sólo quiero escuchar.

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