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Archive for the ‘Mi madre’ Category

las tres hermanas


Como muchos saben, estoy yendo a un taller literario con la profesora Verónica Sukaczer, que recomiendo a todos los que quieran aprender a escribir. Ya he escrito unos cuantos cuentos cortos, que tengo que corregir todavía. Este último fue aprobado así que lo comparto con ustedes. “Las tres hermanas” está basado en una historia real de mi familia, durante la Segunda Guerra Mundial. Espero que les guste:


Las tres hermanas


– En la guerra los mejores regalos son comestibles. No importan los colgantes de oro, ni la ropa, no hay nada mejor que una lata de aceite cuando hay hambre. A tu mamá su novio le regaló un bife, como si fuese una alianza, y tu abuela le dio la mitad al perro, que consideraba parte de la familia. Ella nunca se lo perdonó.


– Es cierto, tía Caro, mamá me contó esa historia varias veces.


– En el campo la pasaron mejor porque tenían alimentos ¡En Marsella nos comíamos los gatos!


– ¿Los gatos? ¡Pobrecitos!


_ ¿ Pobrecitos nosotros o los gatos?


– Los gatos – dije sin pensar. Luego me corregí – Y ustedes, por supuesto.


Mi tía Caro era la menor de las tres hermanas. Mamá fue la que más sufrió durante la guerra. Se sentía responsable por todo. Nunca abandonó su papel de hermana mayor. Hélène, la del medio, sufrió en silencio. No quería hablar del tema. Caro, en cambio, se dejaba cuidar por todos y sus recuerdos eran menos trágicos. Siempre juntas, parecían tres muñecas, las tres de la misma estatura (no crecimos por causa del hambre, decían en coro).


– Nunca me voy a olvidar cuando papá nos trajo una lata de leche condensada para cada una ¡Era la fiesta del mercado negro! Y si, que querés que te diga, con el mercado negro, apareció la comida.


– ¿Es verdad que comieron gatos, tía Caro? – le volví a preguntar, perpleja.


– Si, y también ratones.


Me lo decía con una sonrisa, mientras se arreglaba el flequillo. Sus dos perritos dormían a su lado. No podía imaginarla con un ratón en la boca.


– Nicole no abrió la lata. La guardó.


_ Claro, así es mamá, precavida en todo.


_ La guardó para controlar el mundo que se caía a su alrededor.


_ ¿Y la tía Hélène?


– Ella siempre en el medio, se tomó la mitad y la otra mitad la guardó para después.


– ¿Y vos?


_ Imaginate, yo me la tomé toda de una vez.


– Tan parecidas pero tan distintas – pensé


– Poco tiempo después hubo un bombardeo. El resto ya lo sabés. La bomba cayó en casa y nosotras nos salvamos milagrosamente. Las latas de leche condensada de Nicole y Hélène volaron por los aires, con el resto de nuestras pertenencias. Tu abuela nos buscaba en medio de los escombros. No se veía nada, el polvo no nos dejaba respirar. Todo era angustia y sufrimiento pero con la única diferencia de que yo tenía el estómago lleno y satisfecho.


– Y mamá tenía el estómago vacío – dije.


– Resultado: de nada sirve controlar la vida – me dijo mientras acariciaba a su perro.


La mucama trajo té y medialunas en una bandeja. También había un yogur ligth


– Es que estoy haciendo régimen – me dijo, sin antes guiñarme el ojo.


hambre

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Mamá


Para serle fiel a la tradición, hoy me olvidé que era el cumpleaños de mamá. Me acordé la semana pasada, el lunes también, pero hoy no. Me cuesta vivir en la dimesión del tiempo y del espacio, me cuesta la realidad. Ando a los manotazos para estar al día y cumplir con todos los compromisos que una persona de bien se debe hacer cargo pero siempre me olvido de algo. Sufro por ello y a veces pienso que tengo un problema mental pero la gente que me quiere me consuela y dice que así son los artistas, que viven fuera del mundo y yo no soy una excepción.


Mamá fue la persona que más me ayudó en la vida. A decir verdad fue la única persona que me ayudó en la vida. Le costaba comprender que fuese tan distraída, ella que era tan organizada y se sintió desolada cuando se enteró que era hipoacúsica. Sufría mis limitaciones como si fuesen propias y quería protegerme a toda costa. Me defendí con garras y dientes de su protección exagerada pero siempre supe que lo hacía por amor. Se preocupó por mí hasta el final. El día anterior a su muerte me animé a hablarle (como si hubiese sentido que era mi última oportunidad) y le dije que se quedase tranquila porque yo estaba muy bien, pero muy bien y le pedí que se ocupe de ella. A la madrugada se fue y yo la vi partir triste pero feliz de haberla liberado de una carga que no le correspondía más.


Siempre tuve miedo de ese momento, a quedarme sola sin ella. A decir verdad solos estamos todos. Nacemos y morimos solos. La soledad siempre estuvo muy presente en mi vida a pesar de tener afectos importantes y sólidos. Tengo un compañero de fierro, una hija hermosa, hijos de corazón, familia, amigos geniales por varios lugares del mundo, animales de estimación dulces y cariñosos. Una cosa no quita la otra, la soledad es otra compañera más, pero ella era mucho más que todo eso junto, era mi mamá.


