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Archive for the ‘Anécdotas de mi abuela’ Category

Mi abuela y yo compartíamos el mismo amor por los animales. Ella siempre tenía un perro a su lado pero en Sénégal tuvo cinco. Todos ellos dormían en su cama. A veces uno, a veces dos, o los cinco a la vez. Mi abuelo, cansado de esa situación le dijo un día:


Les chiens ou moi! (¡Los perros o yo!)

Les chiens! (¡Los perros!)


Nunca más la amenazó. No sé cómo hacía, era un hombre robusto, más bien gordo, para acostarse en la cama con esa multitud.


Cuando cumplí once años viajé a Sénégal para mis vacaciones. Durante la estadía mi abuela me regaló un loro. Era jovencito y no sabía hablar. Me enamoré inmediatamente de él. Vivía en mi hombro. A veces se me subía a la cabeza. Me robaba la comida del tenedor cuando lo llevaba a la boca y yo me mataba de risa. Me divertía todo el tiempo con él. A los pocos días antes de partir me puse triste. No quería abandonar a mi nuevo amigo. Mi abuela me consoló. Dijo que lo podía llevar a Buenos Aires conmigo, en el avión.


Pero no se puede, bonne-maman.
– No importa, lo escondés.


En aquel entonces no existían los controles de hoy en día. No había máquina de rayos X, ni detector de metales. Se iba hasta el avión a pie, por la pista. Mi abuela me puso en la mano un muñequito de goma, de esos que tienen un pito dentro y suenan cuando los apretás.


Escondés el loro sobre tu pecho (que no tenía), debajo de la ropa, y lo sostenés con una mano. Con la otra llevás el muñequito que hacés sonar por si al loro se le ocurre hablar.


Era el plan perfecto entre una abuela que no hacía caso a las normas y su nieta de once años. Me subí al avión con el loro y muñequito a cuestas. Viajaba sola. Para las azafatas y pasajeros yo sólo era una niña raquitica con “síndrome de Napoleón”. Por la mano digo, aunque la apoyaba un poco más arriba que la del emperador. Fueron diez horas de avión desde Dakar hasta Buenos Aires y nadie lo vió. Cuando llegó la comida ya era de noche. Prendieron todas las luces del avión. El loro asomaba la cabeza disimuladamente para comer. Una cucharada para mi y otra cucharada para él. Parecía saber lo que tenía que hacer, no chistó ni una sola vez y se quedó durante todo el trayecto escondido bajo mi mano.


Al llegar a Buenos Aires mis padres me fueron a buscar al aeropuerto con mi hermana. Me esperaban en la pista, al lado de la escalera del avión. En la época sacaban fotos a todos los pasajeros cuando bajaban, como recuerdo. Se puede ver mi mano apoyada sobre una protuberancia extraña. Mismo así nadie se dió cuenta, ni mis padres. Pasamos por la aduana y policía. No preguntaron nada.




Cuando el coche arrancó mi madre preguntó: ¿Cómo la pasaste? Y yo saqué finalmente el loro de su escondite. Pegaron un grito descomunal. ¡No se puede entrar un animal silvestre al país! ¡Eso es un crimen! ¿Y las enfermedades? ¡Qué ocurrencia! Mi madre era tan distinta a la suya, tan emotiva e irracional. El loro no tenía lugar en nuestro departamento limpio y ordenado. Mismo así se quedó. Le instalamos un palo en mi cuarto, con comida y agua. Se tiraba al piso y caminaba con sus patas chuecas hasta la sala, a los gritos, porque no quería estar solo. Vivía en mi hombro. Era cariñoso y divertido, un compañero ideal. Se hizo respetar inmediatamente por la negra gata “Pussycat”. Le mostró su amenazante pico y le dió la espalda sin más.


Fuimos felices durante unos dos o tres años, hasta que mi madre no agüantó más. Se lo regaló a una señora que vivía en las afueras y lo amaba. Lloré desconsoladamente pero lo tuve que aceptar. Era una niña, no tenía poder de decisión. Con él tenía un pedazo de mi abuela cerca, un pedazo de Sénégal, aquel exótico país, tan luminoso y lleno de colores, donde fui feliz mientras duró. Ahora mi lorito forma parte de mis recuerdos, esos que guardo con tanto amor. Estas historias me hacen pensar en la increíble abuela que tuve, un ser fuera de lo común. ¡Cómo la extraño!


