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Tres años sin fumar

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Dejar de fumar no fue una tarea fácil para mi. Estuve 14 años para lograrlo. Durante ese tiempo pasé por muchas etapas. Primero fue la desesperación. No sabía vivir sin un cigarrillo en la mano. Me acompañaba en las reuniones sociales. Me permitía lidiar con situaciones difíciles, con la soledad, los estudios, las conquistas, el trabajo y con la otoesclerosis que avanzaba sin prisa y sin pausa hacia el silencio total.


La primera vez que dejé de fumar me quería morir. La necesidad de prender un cigarrillo se transformó en una obsesión. Era el único pensamiento que tenía, todo el resto en mi vida era secundario. Estuve siete meses sin fumar, cuesta arriba, llorando y puteando en casa, en la calle, en la playa, en el auto, en cualquier lugar. Finalmente me quebré y volví a prender un cigarrillo. Fue mi primera experiencia sin tabaco que terminó en fracaso pero me dejó una enseñanza: supe que podía vivir sin fumar.


Luego de la recaída estuve durante dos años diciéndome, la semana que viene lo dejo de nuevo. Pero no lo dejé, al contrario, fumé el doble, el triple, en una eterna despedida. Mis pulmones sufrían en silencio por la falta de oxígeno. A la mañana despertaba con el pecho en fuego, me costaba respirar.


La palabra epoc la conocí de causalidad con los adventistas. No le di importancia, no tenía cáncer y eso era lo que importaba. Cuando supe que epoc era una enfermedad mortal me asusté pero mi adicción fue más fuerte. Me mentí, oculté la realidad, minimicé la gravedad pero me dolía el pecho, tenía un agujero en el estómago y no podía respirar. Busqué ayuda en la internet.


El quitómetro fue el primer sitio de autoayuda que conocí. Allí aprendí que era adicta y que pedir ayuda era un paso esencial para la recuperación. Leí los testimonios de otros fumadores y así supe que lo que me pasaba a mi le pasaba a ellos también. Con mayor o menor intensidad todos sufríamos lo mismo por causa del tabaco, pobres discapacitados emocionales, escondidos detrás de una cortina de humo.


El quitómetro cerró sus puertas, otros grupos se formaron. Busqué ayuda en Chau pucho, siempre sin éxito. Mis colegas dejaron de creer en mi pero yo seguí intentándolo. Mi vida dependía de eso. El epoc era mi condena, una muerte lenta y dolorosa.


Apagué el último cigarrillo el 15 de octubre del 2012 a las seis de la tarde, sin bombos ni platillos. Le habían diagnosticado cáncer a un ser querido. El tabaco era responsable por su enfermedad y mismo así fumó a la salida del hospital. Esa imagen patética actuó como un disparador, la gota de agua, el hartazgo. Aplasté el cigarrillo en el cenicero y partí a Chau pucho desesperada pero segura de que esa tortura no podía continuar. Cuando llegué al edificio la puerta estaba cerrada, habían cambiado los horarios. No había vuelta, con ayuda o sin ayuda debía continuar. Fui a la casa de una amiga que vivía a pocas cuadras de Chau pucho y por suerte me abrió la puerta, se solidarizó conmigo y nos fuimos las dos a comer rico, a charlar, a llorar, a celebrar la vida.


Dejé de fumar sin remedios ni grupos. No sufrí, no lloré, no me puse nerviosa. No sentí síndrome de abstinencia. Nada. Fue fácil, fue increíblemente fácil, como si de un milagro se tratase. Había encontrado finalmente la convicción y con ella había encontrado la salida. Había perdido el miedo.


Es por eso que vuelvo a escribir en el blog, porque no puedo dejar pasar este día, el día que recuperé mi libertad, el dia que me hice adulta, el día que vencí a mi peor enemigo, hace exactamente tres años atrás.


A todos los que fuman les mando este mensaje: Si yo dejé de fumar, todos lo pueden dejar sin excepción, y mejor todavía, hay vida después del tabaco, hay libertad, hay salud.


HOY NO FUMO

Y mañana tampoco

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Salvador (La verdulería)

Esta es la verdulería que está a la vuelta de mi casa. Resiste a la especulación inmobiliaria del barrio (su terreno vale una fortuna) Te dan frutas y verduras de “yapa” (o sea, alguna de regalo) y cuando vas a pagar también te cobran un poco menos. Hay dos perros, el que está recostado bajo la pierna del verdulero Salvador, es celoso y no deja que se le acerquen. El que está en primer plano es más cachorro y juguetón. Siempre anda con un limón de pelota. Te la pone a los pies y te pide que se lo lances. Es pura vida, pura alegría, una explosión de colores en el medio del cemento.

