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Archive for 31 julio 2013

Toda menina baiana

Bahianas

Óleo sobre bastidor

80 por 80 centímetros


Bahianas


Bahia… donde empezó la historia de Brasil…


Toda chica bahiana tiene
Encantos que Dios da.
Toda chica bahiana tiene
Un estilo que Dios da.
Toda chica bahiana tiene
Defectos que también Dios da.


Qué Dios dió, Qué Dios da


Qué a Dios le gustó dar
en primacía
Para el bien, para el mal.
Primera mano en Bahía,
Primera misa,
Primer indio abatido también.
Qué Dios dió


Qué a Dios le gustó dar.
Toda magia
Para el bien, para el mal.
Primer piso de Bahía,
Primer carnaval,
Primer pelourinho también


Qué Dios dió

A, a, a, Qué Dios dió


Pelourinho: Lugar donde se torturaban a los esclavos.

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Está bueno mostrar al mundo como vivimos los que no oímos.


Miren, comenten y difundan ¡Gracias!


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Nueve meses

cigarrillo_2


El viaje más largo empieza con un primer paso. Y así, paso a paso, hoy cumplo nueve meses sin fumar. El tiempo pasó rápido. En los otros intentos el tiempo se hizo largo porque estaba obesionada y sufría por no poder fumar. De esta vez han sido pocas las veces que recordé al tabaco. Ya lo descarté como opción.


Durante estos nueves meses pasé por momentos de tristezas y de ansiedad – propios del proceso del abandono al tabaco – pero mismo así nunca quise prenderme uno.


Me costó sudor y lágrimas cambiar el chip de mi mente pero finalmente aprendí a vivir sin fumar. La cuestión no está en dejar de fumar, eso lo hice miles de veces, a decir verdad cada vez que apagué un cigarrillo lo hice. La cuestión está en aprender a caminar sin el tabaco como muleta emocional, Es por eso que los grupos de autoayuda me ayudaron tanto, porque he sido una paralítica emocional. Desde que empecé a fumar todo lo hice con un cigarrillo en la mano. Eso me causaba una falsa seguridad de misma. Cada vez que tenía que enfrentar algo me prendía un pucho y así fue como llegué a más de cuarenta al día.


Ahora me doy cuenta de la locura que cometí conmigo misma. Fui una suicida. Tenía miedo a enfrentar las diversas situaciones y decisiones de la vida sola. A decir verdad lo hacía todo sola pero no lo sabía. El tabaco es un falso compañero tramposo y siniestro. Me siento feliz de estar fuera de sus garras.


Hace un rato atrás encontré un paquete de cigarrillos que por accidente Germán dejó en la mesita de luz. Lo agarré y lo miré. Estaba casi lleno. No sentí deseo por prender uno pero me hice la película de lo que sería si lo hiciese y fue aterrador. No quiero más volver a pasar por ese infierno. Me arruiné la salud, el bolsillo y mi libertad durante treinta y cinco años por causa del tabaco.


Lo que quiero decir con esto es que si yo pude, todos pueden. Los grupos, remedios, parches y otras yerbas son solo ayudas. Quién deja de fumar es uno mismo. La convicción es la única verdadera arma contra el tabaco y hay que salir a buscarla porque el que busca encuentra. Es como el arte. No se debe esperar a que llegue la inspiración, es mejor que te encuentre trabajando. Lo mismo me pasó con el tabaco: tuve que armar mi propia convicción porque debía dejar de fumar pero no quería. Luché día y noche durante años contra mi adicción. Recaí muchas veces pero me volví a levantar muchas otras veces más. Hubo gente que se cansó con mis recaídas y decía que no era mi momento, que lo volviese a intentar sólo cuando estuviese convencida. No los escuché por suerte. Si hubiese esperado a estar convencida por iluminación divina nunca lo hubiera conseguido.


Estoy convencida de que ahora es la mía pero también tengo conciencia de que soy una adicta a la nicotina de por vida y que siempre seré vulnerable a las recaídas. No importa, si me caigo volveré a levantarme.


Los grupos de autoayuda, remedios, recaídas, lectura e información han sido los principales ingredientes para abandonar el tabaco. Es muy importante conocer a su enemigo detalladamente para derrotarlo. Dejar de fumar fue lo que mejor me pasó en la vida.