Ahora mamá vive en mi corazón y mi corazón no sabe de fechas y horarios porque trabaja a tiempo completo, No tiene días especiales para recordarla porque la recuerda siempre, cuando paso por una calle, un bar, la puerta de su casa, en cualquier lugar que estuvimos juntas. Hemos disfrutado de nuestras compañías, de ir al cine y luego comer sushi, que tanto nos gustaba a las dos, con una copita de vino blanco y charlar, charlar de la vida, del arte y del amor.


Ya no está más y la extraño. Su partida dejó un vacío eterno. Ya no está más pero aún vive en mi corazón y el corazón de todos los que la amaron. Por eso mamá que hoy te digo, feliz cumpleaños, adonde sea que estés.


Te amo, en pasado, presente y futuro, en la eternidad.

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Paris


Nunca pasé tanto tiempo sin escribir desde que abrí el blog y me cuesta recuperar el ritmo. Por suerte que este sitio tiene vida propia y sigue su cauce sin mi. Rodolfo activó su implante coclear y Benito se operó. La solidaridad no dejó al blog morir a través de los comentarios de ánimos, felicitaciones y consuelos de los implantados. Rodolfo no está satisfecho con la activación y eso le tiró el ánimo al piso. No es para menos. Benito espera su activación ansioso y entusiasmado y todos le desean lo mejor. Inclusive Rodolfo. Mientras tanto yo estaba en Francia con Germán. Hacía nueve años que no iba para allá, la tierra donde nací y está mi familia materna. Me reencontré con mis primos hermanos y naturalmente con mi tía, con la que siempre mantuve contacto porque ella se vino varias veces a Argentina y me vino a visitar a Brasil también. Es la única tía que nos queda. Mi madre y sus dos hermanas murieron con poco tiempo de diferencia. Eran tres hermanas de una misma generación. De misma estatura y silueta, parecían trillizas. Los dos hermanos menores – Marie-Pascal y Jean-Léonce – son veinte años más jóvenes que ellas y sólo diez años más que yo. Una generación entera de la familia desapareció con las “trillizas”. Se cayeron los grandes árboles y dejaron de brindarnos su sombra. Se hizo un vacío y fue duro volver a Francia sin sus presencias.


Todos se sorprendieron con mi nueva “audición”. Tanto familia como también amigos percibieron un cambio enorme desde la última vez que nos vimos. “Era muy difícil hablar con vos”, “Es sorprendente”, “Un cambio espectacular”. Hacía nueve años atrás yo escuchaba con gran dificultad gracias a un audífono digital, el más potente -por cierto- del mercado, y ni se me ocurría hacer un implante coclear. Era sorda y listo. Pensaba que mejor que eso no iba a conseguir. Estaba equivocada.


Pude oir mucho y hacer poco esfuerzo. Antes oía poco con mucho esfuerzo. Se invirtieron los factores y el resultado diferente. También lo fue con Germán, que no habla francés. Fui su traductora simultánea, la encargada en mantenerlo comunicado con todo y con todos. Se cambiaron los factores y el resultado fue sorprendente. Nos presentabamos con un “Él no habla francés y yo soy sorda” y nos divertíamos con las caras de asombro de la gente. Era sorda pero escuchaba gracias al implante coclear. Me di una panzada de francés y me reconcilié con mi país materno. Fue muy lindo compartir con Germán mi otro lado, mi otra mitad, mi identidad perdida. Conoció a mi familia y amigos, todos ellos tan cariñosos con nosotros. Me di cuenta que tengo muchos afectos vivos en Francia y eso me causó mucha alegría.


Yo nací en Paris pero mi madre era marsellesa. Mis abuelos también lo eran, al igual que mis tíos. Marie-Pascal, la más jóven, fue la primera que nació en Paris. En este viaje busqué consolidar mis raíces maternas y por eso mismo me tomé un tren hasta Marsella. Les quería dejar una vela a mi madre, tías y abuelos, en la Iglesia de la Vírgen de la Garde, protectora de la ciudad y de los pescadores. ¡Qué felicidad sentí cuando ví el mediterráneo! Algo en mi se despertó: mis raíces, mi sangre y mis recuerdos escondidos. Algo inexplicable pero emocionante me hizo vibrar por dentro cuando estuve en Marsella, mi tierra lejana pero nunca olvidada.


Lo mismo me pasó y me pasa con la Provence. Es un lugar mágico y con una naturaleza generosa. Se respiran los aromas de las especies en las montañas. El cielo azul y la luz que de él irradia atrajo a los pintores de mi corazón: los impresionistas. Allí se sabe comer y beber. Germán estaba fascinado con los quesos y los vinos que nos ofrecían mi familia y amigos en sus cálidas mesas. En Avignon estuvimos en la casa de Martine y Patrick. Los conocí en Brasil en el año 90 y sólo nos volvimos a ver dos veces desde entonces. Nuestra amistad permaneció intacta luego de dos decadas. Varios cuadros pintados por mí colganban de las paredes de cada habitación. Patrick fue director del colegio francés en Recife y gracias a él hice la primera exposición de mi vida. Unos recuerdos inolvidables y un cariño a prueba de años y distancia nunca nos separó. Luego estuvimos en la casa de otros amigos en Aix-en-Provence. Miles de años de historia recorren esa ciudad y Germán disfrutó de cada esquina porque él no sólo es un artista del teatro cómo que también es un amante de historia y en La Provence eso no falta. Allí estuvieron los celtas, griegos, romanos, galos, etc. que dejaron con su huellas. Una riqueza cultural sorprendente.