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El bigote

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Olivia Castro Cranwell

Lo deben hacer a propósito, para que una pierda el control y así dominar la situación – se dijo. Estaba nerviosa, hacía media hora que esperaba en un despacho para ser entrevistada. Quería el trabajo a toda costa. No fue porque le gustase ser recepcionista, pero sí por su necesidad de ganar plata, para que su madre dejase de tratarla como una incapaz. Ella podía trabajar a pesar de su limitación y así quiso demostrárselo. Ya sé que recepcionista no es lo mejor para mi, pero bueno, es lo que ofrecen- pensó.


Se arregló la pollera en forma de tubo mil veces. Dejó entrever parte de sus piernas para atraer la mirada, pero no demasiado para no parecer puta. Se arregló el pelo, no soportaba que el rulo de su flequillo tomase la curva al revés. Se lo había alisado para la ocasión, pero el rulo volvió a surgir, triunfante, con las tres gotas de transpiración que cayeron por su frente. Además, temió que la transpiración hiciese una pasta con el maquillaje que expandió por su rostro para parecer bronceada y esconder su blancura de verano haciendo la plancha en su bañadera llena de agua fría. Uno es pobre pero tiene dignidad – se dijo, orgullosa.


Escuchó su corazón latir como un despertador a cuerda cuando se abrió la puerta. En la sala entró un hombre de estatura mediana, ojos azules, canoso, delgado, un hombre bastante atractivo si no fuese por un enorme bigote que le tapaba el labio superior ¿Cómo es posible que tenga tanta mala suerte?- pensó decepcionada. El hombre se dirigió hacia ella, le apretó la mano con fuerza y dijo


– Buenos días, mi nombre es Norberto -. Se sentó del otro lado del escritorio, frente a ella- ¿Y usted cómo se llama?- le preguntó.

– Camila, señor.

– Me puede llamar Norberto.

– Gracias… señor.


Norberto le pidió el currículum con una sonrisa amigable. Ni la sonrisa me ayuda –suspiró Camila. Le miró la boca con insistencia, esperando comprender.


– El currículum, por favor- insistió mientras extendía la mano hacia ella.

– ¡Ah, claro!, ¡el currículum!


Cuando abrió el bolso para buscar la carpeta se le cayó el lápiz labial al piso. Se agachó para recogerlo y el bolso se le dio vuelta dejando caer todo lo que llevaba dentro. Nuevas gotas de sudor destiñeron el rimel que chorreó por sus ojos. Se los quiso frotar pero supo que sería peor. Su corazón parecía una locomotora. No consiguió disimular tanta torpeza. Se arrodilló para recogerlo todo y su pollera se levantó dejando entrever sus muslos. Tiene buenas piernas- pensó Norberto, divertido con la situación. Contuvo la risa y recogió una moneda que aterrizó al lado de su zapato. Se la entregó con un gesto compasivo.


– Disculpe, gracias, disculpe– repitió Camila, con la mirada baja.


Finalmente juntó todo, sacó el papel de la carpeta, cerró la bolsa, se volvió a sentar y acomodó el mechón rebelde, furiosa. Le entregó el currículum con una mueca en forma de sonrisa. Con un guiño, Norberto tomó el papel, le agradeció y preguntó cuántos idiomas sabía hablar. Camila, mientras tanto, le estudiaba el bigote como hipnotizada. Parecía una obsesión. Norberto se sintió incómodo pero también halagado con la actitud de esa chica torpe y hermosa; hay que reconocerlo– pensó. La miró, inclinó su cabeza como lo haría un cachorro al escuchar un silbido y con una sonrisa esperó su respuesta. En vez de eso Camila le pidió si podía repetirle la pregunta mirándolo fijamente a los ojos y luego al bigote, como si estudiase un mapa indescifrable que le revelaría dónde se encontraba el tesoro.


– Es un poco tonta esta chica, aunque bella; hay que reconocerlo ¡Y cómo me mira! ¿Tendré monos en la cara?, digo. Me parece que lo que ella quiere es algo más que un trabajo- sostuvo. la miró con curiosidad , tosió y le repitió pausadamente.

– Idiomas, ¿Cuántos idiomas habla?

Camila, sin perder de vista el bigote de su interlocutor, respondió

– Dos, señor: español y portugués.

– Llámeme Norberto- insistió y continuó -. Qué pena que no hable en inglés, es un idioma imprescindible en el ámbito hotelero -. Cómo me mira esta mina- no pudo dejar de pensar.

Camila leyó los pensamientos de Norberto e intuyó sus palabras perversas sin despegar su atención del bigote y los labios que se escondían detrás de él, bailando con los sonidos graves que Norberto emitía por su boca.


– Una pena – volvió a repetir.

– Una pena ¿qué?- le preguntó ella.

– Una pena que -… ¿Será o se hace? No me escucha pero tampoco deja de besarme la boca con los ojos, eso sí.


Se miraron por un rato que les pareció una eternidad.


– Que no hable inglés, ¡es una pena!


Camila se sobresaltó con el grito de Norberto.


