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Archive for the ‘mi padre’ Category


Mi padre era un hombre brillante, con un temperamento tormentoso, alimentado por el alcohol y la sordera. Era sordo y vivía como oyente. Usaba un audífono del oído “sano”, que le quedaba 20% de audición. No sabía leer los labios, no conocía la palabra “fonoaudióloga”, ni nada que se le parezca. En su profesión de abogado le salvaba el hecho que la mayoría de los juicios fuesen escritos. Nunca perdió uno. Lo recuerdo llegar a casa y exclamar: “¡Ganamos!”. En su vida social mi madre le hacía de intérprete muy a pesar suyo, porque así le permitía entrar en las discusiones y armar unos tremendos despelotes. Era el hombre menos “políticamente correcto” que conocí. Tenía una pasión desbordante. Victíma de sus antigüas conquistas, moría de celos por mí. Ningún amigo se me podía acercar. Todos ellos tenían malas intenciones según él, y si no las tenían eran boludos. De adolescente lo odiaba y le temía. Todas mis amigas salían a bailar menos yo. No me dejaba hacer nada.


A Fernando lo conocí a los 19 años. Fue un amor a primera vista. Nos encontrábamos a las escondidas. Él vivía en las afueras de la capital, con sus padres y cinco hermanos. En su casa siempre entraban y salían jóvenes. Su madre preparaba todos los sábados ñoquis para el almuerzo familiar con su marido, hijos y novios de hijos. Era el modelo de familia que siempre había soñado tener. Yo era hija única y mi padre no me dejaba invitar a nadie. Le mentía -por miedo – y pasaba los fines de semana en la casa de Fernando haciéndole creer que era una amiga.


En los tres años de noviazgo mi padre sólo lo vió a Fernando una vez. Nos sentamos los cuatro en la mesa a cenar. Yo estaba aterrada con que tuviera algún ataque de ira contra él pero sólo lo humilló con alguna que otra pregunta irónica. La relación con mi padre era cada vez más difícil. Me quedaba en la calle para no volver a casa. Me hacía escándalos por nada o no me hablaba. Sus celos llegaron a tal punto que un día decidí abandonar la facultad, buscar un trabajo fijo y alquilar un cuarto sola.


– “No dejes la facultad”, me dijo Fernando, “mi abuela nos presta un monoambiente que tiene vacío y yo te puedo ayudar con los estudios”


Entonces le dije a mi madre:


– “Me voy a vivir con Fernando”


Casi enloqueció, me dijo de todo, que mi padre no lo iba a aceptar, que la gente iba a hablar mal, que no le podía hacer eso a ella, que tanto le costó hacerse un lugar en la sociedad de Buenos Aires.


– “¿Y si me caso?”

– “Si es así, no hay problema”


Lo llamé a Fernando y le pregunté que opinaba.


– “Todo bien, nos casamos entonces”


¡Cómo lo envidiaba a Fernando! Para él la vida era tan simple y para mí todo eran conflictos.


Cuando mi padre supo que me iba a casar se puso manos a la obra. Su carrera estaba en pleno auge y quería un casamiento a la altura de las circunstancias. Fernando y yo no teníamos un peso. Él era empleado y yo estudiante de arquitectura en la UBA.


– “Papá, ¿por qué no me das la plata de la fiesta, que no nos interesa, para que con eso nos compremos un terreno en las afueras?”

– “Ni pensar, la fiesta es para mis relaciones públicas y vos vas a invitar a quién yo diga”


Yo quería una fiesta modesta e íntima y él quería una fiesta a todo trapo. Yo quería una simple ceremonia en una capilla de campo y él la quería en la iglesia más aristocrática de la ciudad, la del Pilar, en La Recoleta. Estaba desesperada, a decir verdad no me quería casar, sólo quería escapar de mi padre y parecía que cúanto más intentaba alejarme de él, más cerca lo tenía. Un día fui sola a ver la iglesia, que conocía muy bien. Estaba vacía. Es una iglesia barroca del siglo XVIII, con el altar cubierto en oro. Me veía entrar por la puerta principal y caminar hasta el altar, con todas las miradas fijas hacía mi. Se me helaba la sangre, no quería hacerlo, desde pequeña sabía que eso no era para mí. Por otro lado mi madre me decía que nos fuesemos a Montevideo a casarnos por civil porque no existía el divorcio en nuestro país. ¿Cómo decirle a Fernando algo así? ¿Cómo encarar una boda con la idea del divorcio? No, no podía, no podía.

Se me había ido la situación de las manos. Me miraba en el espejo, con el vestido puesto, mientras la costurera le hacía unos arreglos, y le decía.