Año nuevo lo pasamos en familia, en los Altos Alpes, en la casa de la familia de mi tío político y marido de Marie-Pascal: Jean-Paul. Nos trataron como reyes. A mi que no me vengan a hablar de que los franceses son antipáticos. Son lo más hospitalarios que vi. Germán estaba en el cielo de los quesos, vinos,champagnes, almendras, patos, salsas, tortas. ostras, etc. Pero por sobre todo estabamos en el cielo por el amor que recibimos. Feliz, muy feliz me sentí.


Pasamos la mayor parte del tiempo en Paris. No había cielo azul y todos miraban la “metéo” a la búsqueda de una esperanza cálida. En vano, frío y nublado durante casi todo el mes pero estabamos en Paris, la ciudad luz, que nunca deja de brillar porque tiene luz propia. Es bella por donde la mires. Su historia es grandiosa y sus museos monumentales. Visitamos a los grandes maestros de la pintura y escultura en el Louvre, Orsay y Grand Palais. Germán pudo sentir la emoción de la pincelada y color en vivo, y yo me sentí feliz. Ni el frío, que tanto odio, pudo opacar mi felicidad.


Después vino la nieve y Paris se cubrió de blanco. Hacía quince años que no veía nieve, era hermosa, todo era hermoso para mi corazón emocionado con el amor de los reencuentros. Me reencontré con los ex-alumnos de mi colegio francés en Buenos Aires. Varios de mis compañeros se fueron a probar suerte en el viejo continente e hicieron una vida allá. A algunos no los veía hacía 35 años pero con otros tuve varios contactos desde que terminamos el colegio. Laurence, la que ofreció su casa y organizó la reunión, es una de ellas. Con nosotras no pasa el tiempo, siempre que estamos juntas nos sentimos en casa, o más bien dicho, en familia. En su casa también colgaban varios cuadros míos y no se pueden imaginar mi emoción. Después vinieron Marie-Louise, Roger, Marion, Jeróme, mis hermanos de criación, desgarrados como yo, mestizos, cortados por la mitad. Germán probó los deliciosos platos de cada uno de mis amigos, condimentados de mucho cariño. Una delicia.


El implante coclear fue primordial en mis relaciones. Todos coincidían con lo mismo: “Sos otra persona, es sorprendente lo bien que escuchás”. Y yo feliz porque por fin pude estar comunicada aunque nunca vaya a escuchar como una normoyente y siga con perdidas de informaciones, siempre, porque lo mío no es un milagro, es simplemente una ayuda, y enorme.


En Paris busqué una casa de audición para comprar el bucle inductivo que tanto hablan en el blog de Pepe Lozano. Con este collar pueden escuchar el teléfono y la televisión con más claridad. No sabía cúal era el nombre de este aparato en francés ni su formato así que le mandé un mensaje privado a JL en el facebook. Con su información partí para la tienda. Cuando llegué me sentí en el paraíso. Había aparatos de todo tipo para ayudar a los sordos e hipoacúsicos a tener una vida más independiente. Teléfonos con mucho volúmen, despertadores con vibración o luces incandescentes. Timbre con luz, y el famoso collar inductivo que era distinto al que le había visto a JL en su visita a Buenos Aires, pero que funcionaba igual. Las vendedoras se comunicaban con lengua de de señas y también modulaban a la perfección pero por sobre todo eran atentas y cariñosas. Es así que descubrí el Comfort Audio Contego, un aparato FM, que me ayuda a entender mejor en las reuniones, con la televisión, en los bares, etc. Este aparato funciona tanto para implantes cocleares como para audífonos también. Quería que Rodolfo lo probase cuando lo vi, pero para eso tiene que tener la tecla T, que es para escuchar el teléfono y él no me pudo decir donde se situaba en su audífono. Seguro que la tiene, todos los audífonos lo tienen. Este nuevo aparato me ayuda un montón. En la próxima entrada se los describiré con detalle. Ahora tengo que subir esta entrada y reencontrarme con el blog… pedirles disculpas, y decirles que los extrañé.

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Puedo escribir los versos más tristes esta noche… qué lindas son estas palabras de Neruda que describen tan bien mi sentimiento. Hace cuatro años que abrí el blog y en estos cuatro años me han pasado muchas cosas. Unas buenas y otras malas, una de cal y otra de arena, con las que se construye una vida. La luz no existe sin la oscuridad y la felicidad se ilumina con la sombra de la tristeza. Y hoy estoy triste, hace meses que me siento así y no lo puedo evitar. Se murió mi madre y es la ley natural de la vida pero no sé qué hacer con el vacío que siento dentro. Todos los días me llamaba por teléfono para que practique con mi implante, ahora el teléfono no suena más ya que a nadie se le ocurre llamarme porque yo tampoco llamo a nadie. Sí, le tengo fobia a ese aparato que nos comunica oralmente con la gente. Y mi madre nunca dejó de insistir. Todos los días levantaba el tubo y le escuchaba decir: ¿Oliviá? con su indiscutible acento francés. Todas las semanas iba a almorzar a su casa, a la salida del taller en el que iba a pintar y que también abandoné. Me sentía niña de nuevo al ver la comida lista en la mesa. Ya no está más y yo sigo para adelante con dificultad.