– Algo de inglés hablo, me las arreglo, pero no lo domino como el español y el portugués. Me presenté a la entrevista porque hoy en día hay muchos turistas brasileños en la ciudad, ¿no es así?-. No es tan tonta, me respondió con determinación. No entiendo. Si no es tonta, ¿qué es? ¿loca? Sí, es loca, pero linda, hay que reconocerlo. Continuó con la entrevista:


-Es cierto, tenemos muchos brasileños últimamente pero necesitamos personal que domine el inglés porque es un idioma universal. Tampoco hay que olvidar que tenemos turistas de todas partes de Europa y casi todos ellos hablan en inglés. Y los americanos, obviamente, que no son tantos, pero siempre los hay-…Camila se enroscó con los movimientos misteriosos del bigote de su interlocutor, tan grueso, tan largo, un estorbo a su parecer. Perdió la noción del tiempo y del espacio-.Pensamos ampliar nuestro mercado en Oriente. Cada día llegan más chinos a nuestra ciudad, que se comunican con nosotros en inglés, obviamente -… La entrevista se estancó en un lejano plano, inaccesible a ella. Necesitaba atravesar esos bigotes y llegar a los labios de su entrevistador para que le otorgasen esa tranquilidad que solo ellos le podrían dar en un momento tan íntimo y aterrador como ese.


– No sé señor, no sé si esto vale la pena- balbució sin desviar su vista de la boca de Norberto.


Él no quiso dejarla ir. Esa chica era algo tonta, muy loca, pero preciosa y estaba muerta por él. Nunca una mujer llegó a desearlo de ese modo en una estúpida entrevista. Sus bocas se encontraron a pocos centímetros de distancia la una de la otra. Ella se le había acercado poco a poco con cada palabra que él le había pronunciado. Norberto se enamoró de esos ojos color miel que lo miraban con desesperación implorando por su amor. Cerró los ojos y la rozó con los labios. Camila despertó de su confusión con la lengua de su entrevistador dentro de su boca y se echó para atrás violentamente. Se incorporó en el asiento y lo miró con exagerado asombro. No pudo contener las lágrimas de la indignación y preguntó


-¿Qué hace, se volvió loco?

– ¿Vos creés que me podés engañar, pendeja? ¡No dejaste de desearme en toda la entrevista!

– Señor…

– No me digas señor, ¡decime Norberto!- le gritó furioso.

– ¡Señor Norberto!- exclamó triunfante-. Norberto es su nombre, claro, ya me lo había dicho antes, claro-. Señor, Norberto, ¿de donde sacó esa descabellada idea?

-¿De donde? De tu mirada, nadie te mira así porqué si. Moriste por mí, no sé porqué pero eso fue lo que sucedió y ahora te venís con una de santita.


Camila se arregló el flequillo, se levantó, bajó su pollera tubo hasta las rodillas, acomodó su bolso en el hombro, se dirigió hasta la puerta y le dijo


– No, señor Norberto, y no me tutee, por favor. Lo único que le miré es su horrible bigote, por no poder mirarle la boca, más precisamente el movimiento de sus labios, porque yo escucho y miro con los ojos, cosa que usted no pudo darse cuenta, ¡idiota!-. Salió dando un portazo.


Del otro lado de la puerta Norberto se dijo, ¡Menos mal! Me saqué una loca de encima; hermosa, hay que reconocerlo.

Para vencerle a la vejez, que avanza despiadadamente, hay que seguir activo, aprender, sorprenderse. Por eso me animé y el año pasado empecé a estudiar en un taller literario. Además tengo proyectos, otro remedio contra el peso de los años. Quiero escribir un libro, dos, tres, total, soñar es gratis. Este año, me anoté de nuevo. Me enganché en el taller de Verónica Sukaczer, escritora y editora. Además es hipoacúsica y entiende mi situación. El ambiente es ameno, somos pocos alumnos y eso me permite estar integrada, por la audición, claro. Y los compañeros que conocí son todos geniales. Los miércoles a la mañana se volvieron sagrados, un momento para mi y sólo para mi. El taller es para cuentos. Eso lo hace muy dinámico, todas las semanas debemos hacer uno nuevo.Verónica se mueve con “disparadores”. No sé si será siempre así, porque este es el primer taller que conozco. Los “disparadores” son un objeto, foto, frase, título, cuento de un autor conocido y genial. A partir de ahí tenemos que inventar una historia, que no debe ser necesariamente textual al disparador. Uno se puede ir para otro lado, para cualquier lado, la cuestión que el cuento debe ser bien escrito, tener una trama, un principio y un final. Este año ya van dos los cuentitos. El de ayer, Verónica me dijo que estaba listo para subirlo al blog. Eso me llena de felicidad. El “disparador” ha sido el título de un cuento de Cortázar: “La puerta condenada”. Esto salió:


puerta


La puerta condenada


No había ventana, ni cama, ni silla, ni mesa, muchos menos libros o cuadros. No sabía si era de día o de noche. Tampoco sabía cuanto tiempo hacía que estaba ahí. Victoria no podía desprender la mirada de la puerta. Era la única protagonista del cuarto; su salvación y su condena. Estaba en un sótano. No oía ruidos de la calle, sólo escuchaba pasos, voces, gritos, lloros, lamentos y portazos, no muy lejos de su puerta, que se mantenía cerrada. Del otro lado había un pasillo y al final de este una escalera, por donde bajó, escoltada por dos soldados. En el piso de encima se encontraba un amplio salón, con dos altas ventanas y una puerta de dos hojas abierta día y noche, en un gesto hipócrita de bienvenida. Del lado de fuera, unos escalones desembocaban en un ancho camino de cemento que conducía al portón de salida, vigilado. A los dos lados del camino plantas, flores y árboles disimulaban la muerte que reinaba dentro. Desde la reja se podía ver la inocente avenida. Por ahí paraba el 29, que la llevaba hasta su casa, tan cerca, tan lejos.


La soledad le debilitaba el corazón. Lo podía escuchar gemir, marchito por el miedo. El silencio se quebraba con los pasos secos de los milicos al bajar las escaleras, empujando un compañero. Una vez reconoció la voz de Mauro. Le quiso gritar que estaba ahí pero el miedo se lo impidió ¿Se habría dado cuenta que fue secuestrada, aquella tarde que lo dejó plantado? Actuaban juntos en la villa, sólo eran dos actores con los mismos ideales. Se sobresaltó con un portazo, habían entrado en la sala de tortura. Mauro gritaba de dolor, los milicos gritaban con furia y le golpeaban violentamente. Victoria apoyó su cabeza sobre las rodillas y la escondió entre sus brazos para no oír esa sinfonía macabra. Fue imposible. Lloró cuando Mauro se puso a cantar nombres y más nombres mientras clamaba por piedad. Sintió un cuchillazo atravesarle el corazón cuando pronunció el suyo. La poseyó el pánico cuando callaron. Mauro estaba muerto.


Miró la puerta y pensó en escapar ¿Cómo? ¿Cómo voy a atravesar esta condenada puerta? – pensó, desesperada. Sabía que no iba a salir viva de ahí. Quería ver a su madre, abrazarla, pedirle perdón. Quería decirle a Raúl que estaba embarazada, que lo amaba, que huyese, que no había salvación. Quería sentir el calor del sol en su cara, la brisa acariciar sus mechones. Quería vivir en un mundo más justo. Quería salir de ahí.


Escuchó otro portazo, escuchó voces. Vio la sombra de las botas por debajo de su puerta y supo que venían por ella. No lo pudo resistir, sintió un dolor intenso en el pecho, el sudor le empapó el rostro. Quedó ciega, perdió la respiración. Cuando cayó al piso se abrió la puerta y un resplandor invadió el cuarto. No eran los milicos, era Mauro quién entró. Con una sonrisa en los labios, le ofreció la mano y le dijo:


– Se terminó, vámonos de acá

taller de Veronica

taller de Veronica

Mi sordera

mi sordera


La sordera es una discapacidad invisible, tan invisible que solo se dieron cuenta que no escuchaba del oído izquierdo a mis 14 años cuando en realidad ya no escuchaba más desde los seis.


-¡ Prestá atención! – gritaba mi madre -. A ver, repetí, ¿Qué te dije?



Mi palabra preferida era ¿Qué? Mi comodín.


En el colegio era tímida y me sentaba en el último asiento, en la esquina opuesta a la que estaban los profesores, para que no me llamasen al pizarrón. En clase me la pasaba dibujando, los profesores se enojaban porque no les prestaba atención. Me arrancaban la hoja y me obligaban a mirarlos. Yo me perdía entre los movimientos de sus misteriosos labios porque que no los sabía leer, ni sabía que era hipoacúsica, solo sabía que era una chica distraída que vivía en otro mundo y le importaba un bledo lo que pasaba a su alrededor.


– ¡Lo hiciste a propósito! – reclamaba Inés luego de una prueba, porque no le había soplado las preguntas.

– No te escuché, le respondía, pero ella no me creía y se enojaba conmigo.

Yo pensaba que no le había escuchado porque había hablado en voz baja.



Era ignorante, me parecía normal no oír el insoportable tic, tac del despertador al girar la cabeza en la cama. Se lo atribuía a la posición. Lo mismo me pasaba en el cine cuando me hablaba una amiga del oído sordo. Me daba vuelta y la escuchaba. Se lo atribuía a la acústica.


En el recreo siempre leía un libro. Mi mente viajaba con las palabras, frases, párrafos y capítulos, a lugares remotos y hermosos, a veces tenebrosos y otros dolorosos. En esos lugares donde nadie me criticaba por no prestar atención, ser egoísta, vivir en la luna; por ser una adolescente que solo sabe mirar su propio ombligo y nada más.