Gracias a todos los que me ayudaron a hacerlo posible.

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Paulo


Necesito escribir porque no soporto más ver la misma entrada desde hace tanto tiempo. Le quiero cambiar la cara al blog pero tengo un problema: a veces me falta la inspiración para poner en palabras todos los recuerdos y pensamientos que invaden mi mente sin cesar. Y también está la pintura. Hace más de un mes que estoy por terminar un cuadro. Los últimos detalles se hacen interminables por la falta de tiempo. Tiempo, ese gran villano que se me escapa por entre los dedos como si fuese arena de un reloj roto. No sé que pasó, no sé si es la vida de Buenos Aires, el implante, la vejez que se acerca, las ganas de hacer de todo a la vez, pero la cuestión que los días se van y yo apenas hago lo urgente y nunca tengo tiempo para lo importante, como bien dijo nuestro genio Quino, a través de la boca de Mafalda.


Antes yo vivía en Recife, una ciudad grande y pequeña a la vez. Grande por la cantidad de habitantes y pequeña por ser una capital de provincia. Se destaca por su puerto. Está situada en la región del Nordeste de Brasil, la más pobre de ese país debido al enorme desierto que la asola en su interior: El Sertão. Recife es una ciudad de mentalidad provinciana invadida por extranjeros de todos lados por el movimiento portuario y los turistas que la hacen internacional. Tiene los defectos de un pueblo y de una ciudad a la vez. Lo del pueblo lo digo por la falta de intimidad. Lo de la ciudad por la violencia extrema que se vive diariamente por causa de la miseria, con asaltos y asesinatos. Estos defectos no le quitan su irresistible encanto. Recife está rodeada de playas paradisíacas, con un sol que irradia alegría hasta en el más siniestro rincón de la ciudad. Un calor perezoso y sensual te sumerge en otro tiempo, lento e infinito, al estilo Macondo, del libro “Cien años de soledad” de Gabriel García Marquez. Recife es el realismo mágico latinoamericano en vivo y en directo, o mejor dicho es surreal, donde lo absurdo es lógico y la lógica no tiene goyete, entre cocoteros que hipnotizan con su belleza y amenazan con tirar un coco y romperte la cabeza de la manera más absurda, o mejor dicho lógica; propia del surrealismo tropical que la invade.


Lo mejor de Recife es la gente. La hospitalidad es su mayor cualidad. Yo llegué a esa ciudad con una mochila y algunas artesanías hechas por mi, a cuestas. La poca plata que tenía me la robaron en una feria. Me quedé sin nada, en una ciudad desconocida y tan distinta a todo lo que había conocido antes. Paulo – el padrino de mi hija – me rescató. Lo conocí en la calle y me llevó a la casa de sus padres así nomás. La casa se situaba en un morro, en el suburbio de la ciudad. Era un barrio tan pobre que se le podría decir favela. El segundo colectivo que tomamos nos dejó en el centro y de ahí seguimos a pie. Cuando empezamos a subir la ladera la calle se transformó en un sendero y nos llevó en zig-zag por entre casas hasta la de sus padres, construída por el mismo papá, que era albañil, por cierto. Era una casa simple y hermosa, parecía una casa de muñecas, llena de plantas y flores que su papá cuidaba con mucho amor. Desde allí se podía ver todo Recife. La vista era bella. Su mamá se la pasaba en la máquina de coser y sus hijos ayudaban con las tareas domésticas. Todo brillaba a pesar de que no hubiese agua corriente. A la mañana algún hijo iba a buscar agua en el pozo común, que se situaba a unos treinta metros de la casa, cuesta abajo. Después de varias subidas y bajadas se llenaban las dos grandes vasijas, que sumistraban agua durante todo el día en la casa, situados en la cocina y en el baño. Se lavaba la vajilla con una palangana al igual que la ropa. La ducha era un balde y una jarra pequeña. Lo que más me llamaba la atención era la limpieza de la casa. Todo estaba impecable y las plantas rozagantes. “A partir de hoy ella va a comer todos los días acá con nosotros”, dijo mi compadre a su familia y ellos aceptaron sin siquiera preguntar quién era yo. Allí estuve dos meses. No quería ser una carga así que tomé la limpieza de la ropa a mi cargo. Todas las tardes la lavaba en una palangana, sobre una mesa situada en el patio de entrada, rodeado de plantas tropicales; y yo me sentía feliz.