Empecé a contar mis experiencias con el implante coclear en el blog y la gente me incitó a continuar con sus comentarios. Conocí gente maravillosa, que hoy en día considero mis amigos. Hemos hecho encuentros, nos hemos divertido y sentido acompañados. No sé que escribir, no sé más que contar sobre el implante coclear aunque siga descubriendo nuevos sonidos constantemente. Escucho tocar el celular por entre la televisión y voces. Los sonidos se abren paso y se vuelven cada vez más claros. Mi madre me ayudó mucho durante el proceso, ella pudo disfrutar de los cambios, cómo si de un milagro se tratase.


A pesar de mis silencios el blog sigue vivo. Las estadísticas lo dicen. Son muchas las visitas que recibo diariamente pero no todos entran por el implante coclear, también por las pinturas y por sobre todo para buscar información de cómo dejar de fumar. Durante dos años escribí sobre el tema. Todos los meses reafirmaba mi decisión con una nueva entrada. Fueron dos años de conquistas hasta que un día recaí. Lo volví a intentar después, y me mantuve durante varios meses invicta. Fui a chau pucho gracias al implante. Nunca antes había podido participar de un grupo por causa de mi sordera. Bendito implante que me abre tantas puertas nuevas.


Sólo borré un comentario en los casi cuatro años que escribo en el blog y fue por causa de una recaída. Es una pena que no lo guardé porque sino lo transcribía. Un comentario muy ofensivo, de una persona cobardemente anónima que se declaró mi enemiga. Se alegraba de mi recaída, aunque le parecía bien si lo pudiese volver a dejar, pero que siempre iba a estar por acá para deleitarse con cada una de mis derrotas. Es bastante halagador saber que alguien que me odia se da el trabajo de leer el blog religiosamente. El odio se acerca mucho al amor por momentos. La verdad que no sé de donde habré sacado un enemigo tan fiel.


En el año 2007 busqué ayuda para dejar de fumar por la internet. Mi audición no me daba otra opción. Acababan de detectarme un epoc leve y tenía que dejar de fumar. Encontré una página increíble con más de 2000 usuarios. Su nombre era Quitómetro y su creador se llamaba Serlio. Españoles y latinoamericanos escribían compulsivamente en él con el afán de liberarse de la nicotina. Algunos lo conseguían y muchos otros recaían una y otra vez. El sitio era genial, había una zona de informaciones, fotos, videos, consultas, diarios personales, foros de ex fumantes y chat. Un día Serlio se cansó y cerró todo. Las discusiones eran muchas, imaginen un lugar con dos mil personas con síndrome de abstinencia y distintas formas de ver la vida, tanto con la política como moralmente. Un volcán en ebullición constante.


Recuerdo el año 2007 como uno de los peores de mi vida. Estaba en el silencio completo, sola y para colmo me habían detectado una enfermedad por la cual tenía que dejar mi compañero más fiel, el cigarrillo. Descargaba mis frustraciones en mi diario del quitómetro, un espacio bañado en lágrimas. No tenía trabajo ni novio y yo vivía conectada en la internet, sobre todo al quitómetro, desesperada por dejar de fumar aunque mi corazón desease lo contrario. Escribía compulsivamente durante el día en el diario y foro. A la noche me conectaba en el chat lleno de usuarios nerviosos e irritados por la abstinencia. Todos escribían al mismo tiempo y era difícil seguir el hilo. Estaban los chistosos, provocativos, peleadores, simpáticos, inteligenes, nerviosos y no faltaban las estrellas. Me hice amiga de algunos de ellos y tuve problemas con otros, sobre todo con las estrellas. Me pregunto si no será una de ellas la famosa enemiga que comentó en el blog.


El día que el médico dijo que mamá se moría salí a la calle a fumar un cigarrillo. Le quedaban días, a lo sumo semanas y yo tenía que tomar todas las decisiones sola. En dos semanas dejó la vida en mis brazos y yo me volqué a los brazos de la nicotina en un romance secreto y mortal que dura hasta el día de hoy. Le vendí mi alma, le pedí que me lleve y que no se lo diga a nadie, mucho menos a mis enemigos. Pero que me importan los enemigos, digo yo. A mi me importa la gente que amo y no sé como superar la perdida de mi mayor apoyo, la mujer que nunca me abandonó, mi madre. Soy una persona emocional y por momentos mi peor enemiga. Ya vendrán a decirme que no me torture más, que fume, que no es mi momento, que no los moleste más. Pero no fumo feliz, fumo con miedo, todos los días siento miedo cada vez que prendo un cigarrillo y me lo prendo igual. ¿Es un castigo? Me castigo por la muerte de mi madre, sin razón, con pura emoción. He fumado durante todos estos meses con culpa y dolor. Siento mis pulmones lastimados, mi garganta inflamada y mi estómago en fuego pero fumo igual. Soy una adicta. Por un lado quiero vivir durante mucho tiempo porque tengo proyectos, un compañero, una hija maravillosa, otra hija de corazón que vale oro y los hijos de Germán que son unos soles. Me encanta escuchar, algo tan banal para la mayoría de las personas. Me encanta vivir. Por otro lado me escondo atrás del humo de la nicotina como una cobarde. Quiero fumar, no quiero fumar, quiero vivir… Necesito de ayuda. El champix fue una gran ayuda. Estuve dos años sin fumar y me sentía feliz, pero no puedo tomarlo más porque me hizo mucho daño en el estómago. No sé qué hacer. Pienso en la hipnosis. La verdad que lo probé todo y siempre recaí. De todos modos me sirvió ya que nunca más fui una fumadora de dos paquetes diarios como lo solía ser. Pero esta recaída ha sido fatal.