Y luego vino la juventud. Me sentía insegura porque no aceptaba mi discapacidad, que descubrí a los 14 años gracias a la lucidez de la profesora de ciencias. La otoesclerosis avanzaba y cada día escuchaba peor. No me gustaba ir a las fiestas porque la música me aturdía y la oscuridad me alejaba de las personas. Me sentía invisible y extranjera. Sólo Sartre y Camus entendían la soledad y el absurdo de la existencia. Esos comportamientos pasaron inadvertidos por mis padres, porque era adolescente y todos los adolescentes son unos inadaptados.


La gente nunca me registró como una persona sorda (la palabra hipoacúsica la conocí mucho después) . Me veían rara, antipática, extravagante, tímida, soberbia – de todo – menos sorda.


Un poco por la dictadura y otro poco por la difícil relación que tenía con mi padre, a los 22 años me fui de Argentina, con una mochila en la espalda. Pasaron muchos años para darme cuenta que también quería escapar de la sordera y pasaron otros tantos años más para aceptar esa realidad.


Blanqueé la situación. Compré un audífono. Empecé a presentarme con un: Hola, hablame despacio porque soy sorda. Me adapté.


Tuve una vida normal a pesar de las dificultades que se me presentaban diariamente por el hecho de no escuchar. Se aprovechaban de mi discapacidad en el trabajo y en las relaciones. Hasta mi hija se aprovechaba para hacer pavadas sin que la molestase. Mis parejas igual.


Tuve mucha dificultad en crear una pareja. Al principio todo era maravilloso, nos comunicábamos bien porque en esos momentos de magia no necesitábamos hablar. Cuando el idilio terminaba, los problemas de comunicación empezaban y la sordera era un factor esencial para que eso sucediese.


Siempre viví siempre entre oyentes (no conocía sordos). Fui feliz y todavía lo soy. Tengo proyectos, amigos, familia, hijos, nietas y la pintura. Además tengo un implante coclear que me permite escuchar un universo de sonidos, que sin él, dejan de existir. No me puedo quejar, pero a veces, cuando tengo problemas de comunicación, que me causan gran frustración, me pregunto: ¿Por qué no? ¿Por qué no me puedo quejar cuando me dejan sola por la falta de audición?


Tengo que hacer un esfuerzo para estar comunicada y las personas que conviven conmigo también lo tienen que hacer. A decir verdad tengo que hacer un esfuerzo para estar comunicada con cualquiera, pero cuando el vínculo es más estrecho, el esfuerzo es mayor porque también lo es el amor.


¿Cómo puedo explicar lo que oigo y escucho? ¿la diferencia de los dos? ¿la confusión entre los dos? ¿la distorsión? ¿la interpretación? No lo sé, lo intenté por todos los medios, no se puede, no se explica, se siente, y nada más. Lo mismo le pasa a un oyente cuando quiere explicar la música a quién no la conoce. No puede.


Mi hija es la que mejor me entiende, porque es la persona que mejor me conoce. Tuvo que sobrevivir con una mamá hipoacúsica, ser sus oídos también.


– No me estás escuchando, mamá – me dice cuando me distraigo. Los gestos de mi cara cambian, es algo sutil, que pocos pueden leer. Es la cara hago que te entiendo.


Dejo de escuchar por muchos motivos, y uno de ellos es el cansancio. En esos momentos vienen los problemas del tipo:


– No te interesa mi vida, no me prestás atención.

– Me interesa, pero no te escuché.

– Me estabas mirando cuando te hablé.

– Pero no escuché, soy sorda.

– Pero no parecés sorda, yo me olvido que lo sos.


Ya no sé si tomarme eso como un cumplido o como un problema. La gente no me comprende porque no me acepta como sorda. Y lo soy, escucho con un solo oído y con un aparato electrónico.


Parezco oyente por tres motivos. El primero porque la sordera es invisible, el segundo porque hablo como una oyente.


– Es un milagro, me dijo un médico

– Es un caso excepcional, me dijo el otro.


Por último tengo un cerebro de oyente. Me crié entre ellos, fui a un colegio común, sin fonoaudiólogas, ni lectura labial.



A decir verdad me crié con un hipoacúsico también – mi padre – pero se comportaba como un oyente insoportable, que tomaba alcohol y gritaba como un energúmeno. Sobrevivía con un audífono en un mundo hostil, sin fonoaudiólogas, ni lectura labial. Era el guerrero incomprendido, fuerte por fuera y frágil por dentro. Abandonado a su silencio.


A pesar de todo eso él me enseñó a enfrentar mi discapacidad con dignidad, a vivir con actitud.


Por eso vuelvo a repetir:

Soy sorda pero nadie me escucha

Desde que me implanté no tengo que hacer tanto esfuerzo para escuchar. Me siento más relajada. Me siento feliz. Lo que para un oyente es natural, no lo es para un sordo, que debe hacer cirugías, colocar aparatos, reeducación, calibraciones, etc, para salir del silencio. Porque hay silencios y silencios. El silencio en la montaña, por ejemplo, es tan puro que se transforma en un sonido, pero el silencio por la falta de audición, no es un silencio de paz, es un silencio áspero, agresivo y cortante. Es el silencio que aísla, entristece y enloquece. Es el silencio de la soledad.