A ver quién consigue ver el muñequito en mi mano ¡La foto es tan vieja! 🙂

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Mi abuela se llamaba Janine. Hay miles de anécdotas de su vida, una más increíble que la otra. Perdió a su madre cuando tenía cuatro años y la casaron a los quince con un hombre que no conocía. Nunca lo amó. Se llamaba Gustave. Era un hombre bajito, lleno de miedos y angustias. Peleó en la primera guerra mundial y cuando se declaró la segunda lloró al escuchar la noticia en la radio. Escuchaba poco, tenía otoesclerosis como yo.


Janine era una mujer llena de vida. No se resignó al destino que le habían trazado y desafió la sociedad marsellesa, escandalizada con su forma de ser. El día que intervinieron el diario de mi abuelo Gustave, este se encerró en su cuarto y guardó el audífono en un cajón. Se aisló del mundo. Janine en cambio se unió a la Resistencia. Gustave nunca preguntó quienes eran todos esos extraños que deambulaban por su casa. Eran los judíos y polacos que Janine escondía de los alemanes. En la Resistencia ella conoció al hombre de su vida, con el que se escapó después de la guerra a Paris. Lo amé como si fuese mi propio abuelo, a Gustave casi no lo conocí.


Para Janine su vida estaba llena de milagros. Escapó de la Gestapo, que ya sabían de su existencia. La conocían como la morocha con un perro blanco. Ella lo supo y se puso una peluca rubia y tiñó a su perro de negro. Sus rebeldes mechones oscuros escapaban y se entremezclaban con su falsa cabellera dorada. A ella no le importaba. Tenía una enorme fé en la vida y en Dios. Llevaba a sus tres hijas a todos lados, los campamentos y granjas donde se escondían los maquis. Su hija menor, Caroline, transportaba con orgullo en su valija los documentos secretos de los resistentes y los entregaba camino a la escuela. Era un niña de tan sólo diez años.


De cuando en cuando la Gestapo entraba en la casa de Janine para ver si no encontraban algo sospechoso. Su vecino la ayudaba. Los jardines de los dos estaban en el fondo de sus casas, separados por un muro. La entrada de las dos casas daban a calles distintas, al otro lado de la cuadra, así que cuando el vecino veía pasar a la Gestapo por su calle ponía una escalera en el muro de su jardín para que los refugiados se escondiesen allí antes que los alemanes diesen la vuelta a la cuadra y tocasen la puerta de la casa de mi abuela. Todo eso pasaba delante de los ojos de Gustave, que se escondía detrás de su sordera.


A las ocho de la noche había toque de queda en la ciudad. Nadie podía prender luces, ni hacer ruído. Una noche mi abuela se hartó y pasó por encima de la realidad. Se sentó en el piano y se puso a tocar. La música emergía atrevida y se escabullía por entre las calles silenciosas. La magia se quebró con unos golpes en la puerta. Los refugiados corrieron hacia el jardín y saltaron el muro desesperadamente. Del otro lado no estaba la escalera y cayeron los unos encima de los otros como bolsas de papas.


Cuando todos estaban fuera de peligro mi abuela abrió la puerta. Tuvo una sorpresa. No se encontró con un policía alemán, y sí con un viejito diminuto que sostenía un violín en su mano.


-“Discúlpeme señora, escuché la música y no lo pude resistir. ¿Puedo afinar mi violín con la ayuda de su piano?

-Mais, bien sûr! (¡Claro!)


Y ahí se fueron los dos. Tocaron el do-re-mi-fa-sol-la-si juntos. Se olvidaron de los refugiados asustados del otro lado del jardín. Se olvidaron de la Gestapo, de mi abuelo, las hijas, el perro negro que era blanco, de la peluca, de la noche oscura y hóstil en la calle, de la guerra y fueron felices por un momento.Se produjo un milagro, uno de los tantos que mi abuela Janine vivió a lo largo de su vida.

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