Escribo para espantar los fantasmas y hacer realidad los pensamientos que se hacen humo con cada pitada. Voy a dejar de fumar, es cuestión de tiempo, pero lo que me preocupa es saber cuanto tiempo me queda. Desde que mamá se fue pienso mucho en muerte. La vida es una ruleta rusa que en cualquier momento te dispensa de la actuación. Todo es tan efímero y fugaz. Debo encontrarle el sentido a la vida por entre el absurdo de la existencia como los sonidos se hacen lugar por entre el ruído.


He ayudado a mucha gente a dejar de fumar, una de ellas es hermana de una alumna mía. Leyó el blog y ahora hace once meses que no toca un cigarrillo. ¿Es irónico? Ayudo a los otros pero no me puedo ayudar a mi misma. Con esta entrada di mi primer paso hacia la recuperación. Escondí mi angustia durante todos estos meses y al escribirlo la hice real porque ,como mi padre abogado decía: las palabras vuelan pero lo escrito queda.


Mis alumnas creen que llevo muy bien lo de la muerte de mamá. La verdad es que todavía ni lo procesé, lo escondí todo tras una nube de humo y tengo miedo de lo que va a salir cuando la disipe. Por eso empecé una terapia, como buena porteña que soy hoy en día, y ayuda, porque justamente el problema de la adicción es no hablar: A-DICCIÓN. Tapamos las angustias con las drogas y la nicotina es una de ellas: muy potente por cierto.


Dejar de fumar es un acto de amor y yo estoy triste. A decir verdad estoy enojada con la vida, con las leyes naturales y con la muerte que nos despoja de los seres que amamos.


Ya va a pasar y espero sobrevivir en el intento. Gracias por el aguante.


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Mi padre era un hombre brillante, con un temperamento tormentoso, alimentado por el alcohol y la sordera. Era sordo y vivía como oyente. Usaba un audífono del oído “sano”, que le quedaba 20% de audición. No sabía leer los labios, no conocía la palabra “fonoaudióloga”, ni nada que se le parezca. En su profesión de abogado le salvaba el hecho que la mayoría de los juicios fuesen escritos. Nunca perdió uno. Lo recuerdo llegar a casa y exclamar: “¡Ganamos!”. En su vida social mi madre le hacía de intérprete muy a pesar suyo, porque así le permitía entrar en las discusiones y armar unos tremendos despelotes. Era el hombre menos “políticamente correcto” que conocí. Tenía una pasión desbordante. Victíma de sus antigüas conquistas, moría de celos por mí. Ningún amigo se me podía acercar. Todos ellos tenían malas intenciones según él, y si no las tenían eran boludos. De adolescente lo odiaba y le temía. Todas mis amigas salían a bailar menos yo. No me dejaba hacer nada.


A Fernando lo conocí a los 19 años. Fue un amor a primera vista. Nos encontrábamos a las escondidas. Él vivía en las afueras de la capital, con sus padres y cinco hermanos. En su casa siempre entraban y salían jóvenes. Su madre preparaba todos los sábados ñoquis para el almuerzo familiar con su marido, hijos y novios de hijos. Era el modelo de familia que siempre había soñado tener. Yo era hija única y mi padre no me dejaba invitar a nadie. Le mentía -por miedo – y pasaba los fines de semana en la casa de Fernando haciéndole creer que era una amiga.


En los tres años de noviazgo mi padre sólo lo vió a Fernando una vez. Nos sentamos los cuatro en la mesa a cenar. Yo estaba aterrada con que tuviera algún ataque de ira contra él pero sólo lo humilló con alguna que otra pregunta irónica. La relación con mi padre era cada vez más difícil. Me quedaba en la calle para no volver a casa. Me hacía escándalos por nada o no me hablaba. Sus celos llegaron a tal punto que un día decidí abandonar la facultad, buscar un trabajo fijo y alquilar un cuarto sola.


– “No dejes la facultad”, me dijo Fernando, “mi abuela nos presta un monoambiente que tiene vacío y yo te puedo ayudar con los estudios”


Entonces le dije a mi madre:


– “Me voy a vivir con Fernando”


Casi enloqueció, me dijo de todo, que mi padre no lo iba a aceptar, que la gente iba a hablar mal, que no le podía hacer eso a ella, que tanto le costó hacerse un lugar en la sociedad de Buenos Aires.


– “¿Y si me caso?”

– “Si es así, no hay problema”


Lo llamé a Fernando y le pregunté que opinaba.


– “Todo bien, nos casamos entonces”


¡Cómo lo envidiaba a Fernando! Para él la vida era tan simple y para mí todo eran conflictos.