De todos modos oigo y escucho con un solo oído y eso causa innumerables limitaciones. Pero salí del silencio (mientras funcione bien el aparato y no me falten baterías o pilas), y me siento feliz por ello. El médico no está satisfecho y quiere que haga un implante en el otro oído. “Es como que te coloquen una sola pierna, cuando te faltan las dos”


Le pedí tiempo para meditarlo, él me respondió que no lo tenía porque mi enfermedad es progresiva y puede dañar la cóclea e impedir la realización de un implante exitoso. No pude seguir adelante con el tema, me costó mucho decidirme por la operación. Tuve miedo, la pasé muy mal.


Paulita me sacó del letargo. Hace cinco meses que se implantó del otro oído. Acompañé por whatssap su recuperación, que no fue fácil. Hoy en día está feliz con los dos implantes, y no podría más vivir con uno solo, como tengo yo y casi todos los compañeros que conozco. Y no es la única. Las pocas personas bi implantadas que conozco dicen lo mismo. Paulita lo explica mejor. Aquí transcribo sus propias palabras:


Bi implante de Paulita


Ayer se cumplieron cinco meses desde mi cirugía del segundo implante coclear.

Olivia, me ha preguntado el porqué no comentaba más sobre ello.


Sinceramente, estoy con muchas tareas diarias, que junto con mi trabajo, finalizo el día, totalmente agotada. Hay días que debo hacer doble esfuerzo para poder hacer actividad física, que realmente me hace muy bien a pesar del cansancio laboral y cotidiano…

Solo se me ocurre contar que todavía estoy sorprendida el que una pequeña tecnología de alto valor, haya logrado suplir mi deficiencia auditiva, causando grandes cambios en mi vida.
Mi primer implante, dio un giro de 180 grados… Pero mi segundo implante, un giro de 360 grados! Es sorprendente!
Es todo lo contrario el escuchar con uno que con dos implantes cocleares!
Para los que no saben de cuáles soy usuaria: Freedom y Nucleus.
Debo esperar unos meses para cambiar el modelo viejo por el nuevo.


Ya casi no hago esfuerzo para escuchar y/o entender, es decir, estoy mas relajada para oír…
Dichas situaciones, ha causado en mí, una revolución de sensaciones, buenas y malas… pero saben que? Pasar por estos cambios externos y internos, me ha ayudado a descubrir que soy más fuerte, más corajuda y con más fuerzas de voluntad… Que francamente, no sé de dónde saco las increíbles fuerzas de seguir adelante, con el gran cansancio que siento en el alma…


En muchas ocasiones me he dicho …” Joder, debería parar un poco, y estar tirada en la cama, o en el césped mirando el cielo, o sentada sin hacer nada, para descansar internamente; pero no, sigo caminando a pesar del gran peso que siento en el alma”…

Me gusta mucho escuchar y oír con los implantes. Ya no puedo quedarme con uno solo… Se siente fuerte la necesidad de tenerlos a ambos…


Puedo escuchar cuando me hablan de espaldas, casi puedo acertar casi todas las palabras; asi como cuando voy conduciendo… Si algo no entendí, pido que lo repita una vez más, y ya esta.
La música la oigo, la siento… Algunas canciones y músicas, las disfruto pero no siempre… Aunque en estos momentos, no me interesa tanto aprenderla… Quizás porque me gusta mucho estar así como estoy, en paz conmigo misma, oyendo el silencio cuando estoy sola, o acompañada en silencio, asi como los ruidos cotidianos, a los cuales ya me acostumbré… De lo único que me quejo son de las voces chillonas, gritonas, y fuertes… Por ahora, es lo que me he es molesto oír…


Antes, me disgustaba estar en el mundo del silencio, pero… Ahora, Disfruto mucho más del silencio… Como cambia todo!…
Asi como por ejemplo, antes me daba mucha vergüenza andar con los dos audífonos, y más todavía cuando me preguntaban el porqué… Ahora, sin tener vergüenza, tengo el cabello atado, y los implantes son mas visibles… Todavía hay personas que me miran sorprendidos qué es lo que tengo, y no me importa nada… Al que no le guste, que no me mire! Ja! Cuando paso por una situación que me afecta de alguna manera, simplemente quedo en silencio… Decía Buda: …”… la mejor respuesta es el silencio, y es el inicio de la sabiduría…”… Será que estoy más sabia? Jajajaja
La vida es corta, nunca se sabe que pasará mañana… por eso intento estar bien, y sonreír, a pesar de todo… Decía Chaplin: …”… Un día sin haber sonreído, es un día perdido…”…