– “Estoy muy nerviosa”

-“Es normal”

-“¡¿Pero es normal estar tan nerviosa?!”


A nadie le importaba, todos estaban muy ocupados con la boda. Lo miraba a Fernando, que lo aceptaba todo, y me preguntaba si era él el hombre con quién quería pasar el resto de mi vida. “¿Me caso sólo para escapar de mi padre?” “¿Cambio una prisión por otra?” Me asaltaron miles de dudas y perdí el rumbo.


– “No me siento segura”, le dije a Fernando al volver de una reunión familiar. Volvíamos a nuestra “casa” a pie, con las cacerolas que nos habían regalado en las manos.

– “Quedate tranquila, está todo bien”


Pero no lo estaba. Ya habían señado la iglesia, contratado el salón de fiesta, llevado las invitaciones a imprimir. Me despertaba en el medio de la noche sudada y angustiada. Mi boda se había transformado en una pesadilla. Le propuse a Fernando escapar.


– “Vayamos a vivir un tiempo a Bariloche, allá vamos a conseguir trabajo y estar cerca de la naturaleza cómo nos gusta a los dos”

– “Quedate tranquila, está todo bien”; volvió a repetir.


Finalmente me quebré. Un sábado me encontré con mi grupo de la facultad para hacer un trabajo juntos. Eran las diez de la mañana y la mamá nos ofreció una copa de licor a cada uno. Yo sólo llegué a olerlo y el mundo empezó a girar violentamente a mi alrededor. Cerré los ojos y era peor, mi cerebro parecía una calesita.Sin saber qué hacer me arrastré al baño por miedo a vomitar. El piso se movía bajo mis pies como si estuviese en un terremoto. Me sostenía contra la pared, que no cesaba de moverse tampoco. Estuve varias horas en ese estado y cuando pude volver a hablar les pedí a mis compañeros que llamasen un médico.


-“¿Qué le pasa?, tan jóven, ¿para estar en este estado?. Usted tiene un surménage“, dijo el médico.


Hoy en día me habría dicho ataque de pánico, stress burn-out. Me recetó unos remedios psiquiátricos poderosos. Los compré pero cuando leí el prospecto los tiré a la basura y decidí afrontar la situación.


-“No me puedo casar”, le dije a Fernando cuando abrió la puerta. Tiró el ramo de flores que tenía en la mano, al piso y se largó a llorar. Lloramos los dos durante varias horas. El dolor se apoderó de nuestras almas y cuerpos. Era muy intenso y no sabíamos qué hacer. Finalmente Fernando me invitó a cenar. “Vamos a despedirnos, me dijo, no lloremos más, por favor”. En esa cena perdimos nuestra inocencia. Se había roto nuestra relación el día que nuestras familias se conocieron.


Mi padre aceptó mi decisión sin chistar. Es más, me apoyó. Mi madre estaba furiosa. Se quejaba cuando la iglesia se negó a devolverle la seña o cuando la llamaban para felicitarla. No resistí la presión, abandoné la facultad y al cabo de nueve meses me fui de Buenos Aires y luego del país. Me puse una mochila en la espalda y huí. A partir de ese momento el destino de mi vida cambió para siempre.


Nunca me casé, ni por civil, ni por iglesia. Corté con las exigencias sociales y me dejé llevar por las exigencias de mi corazón.


¡Vive la liberté!

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FELIZ NAVIDAD

Ya llegó navidad y nos mandamos felicidades por todos lados, tanto en el mundo virtual como en el real. La ciudad está efervescente, la gente compra desesperadamente regalos y comidas para esta fiesta que nunca entendí. Cómo dicen los psicólogos, estamos condicionados a las vivencias de nuestra infancia. Las navidades que pasé de chica han sido más tristes que felices. Mi mamá tenía a toda su familia en Francia y lloraba desconsoladamente porque los extrañaba. No es para menos, mi abuela creaba unos pesebres preciosos y llenaba de buena onda su casa con un amor desbordante. Toda la familia se reunía junto a su mesa para comer platos deliciosos. Pasé algunas pocas navidades en su casa, todas ellas inolvidables. En Buenos Aires -donde vivía- era distinto. Papá Nöel transpiraba bajo sus ropas polares a treinta grados de calor. Los pinos estaban adornados con algodón para que parezca nieve. Mi padre odiaba navidad. Siempre llegaba a casa borracho ese día. Era una fiesta hipócrita para él. “Todos se abrazan hoy a la noche pero el resto del año se dan con dardos”. Estaba enojado con sus hermanas. Sus padres y sus hermanos varones ya habían muerto. Era el menor de nueve hijos. Yo no las conocía, ni a los miles de primos que tengo esparcidos por todo Buenos Aires. En Argentina no existía el divorcio y yo era el producto de un segundo matrimonio, con una francesa para completar. Pasabamos navidad solos. Mi madre lloraba y mi padre estaba borracho. Me acuerdo perfectamente cuando mi mamá me daba dos regalos, uno de ella y otro de él. Cuando le decía gracias a papá me respondía: “Si yo no te compré nada”