Cuando mi padre supo que me iba a casar se puso manos a la obra. Su carrera estaba en pleno auge y quería un casamiento a la altura de las circunstancias. Fernando y yo no teníamos un peso. Él era empleado y yo estudiante de arquitectura en la UBA.


– “Papá, ¿por qué no me das la plata de la fiesta, que no nos interesa, para que con eso nos compremos un terreno en las afueras?”

– “Ni pensar, la fiesta es para mis relaciones públicas y vos vas a invitar a quién yo diga”


Yo quería una fiesta modesta e íntima y él quería una fiesta a todo trapo. Yo quería una simple ceremonia en una capilla de campo y él la quería en la iglesia más aristocrática de la ciudad, la del Pilar, en La Recoleta. Estaba desesperada, a decir verdad no me quería casar, sólo quería escapar de mi padre y parecía que cúanto más intentaba alejarme de él, más cerca lo tenía. Un día fui sola a ver la iglesia, que conocía muy bien. Estaba vacía. Es una iglesia barroca del siglo XVIII, con el altar cubierto en oro. Me veía entrar por la puerta principal y caminar hasta el altar, con todas las miradas fijas hacía mi. Se me helaba la sangre, no quería hacerlo, desde pequeña sabía que eso no era para mí. Por otro lado mi madre me decía que nos fuesemos a Montevideo a casarnos por civil porque no existía el divorcio en nuestro país. ¿Cómo decirle a Fernando algo así? ¿Cómo encarar una boda con la idea del divorcio? No, no podía, no podía.

Se me había ido la situación de las manos. Me miraba en el espejo, con el vestido puesto, mientras la costurera le hacía unos arreglos, y le decía.


– “Estoy muy nerviosa”

-“Es normal”

-“¡¿Pero es normal estar tan nerviosa?!”


A nadie le importaba, todos estaban muy ocupados con la boda. Lo miraba a Fernando, que lo aceptaba todo, y me preguntaba si era él el hombre con quién quería pasar el resto de mi vida. “¿Me caso sólo para escapar de mi padre?” “¿Cambio una prisión por otra?” Me asaltaron miles de dudas y perdí el rumbo.


– “No me siento segura”, le dije a Fernando al volver de una reunión familiar. Volvíamos a nuestra “casa” a pie, con las cacerolas que nos habían regalado en las manos.

– “Quedate tranquila, está todo bien”


Pero no lo estaba. Ya habían señado la iglesia, contratado el salón de fiesta, llevado las invitaciones a imprimir. Me despertaba en el medio de la noche sudada y angustiada. Mi boda se había transformado en una pesadilla. Le propuse a Fernando escapar.


– “Vayamos a vivir un tiempo a Bariloche, allá vamos a conseguir trabajo y estar cerca de la naturaleza cómo nos gusta a los dos”

– “Quedate tranquila, está todo bien”; volvió a repetir.


Finalmente me quebré. Un sábado me encontré con mi grupo de la facultad para hacer un trabajo juntos. Eran las diez de la mañana y la mamá nos ofreció una copa de licor a cada uno. Yo sólo llegué a olerlo y el mundo empezó a girar violentamente a mi alrededor. Cerré los ojos y era peor, mi cerebro parecía una calesita.Sin saber qué hacer me arrastré al baño por miedo a vomitar. El piso se movía bajo mis pies como si estuviese en un terremoto. Me sostenía contra la pared, que no cesaba de moverse tampoco. Estuve varias horas en ese estado y cuando pude volver a hablar les pedí a mis compañeros que llamasen un médico.


-“¿Qué le pasa?, tan jóven, ¿para estar en este estado?. Usted tiene un surménage“, dijo el médico.


Hoy en día me habría dicho ataque de pánico, stress burn-out. Me recetó unos remedios psiquiátricos poderosos. Los compré pero cuando leí el prospecto los tiré a la basura y decidí afrontar la situación.


-“No me puedo casar”, le dije a Fernando cuando abrió la puerta. Tiró el ramo de flores que tenía en la mano, al piso y se largó a llorar. Lloramos los dos durante varias horas. El dolor se apoderó de nuestras almas y cuerpos. Era muy intenso y no sabíamos qué hacer. Finalmente Fernando me invitó a cenar. “Vamos a despedirnos, me dijo, no lloremos más, por favor”. En esa cena perdimos nuestra inocencia. Se había roto nuestra relación el día que nuestras familias se conocieron.


Mi padre aceptó mi decisión sin chistar. Es más, me apoyó. Mi madre estaba furiosa. Se quejaba cuando la iglesia se negó a devolverle la seña o cuando la llamaban para felicitarla. No resistí la presión, abandoné la facultad y al cabo de nueve meses me fui de Buenos Aires y luego del país. Me puse una mochila en la espalda y huí. A partir de ese momento el destino de mi vida cambió para siempre.


Nunca me casé, ni por civil, ni por iglesia. Corté con las exigencias sociales y me dejé llevar por las exigencias de mi corazón.


¡Vive la liberté!