En fin, lo que mencioné anteriormente, con los dos implantes cocleares Freedom y Nucleus, estoy pasando por una revolución de sentimientos, cambios… Que me hacen “hipersensible”… Y realmente me está gustando pasar por esas experiencias, ya sean buenas o malas, porque de alguna manera, siento que casi tengo las herramientas para afrontarlos y saber qué debo aprender de ello… Lo que me ayuda a seguir conociéndome más de mí misma… Así, cada día descubro que soy más fuerte que ayer…


Asi como también, se va descubriendo quién es uno mismo, tal como las personas que rodean mi mundo… Se va sabiendo quién es quién, aunque hayan decepciones, es decir, descubrir que hay más personas interesadas que interesantes…
Siempre agradeceré a mi familia por haberme “hinchado” tanto por mejorar cada dia mejor, siendo niña… Hoy me doy cuenta de que realmente valió la pena… Muchas veces me hubiese gustado que mi Padre, viese en lo que soy hoy en dia… Porque siempre recuerdo los viajes junto mi Madre, a Buenos Aires, en busca de alguna solución y mejores especialistas del país. Y hoy en dia, mi madre junto a mis hermanos, me han brindado todo un amor incondicional, y apoyo total.


También agradeceré siempre a toda persona que ha estado conmigo en línea, a distancia, cerca mío y personalmente… Gracias por todo su cariño, apoyo, acompañamiento y amistad!


Y si, creo que estoy mas directa que antes…

Si, me siento mas fuerte y corajuda con mas fuerzas de voluntad…

Si, me siento cada dia un poco mas feliz y mas en paz conmigo misma…


Y No, no me arrepiento de nada de nada de nada, de ninguna decisión, ni tampoco de mis actitudes en ciertas situaciones, que creo que últimamente, los afronto mejor…
Antes de finalizar con esto, debo decir que el tener los dos implantes cocleares, me ha abierto la mente más que nunca. Creo que depende de cada uno, el querer dejar sorprenderse por los cambios; aprender y descubrir lo nuevo y lo bello, que la vida misma tiene…


Por eso, Seguiré disfrutando aprendiendo a ver la belleza en pequeñas cosas! Todavía me queda todo un camino que recorrer!

Gracias a la vida por estas oportunidades únicas y por todas las personas maravillosas que están en mi vida, asi como las que se fueron, de los cuales siempre aprendi algo nuevo!


He dicho, a seguir viviendo la vida bella!



Pd: Adjunto mi foto de mis implantes cocleares, los cuales le han dado a mi vida, otros colores con sus otros matices, que desconocía.


Paula Cano


05/02/2015 20:38

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Escribí durante seis años ininterrumpidos en el blog. Todos los meses subí una entrada, religiosamente. Al principio escribí varias entradas en un mismo mes, llenas de esperanza y alegría. El 11 de septiembre del 2008 abrí el blog y el nueve de octubre del mismo año, realicé un implante coclear en el oído izquierdo. Fue uno de los momentos más importantes de mi vida porque con esa operación salí del silencio desolador que secaba mis deseos de vivir.


La soledad fue mi mayor compañera durante años. Ella muda y yo sorda, fuimos una pareja perfecta. La odié y la amé, pero por sobre todo la necesité porque sin ella estaba más sola aún. El implante la desplazó con un zarpazo y me devolvió la comunicación. A pesar de todo, siempre estuve comunicada, no sé cómo, pero me las arreglé para tener una vida independiente en el mundo de los oyentes, sin yo serlo. Aprendí a hablar cuatro idiomas sin escuchar. La necesidad tiene cara de hereje, ¿no?


Algunos dicen que no existe el destino y todo es libre albedrío. Otros dicen lo opuesto. Lo que yo no entiendo es porque se necesita negar uno para hacer valer el otro. Nací sorda, eso no lo elegí yo ¿Es destino? Crecí en un medio social, económico y cultural que me permitió desarrollar el habla y aprender cuatro idiomas ¿Es destino? El resto lo hice yo ¿Es libre albedrío? La vida es un coctel incomprensible de oportunidades y tragedias, donde navegamos a la espera de la muerte, en esa ruleta rusa en la cual giran nuestras existencias.


La soledad, vacía de sonidos, me aisló de la gente. El arte fue su antídoto ¿Qué hubiera hecho de mi ansiedad sin un pincel en la mano? El mundo externo me cerró las puertas y yo me sumergí en el universo vasto e infinito, lleno de sentimiento, de tristeza y felicidad, en mi interior.


Llegó el día en que el silencio se hizo insoportable, ni mi voz pude escuchar más. Lloré en la calle, en el colectivo, en el taller, en casa, en cualquier lugar. Las lágrimas brotaron solas, sin poderlas controlar.


– Un implante coclear -, leí en los labios del otorrinolaringólogo que una compañera de pintura me recomendó. Lo miré con desesperación y sin escuchar mi voz le dije:

– Quiero escuchar con un audífono, por favor.