En la pobreza yo conocí la hospitalidad. En mis cuatro años de mochilera siempre la recibí de personas humildes. En Buenos Aires fui criada en un sector social muy burgués. Me enseñaron que tenía que respetar el egoísmo y la individualidad ante todo. Era de mala educación aparecer en la casa de mis familiares sin antes llamar y pedir permiso. Ni hablar de aparecer a la hora de comer. En Recife mis vecinos batían palmas en mi ventana – porque no tenía timbre – para pedirme un poco de azúcar, harina, limón o lo que sea. Mis amigos batían palmas porque pasaban por ahí y me querían saludar y charlar. Yo hacía lo mismo, claro está. No hay respeto por la intimidad, pero hay un respesto solemne por la hospitalidad tanto en Recife como en cualquier lugar del Nordeste. Es por eso que nunca me sentí sola allá a pesar de estar muy lejos de mis dos países y familia.


Esta sociedad en la que vivimos promueve un tipo de vida que pone por encima las comodidades materiales a los sentimientos humanos de altruismo y solidaridad. En Francia es peor que en Argentina, por ser un país más rico. Allá se puede vivir sin la necesidad de dirigirle la palabra a otro ser humano durante años y años. Es por eso que no pude vivir en Paris, porque me sentía sola a pesar de tener una hermosa familia allí, acostumbrados a otro tipo de vida. Lo que me enamoró de Recife fue ese contacto humano que de tan intenso a veces me exasperaba. Es un toqueteo constante, una promiscuidad escandalosa y un desacato a la intimidad, pero cuando sentís el olor del feijão en el fuego y el pescado con leche de coco en la mesa les agradecés a Dios, los espíritus, Iemanjá y a todos los Orixás juntos por esta vida tan bella, junto al mar, en un tiempo perdido, fuera de ese otro mundo, que está del otro lado, donde la gente es rica pero infeliz.


No sé si fue por causa del tiempo perdido o por el olor a feijão. Puede ser que fue porque allá no me daba cuenta de que era sorda con tanto toqueteo y gestos exagerados que la gente usa al hablar. O sino fue el mar lo que me hipnotizó. O la canción de Vinicius y Toquinho; Tarde en Itapõa. O fue beber un agua de coco, una cachaça, admirar el encuentro del cielo y el mar cuando la tierra se puso a rodar. No sé cómo fue, pero pasé veinte años de mi vida en esa tierra que me adoptó como suya el día que Iemanjá me tomó en sus brazos y dijo: “Este es tu mar, nunca me olvides”


Paulo apareció en mi vida como un ángel. Yo lo había perdido todo y estaba sola a cinco mil quilómetros de mi casa. Todavía no sabía que ese hombre era un artista. Hoy en día restaura todas las iglesias barrocas del Nordeste. Todavía no sabía que Paulo iba a ser mi compadre, un hermano, esa persona que uno elige para formar parte de tu familia ideal.


Obrigada Paulo, te amo por sempre.


Un viejo traje de baño,
un día para vagar,
un mar que no tiene tamaño
y un arcoiris en el aire.

Después, la Plaza Caymmi,
sentir pereza en el cuerpo
y en una estera de mimbre
beber una agua de coco, es bueno.

Pasar una tarde en Itapuã,
y al sol que arde en Itapuã,
oyendo el mar de Itapuã,
Hablar de amor en Itapuã.

Encuanto el mar inaugura,
un verde nuevito en hoja,
argumentar con dulzura,
con una cachaça de rolha
y con la mirada olvidada
en el encuentro del cielo y mar,
bien despacio sentir
toda la tierra rodar, es bueno.

Pasar una tarde en Itapuã…
Después sentir la piel de gallina
del viento que trae la noche,
y lo que dice y dice
de lo que brota de los cocoteros.
Y en los espacios serenos,
sin ayer ni mañana,
dormir en los brazos morenos
de la luna de Itapuã, es bueno.

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