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Mi madre


Nicole nació en Marsella. Fue la primera de cinco hermanos y siempre asumió su rol de mayor protectora con todos. Su madre fue una luchadora en la resistencia durante la segunda guerra mundial. Su casa explotó y desapareció durante un bombardeo. Conoció el miedo y el hambre. Después de la guerra se fueron a vivir con su familia a Paris y ella añoraba el sol de su tierra natal. Menuda y de facciones finas siempre se la veía bella y elegante.



Se enamoró locamente de un argentino. Por él abandonó a su familia y país sin antes vivir una relación pasional y tormentosa que duró 10 años entre los dos países. Fue de la generación de los primeros pasajeros de línea. El viaje de Paris a Buenos Aires duraba 40 horas, en un avión a hélices de poca autonomía de vuelo. Su exótico amor – Florencio – era un hombre codiciado por todas las mujeres debido a su belleza y dinero. Era un seductor nato, inteligente y de carácter explosivo que enfrentaba la vida a los golpes a pesar de su importante pérdida auditiva.



Se conocieron en los años 50, Francia estaba destrozada por la guerra y Argentina vivía una época de abundancia. Florencio amaba su país y contribuía en su progreso como industrial. Perón era presidente y su gobierno revolucionaba el país con importantes reformas sociales que molestaban a las clases más altas. En el 55 hubo un golpe de estado y Perón fue derrocado. Florencio terminó en la cárcel a pesar de su inocencia.


Se volvieron a ver con Nicole tres años después. Florencio llegó a Francia como exilado y se casaron. También concibieron una bebé que él sólo conoció cuando ella cumplió tres años de edad. El gobierno de Argentina había cambiado y decidió volver a su país para buscar una nueva oportunidad. Dejó a su mujer en Francia embarazada de tan sólo dos meses. Ella le pagó el pasaje, él estaba fundido.


Nicole fue mamá por primera y única vez sin marido, ni dinero. Buscó trabajo para criar a su hija, con muchas dificultades. Mientras tanto se escribían cartas de amor, con la angustia de un día poder estar nuevamente juntos, que guardó en una maleta, como testigo de esa pasión sin límites de tiempo y distancia que vivieron. Ella escribía en francés y él en español. Nicole se compró un diccionario para leer las cartas ya que apenas comprendía el idioma de su marido lejano. No sé como podía descifrar las palabras que él le escribía porque tenía una letra incomprensible. Su amor por él era tan fuerte que nada le era imposible. Finalmente consiguió hacer realidad su sueño y pudo ir al encuentro de Florencio con su hija a cuestas. Se hizo un lugar sola en la sociedad cerrrada y prejuiciosa de Buenos Aires. Las francesas eran mal vistas por ser feministas y liberales – de poca moral – para las costumbres arcaicas de ese país.



Cuando Florencio murió hacía 32 años que Nicole vivía en Argentina. Sus hermanos pensaron que volvería a Francia, cerca de ellos, nuevamente. Su única hija había construído una vida en Brasil y no tenía familia en Buenos Aires. Mismo así decidió quedarse en su país de adopción. Allí era feliz y tenía muchos amigos. Independiente, se las arreglaba sola y siempre estaba en la calle.Viajaba a menudo a Francia y Brasil para ver a sus hermanos, hija y nieta. Aventurera, conoció el mundo. Nunca perdió su acento francés al hablar en español o portugués, idioma que aprendió por su nieta. Tenía una constancia y disciplina admirables. Cumplidora, se podía confiar en su palabra. Se transformó en la telefonista de su hija sorda que había vuelto de Brasil para estar cerca de ella. Podría haber sido una gran secretaria, siempre eficaz, conseguía todo lo que le pedían y sabía hacer valer los derechos sin dudar.



A los ochenta años su médico le dijo que nunca iba a ser una anciana. Hacía gimnasia y mantenía una bella figura que ponía en valor con su elegancia. Siempre moderna y de buen gusto. Tenía una sensibilidad especial – casi obsesiva – por la estética, en todos los ámbitos de su vida. La belleza era su antídoto contra el sufrimiento y la miseria. Los traumas de la guerra la persiguieron durante toda su vida. Luchaba todos los días contra sus angustias pero no se dejaba vencer y se levantaba todas las mañanas de la cama decidida a enfrentar sus miedos y disfrutar de la vida. Ella no se daba cuenta de lo fuerte que era al vencer de tal manera su negatividad.


A pesar de la distancia siempre mantuvo un vínculo muy estrecho con sus hermanos. Se escribían y llamaban por teléfono todas las semanas. Sufrió un golpe cuando su hermana Hélène murió de cáncer de pulmón. Su otra hermana Caroline también luchaba contra el mismo mal hacía 15 años, con mucha fuerza y dignidad. Nicole tenía una salud envidiable pero sufría al ver a sus hermanas menores enfermarse antes que ella. Parecía inmortal, hasta los 83 años estuvo radiante como un pimpollo. Finalmente le diagnosticaron a ella también un cáncer, lo que tanto temía. Enfrentó nuevamente sus miedos y luchó para salir adelante. La quimioterapia la debilitó tanto que le dieron de alta a pesar de no estar curada. El 31 de diciembre Caroline perdió la guerra y se fue antes que ella. La tristeza invadió el corazón de Nicole de tal manera que bajó los brazos y decidió acompañar a sus hermanas, dos meses después.