A los quince años conseguí que mis padres me acompañaran a la misa de gallo. Ya que la navidad era una fiesta de hipocresía y consumo busqué encontrarla en la espiritualidad. Me llevé una decepción. Fuimos a la iglesia del Pilar, porque quedaba a pocas cuadras de mi casa. Todos estaban vestidos con ropas lujosas. Parecía una fiesta de gala. Mientras tanto el cura nos hablaba de la pobreza y la humildad. La iglesia relucía en oro y riquezas y la gente brillaba, cómo si fuesen un árbol de navidad, con sus collares y sedas. Me sentía confundida con tanta contradicción. De repente entró un mendigo por la puerta principal y se dirigió hacia el altar como una novia que camina al encuentro de su futuro marido. Todos quedaron mudos en ese momento, el cura inclusive. Tenían miedo, el mendigo les mostraba una realidad que no querían ver, la realidad de la que nos hablaba el cura con su sermón, cómo si se tratase de un ideal que sólo existe en nuestra imaginación. Cuando el mendigo llegó al altar vi algo que produjo mi divorcio con la iglesia: Lo echaron. Me sentí tan ridícula con mi vestido largo. Jesus se había presentado frente a nosotros a través del sufrimiento de este hombre y lo expulsaron. Ya no tenía más nada que hacer en ese lugar.



Sólo volví a festejar la navidad cuando mi hija tuvo uso de razón, para que viva la misma ilusión que sus amiguitos pero siempre me faltaba plata para que la fiesta sea cómo “Dios manda”. Todo me costaba una fortuna, hasta el arbolito. Mi mamá fue la benévola papá nöel que yo no podía ser. Ella le compraba la carísima barbie que tanto deseaba mi hija. La única que disfrutaba de la fiesta era ella. Mi madre y yo la soportabamos como mejor podíamos. Estabamos las tres solas en Recife. Nos acompañaba los recuerdos de nuestros seres queridos que estaban lejos o muertos. Era una suerte estar en Recife, que apacigua todo sentimiento de nostalgia con su desbordante alegría frente a cualquier sufrimiento. En esa ciudad hay mucha pobreza pero la gente nunca deja de festejar lo que sea. El pueblo brasileño me enseñó muchas cosas. Siempre está “tudo bem”, siempre tienen un motivo para alegrarse. Gracias a ellos nuestras navidades llegaron a ser “felices”



Desde que estoy en Buenos Aires puedo comprar regalos y hacer “feliz” a mis seres amados. De todos modos no me gusta la navidad porque el consumo no me hace feliz.


Durante estos días he leído y recibido muchos deseos de felicidad en el facebook. No podemos ir contra la corriente, ¿no?… ¿O me habré puesto vieja? Es por eso que les deseo una FELIZ NAVIDAD y les agradezco por todo el cariño que me han dado durante este año…


Y todavía les debo la entrada de Color Esperanza, ya empecé a escribirla aunque no lo crean. ¡No desesperen! jajajajaja


Los quiero

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Mi padre me enseñó a vivir una vida normal a pesar de la sordera. Los dos teníamos la misma enfermedad y como yo, perdió el oído izquierdo en una operación mientras oía del derecho con la ayuda de un audífono (a decir verdad escuchaba un poco más que yo ya que sin el audífono, si le gritaban de cerca, algo oía). Nunca habló nada sobre el tema. Lo único que decía frecuentemente era un “soy sordo pero no soy boludo”. Había desarrollado una increíble capacidad de observación, sabía todo lo que había en una habitación con sólo haber estado allí diez minutos. También había desarrollado su intuición y podía ver lo que para nosotros era invisible. Eso lo ayudó mucho en su profesión de abogado ya que escuchaba lo que las palabras no decían, escuchaba las palpitaciones del corazón del que le mentía, el temblor del que le temía o el crujido de dientes del que le tenía bronca. Escuchaba al cuerpo, lo escuchaba todo y yo no me daba cuenta que mi papá era sordo. De chica le tenía miedo, de adolescente lo odiaba. Sólo de adulta empecé a admirarlo y de sorda lo comprendí. Lo que más admiré de mi padre es que nunca se quejó ni permitió que lo traten como un minusválido. Eso lo hacía agresivo por momentos, a pesar de su seductora simpatía. Asi, muchos lo llamaban Mr. Hyde and Dr. Jekyll