– Sos totalmente sorda, el audífono no te sirve más.

– Me sirve, con algunas palabras me las arreglo.

– Tenés falsas expectativas, el audífono no te sirve más, solo el implante coclear te puede sacar del silencio.


El destino fue implacable. Tuve que usar mi libre albedrío y decidir que hacer con esa realidad que me tocó y de la cual no pude escapar.
Seguí llorando en la calle, en el colectivo, en el taller, en casa, en cualquier lugar. El silencio me atrapó y me deprimí.


– Es normal lo que te pasa – el médico respondió cuando le dije, en lágrimas:

– Me estoy volviendo loca, doctor, solo escucho mis pensamientos.



Me decidí, con el alma arrugada por el miedo.


Miedo, eso fue lo que sentí en los momentos previos a la operación. Miedo al fracaso, a quedar con la cara desfigurada, a tener un aparato implantado en mi oído interno.


– ¿Qué voy a escuchar, doctor? -. le pregunté angustiada.

– No lo sé, lo único que te puedo decir es que lo necesitás.


Me tuve que jugar, esa fue mi única oportunidad.
El día de la activación de los electrodos del implante fue inolvidable. No pude contener la emoción y lloré cuando escuché la voz de la fonoaudióloga – distorsionada y metálica – por primera vez. Luego discriminé sus palabras cuando dijo: ¿Me escuchás? Fue el contacto con la tierra luego de varios años volando por el espacio, como una astronauta.


Después de la activación empezó una nueva etapa, la de aprender a escuchar con los electrodos, a decodificar los sonidos, darles forma y luego comprensión. El agua de la canilla en la bacha de la cocina sonaba como una catarata dentro de una lata, caótica, irritante e incompresible. El sonido de los zapatos al subir los escalones, se asemejaba a una campanada y no a un golpe, como lo es en realidad. Tuve que aprender a reconocer miles de ruídos, las voces y por último la música. La música es un tema a parte y todavía tengo mucho para aprender. Por ahora disfruto las canciones que conocí en el pasado porque mi memoria auditiva completa lo que los electrodos todavía no procesan.


Con los meses descubrí nuevos sonidos, y comprendí mejor la palabra. Las voces se hicieron más naturales, todo se hizo más natural y con el pasar del tiempo mi cerebro aprendió a escuchar de nuevo. La vida dejó de ser en blanco y negro y se convirtió en multicolor.


Lo escribí en el blog, lo escribí por todos lados. Me sentí feliz y quise que todos fuesen felices como yo. Mi felicidad confundió a ciertas personas que pensaron que me había transformado en oyente. Sigo sorda, el implante coclear no cura la sordera. Es más, si un oyente escuchase lo que yo escucho con los electrodos, se sentiría decepcionado y limitado, con tantas palabras sin discriminar y tantos sonidos sin registrar. Para empezar oigo y escucho con un solo oído y eso me limita en los lugares ruidosos, en reuniones, en una mesa con varias personas a su alrededor. Falta el estéreo. Luego, los sonidos de los electrodos son distintos a los del oído natural, no pasan por el oído externo, medio e interno pero van directamente al oído interno. Toman un camino distinto, con resultados parecidos, pero alterados. Con el implante coclear oigo y escucho, eso es lo importante. Escucho mi voz, la voz de la gente, los ladridos, maullidos, agua, viento, gritos, melodías, coches, trenes, el gas en la hornalla, los pájaros, las bocinas, el lloro de un bebé, la lluvia, etc y etc, que me conectan y hacen la vida más fácil, en todos los aspectos.
En estos seis años aprendí a reconocer miles de sonidos y todavía me quedan otros para aprender. Al principio descubrí todos los días uno nuevo. Fui un bebé sonoro, curiosa y asombrada por todo lo que oía. Con el tiempo crecí y dejé de sentir curiosidad por lo que me rodeaba. Maduré y me acomodé con las conquistas auditivas y eso repercutió en el blog. Poco a poco dejé de escribir. Ya no supe que contar sin repetirme. A decir verdad, tengo muchas cosas para contar, no siempre vinculadas al implante coclear, pero me acobardé, perdí la espontaneidad al darme cuenta lo difícil que es dominar el arte de escribir.


Aquí estoy nuevamente, a pedido de Color Esperanza por una nueva entrada. Ella me recordó los buenos momentos que pasamos en el blog, de la gente que conocí con el mismo problema que yo, de los profesionales que leyeron las entradas y los comentarios para entender mejor a sus pacientes, de los amigos oyentes que nos acompañaron, de los testimonios, las risas, los lamentos y los intercambios de información. Hay mucho material archivado en el blog y todos los días entra gente en busca de información. Las estadísticas los delatan. Por eso y por mucho más, vale la pena hacer el esfuerzo y escribir, menos seguido, con menos comentarios, pero escribir igual, para que el blog siga vivo.


Murió el blog, ¡Viva el blog!