Murió rodeada de mucho amor, tanto en Francia con su familia que la llamaba todos los días, y en Argentina con su hija, nietas y amigos. Hoy, a un mes de su partida, guardamos muchos recuerdos inolvidables de ella. Nicole era una mujer bella, aventurera, moderna, curiosa, fiel, querida por gente de todas las edades, en todos los países y también era mi madre.


Te extraño, mamá.

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Cuando la vida nos da una cachetada los problemas cotidianos se hacen insignificantes. Vivimos cómo si no nos fuésemos a morir nunca pero al encontramos frente a la muerte lamentamos el tiempo perdido. El gran villano es el ego que nos desconecta del amor. Competimos en vez de compartir y buscamos ventajas en todo. Los egoístas son personas infelices. La vida es un alimento y sólo recibimos cuando damos. Los japoneses dicen que para llenar el vaso primero hay que vaciarlo. O sea que debemos desprendernos para recibir . Es una cuestión de física pura. La sabiduría está en la simplicidad pero muchas personas la confunden con simplismo. Picasso llegó a la genialidad cuando volvió a pintar cómo lo hacen los niños: “A los doce años sabía pintar cómo Rafael pero necesité toda una vida para aprender a pintar como un niño”


Mi madre se está yendo. Luchó durante un año contra un cáncer. Antes de que esa enfermedad maldita la atacase era una mujer llena de salud y vitalidad. Hizo quimioterapia durante seis meses y sufrió dignamente de los efectos feroces del tratamiento. Mientras tuvo esperanzas no se dejó desanimar. Se mostró radiante en la exposición de las alumnas de Olinda Arte. Subió las escaleras despacito y sin pausa hasta llegar a la puerta. Pero la vida le dio otra cachetada: el primero de enero murió su hermanita del alma, en Paris, de cáncer también, y eso le rompió el corazón. Bajó los brazos y dejó de comer. Ahora está internada en el hospital y los médicos dijeron que no hay más nada que hacer.


Esa es la razón por la que desaparecí del mundo virtual. Por suerte que estoy de vacaciones y puedo estar al lado de mi madre todo el tiempo. La quiero acompañar hasta la puerta de salida y ayudarla a dejar esta tierra rodeada de amor y con el menor sufrimiento posible. En momentos como estos debemos abandonar nuestro egoísmo y desprendernos. La voy a extrañar tanto a la vieja pero no puedo nadar contra la implacable ley de la vida. Creemos que podemos controlar la existencia pero eso también es una ilusión. Cuando la muerte nos muestra su cara nos recuerda lo pequeños y frágiles que somos. La humildad nos libera de muchos sufrimientos. La caída de los soberbios es violenta. Frente a la muerte sólo nos queda la aceptación. O aceptamos o nos jodemos. Lo que pasa que muchas veces se confunde aceptación con sumisión. Ahí es donde choco con la religión católica, cuando dice que el cielo es de los pobres. Con esa confusión los pueblos se sometieron pasivamente a la explotación de los más ricos. La aceptación no debe ser pasiva. Yo tuve que aceptar mi sordera para luchar por un implante. No hay que bajar los brazos nunca pero tampoco hay que ser necio. Necia sería al querer mantener viva a mi madre a toda costa. Necia y egoísta también.


Ayer vi un bebé recién nacido en el pasillo del hospital. Una enfermera lo llevaba en una cuna hacia el ascensor. Mientras unos llegan otros se van, pensé. La vida es un río que fluye constantemente entre el nacimiento y la muerte.


Me da mucha pena verla así. Siempre ha sido una mujer bella y coqueta. Seducía a todo ser vivo que se le cruzaba. Ahora es una vela que se apaga. Dicen que pasamos por cinco etapas antes de morir. La negación, bronca, negociación, depresión, aceptación. En estos días yo misma pasé por algunos de estos pasos. Primero fue la negación. Me parecía mentira, esto no estaba pasando de verdad. Después me vino una bronca bárbara. Cuando la miro veo angustia y miedo en sus ojos y me da bronca. Después pena y ahora sólo quiero darle amor. Quiero estar a su lado y devolverle todo lo que ella me dió: la vida.


El show debe continuar, la vida debe continuar y el blog también. Somos un grupo de sordos que buscamos ayuda y contención. Nos apoyamos y nos necesitamos porque debemos luchar mucho para que la sociedad nos acepte y respete. Las obras sociales hacen de todo para escapar de sus responsabilidades hacia con nosotros. Si estamos unidos los podemos vencer. Cómo dijo Martin Fierro:” Los hermanos sean unidos que esa es la ley primera, tengan unión verdadera, en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean, los devoran los de afuera”. Somos una familia inventada porque nuestros familiares, por más amor que nos tengan, muchas veces no pueden comprendernos. Al estar juntos no estamos solos. Algunos de nosotros tienen más fuerza que otros. Algunos tienen algún tipo de talento que otro no tiene y viceversa. Aprovechemos los talentos de nuestros hermanos y aceptemos lo que cada uno puede y lo que no puede también. La consigna es compartir y jamás competir.


Cuento con ustedes para que sigamos juntos venciendo al mundo hóstil que nos rodea. Intentemos dejar de lado las diferencias y por sobre todo superar los malos entendidos. Hemos conseguido unirnos y hacer de nosotros un grupo fuerte. Entre todos hemos conseguido tener VOZ. No la perdamos.

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