 

 

papá y Olivia

 

 

Hoy en dia, conociendo el silencio profundamente, no sé como pudo ser el abogado que fue ni como pudo tener una vida social activa sin oídos. El alcohol lo ayudó a tapar sus angustias y me jodió la vida a mí. Nunca lo ví borracho -no se tambaleaba, ni se le trababa la lengua- pero se le cambiaba el humor drásticamente. Él me amaba y yo lo odiaba. A decir verdad le tenía miedo: parecía un guerrero cuando proclamaba que la vida era una constante lucha. Me imagino la presión que debe de haber vivido al enfrentar juicios importantes valiendose de su observación y de su intuición a falta de oídos. No conocía la lectura labial, ni nada que se le parezca, pero no se le perdía nada. Lo recuerdo en algún encuentro social, con un vaso de whisky en la mano y el audifono desconectado en el bolsillo de su saco mirando a su interlocutor como si le escuchase atentamente, cuando a decir verdad no oía nada. Al salir le preguntaba porqué se había quitado el aparato. Me respondía: “Con la mierda que hay que oir es mejor ser sordo”. Qué cínico que era el viejo. Más tarde nos relataba lo que había percibido de la reunión y nos contaba como Fulanita, que estaba sentada en la barra, era amante de Menganito, que vimos hablando con sus amigos en el otro lado del salón. Mi mamá exclamaba escandalizada que ella conocía a Fulanita muy bien y que él estaba loco. A los seis meses mi madre se enteraba que Fulanita era amante de Menganito mientras él proclamaba: “el viejo sabe más por viejo que por zorro”. No se equivocaba nunca, ni a la hora de morir cuando nos dijo que el médico especialista en enfermos terminales que mi madre le había contratado no era médico, sólo un chanta ladrón. Al mes, cuando murió, llamamos al tal médico para que firmase el atestado de óbito y nos confesó que no tenía el título. Nos sorprendió hasta el final.

Anoche mi madre me dijo: “sos igual que tu padre” en tono de desaprobación. Estabamos discutiendo sobre religión entre tres en una mesa y yo pensaba diferente. En esos tipos de discusiones (como en otras) los normoyentes hablan rápido, no me miran, ni gesticulan regalándome al final una traducción en forma de resúmen que me deja fuera del tarro. Es ahí que siento la sangre hervir y me meto, porque tengo cosas que decir, como un elefante entrando en un bazar. Hablo sin hacer el esfuerzo de entender lo que me responden. No encuentro otra manera de decir lo que pienso ya que no se puede discutir repitiendo quinientas veces lo mismo en medio de un momento de pasión. Es por eso que entiendo el hecho de que los normoyenes hablen rápido y no gesticulen a pesar de que ellos no entiendan mi modo de expresarme. Eso les hace pensar que no los escucho cuando a decir verdad los que no me están escuchando son ellos y me causa una grande frustración. En esos momentos lo entiendo tanto a mi padre. Él era un hombre inteligente y muy culto, lleno de ideas y de pasiones, pero no oía. Se las tenía que arreglar sólo y se metía agresivamente en el medio de una discusión de historia o de política (sus dos pasiones), lo que fascinaba a algunos y escandalizaba a otros por causa de su desbordante personalidad . Es difícil discutir con un sordo me imagino, pero tambien es difícil ver como todos hablan acaloradamente sin poder participar.

Es cierto, me parezco bastante a mi padre. Los dos eramos sordos pero tambien lo era mi abuelo materno ( vaya suerte la mía) que enfrentaba esta limitación con otra actitud. Mi abuelo se encerró en su cuarto, escondido entre libros y se aisló del mundo.Mi viejo luchó como un guerrero para tener una vida normal. Yo hice lo mismo que él.

Me hubiera gustado tener su inteligencia y su valor pero sólo tengo su pasión… y su rebeldía. Con los años desarrollé mi observación y mi intuición también. Ya consigo ver lo que los otros no ven. Descubrí un nuevo lenguaje a través del silencio que se fue puliendo con los años y las experiencias vividas. Ya puedo decir que el viejo zorro sabe más por viejo que por zorro. Puedo ver lo sólo que él estaba frente al silencio y admiro como nunca se dejó vencer por este último. Me reconcilié con mi padre varios años antes de su muerte por suerte. Estoy en paz con él porque a pesar de todas sus dificultades hizo lo que pudo y lo hizo con las mejores intenciones, como lo estoy haciendo ahora yo .

De niña le tenía miedo, de adolescente lo odiaba, de adulta empecé a admirarlo, de sorda lo entendí pero siempre lo amé y yo no lo sabía.

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