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Blog y facebook

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Durante seis años escribí ininterrumpidamente en este blog, especialmente sobre el implante coclear del que me beneficié en octubre del 2008. Transmití mi experiencia con esta tecnología que me devolvió una audición artificial. Mi vida cambió por completo, mi humor, mis relaciones, mi trabajo también. Transcribí las leyes que amparan a los discapacitados con el costo de la operación, el aparato, calibraciones y accesorios en Argentina. Transmití información porque la información es poder. Y un día dejé de escribir. Ya lo había escrito todo, por lo menos eso es lo que creía yo. Conocí el facebook. Me metí en los grupos de implantados y discapacitados auditivos. Cada día aparecía un nuevo grupo, siempre con los mismos usuarios, con las mismas historias, con las mismas informaciones, por lo menos así lo creía yo, y me cansé. Finalmente me alejé de los grupos y navegué por la internet, al principio de un modo ameno. Me reencontré con mis amigos de la infancia, con amigos de varios lugares del mundo que hacía más de treinta años que no veía, con los ex compañeros del colegio, con mi familia que vive en Francia, con mis amigos de Recife, donde viví veinte años. Alivió mis saudades, me alegré al saber de la vida de gente que quiero y tengo lindos recuerdos. Promocioné mi taller de pintura, que abrí gracias a la ayuda del implante coclear porque me permitió escuchar la voz de mis alumnos. Publiqué fotos de mis cuadros, vendí algunos de ellos, me encargaron otros. Mucho conseguí en el facebook pero llegó un momento que dejé de controlarlo, me comió el tiempo y la vida, se volvió una adicción. Ahora tengo celular, tablet y computadora conectados al facebook. A cada rato lo abro para ver lo que ya no sé qué, lo abro porque creo que me conecta pero finalmente me pierde, me desconecta de mi alrededor.


Cuando una persona es adicta las sustancias cambian pero la conducta permanece. He sido fumadora de dos paquetes diarios durante 35 años. Me costó una década dejarlo y me dejó un epoc de saldo con el que tengo que convivir de por vida. Pero no todo está perdido. Uno puede aprender a conocerse, a controlar sus adicciones, a crecer. Y ahora me toca desprenderme un poco del facebook, volver a la escritura, seguir con la pintura, brindar mis conocimientos y talentos porque el arte salva y yo soy una sobreviviente.


Y así empezamos una nueva etapa, siempre aprendiendo de nuestras falencias.


Bienvenidos amigos


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Juntos por los subtítulos

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Donde existe una necesidad nace un derecho y ese derecho es el que tenemos que reivindicar nosotros, los que escuchamos poco, poquito o nada, porque tenemos dificultad de seguir los programas de la televisión y las películas nacionales cuando no tienen subtítulos.


Algunos programas de la televisión tienen subtítulos, pero cada vez son más las películas dobladas, sobre todo los fines de semana. En la televisión a cable se paga un adicional para tener acceso a todos los programas con subtítulos, y claro, las personas con discapacidad auditiva también tienen dificultad en conseguir un empleo, y por ende les falta dinero para pagar ese adicional.


En la televisión abierta existen los subtítulos ocultos, o closed caption (CC), sobre todo en los noticieros y novelas. Ese sistema deja mucho que desear y debe mejorar. A veces parece que el interprete se quedó dormido porque deja de escribir durante varios minutos para luego mandar una catarata de palabras con faltas de ortografía, omitiendo algunas o cambiándoles el sentido y dejando al telespectador con la frustrante sensación de no haber entendido nada por haber recibido el subtitulado fuera de tiempo y de forma errada. Los defensores del CC alegan que la traducción está hecha en tiempo real. Pero eso no me convence porque los traductores simultáneos hacen su trabajo bien y está hecho en tiempo real. Imaginen un traductor simultáneo cambiando el sentido de la oración en la ONU. Les pagan bien, muy bien, pero eso demuestra que se puede hacer. No sé como funciona con los interpretes de CC. Es posible que les paguen poco. Además ese sistema, que está en manos privadas, no tiene competencia en el país. ¿Qué pensarán los interpretes cuando escriben cualquier cosa? ¿Será que les da impunidad traducir a una pequeña comunidad que no se puede defender? ¿Se dirán? : “Total, no escuchan así que no saben lo que hemos traducido mal”. Pero a veces no traducen, simplemente escriben letras al azar que no llegan a formar una palabra. Por eso no me conformo con eso que dicen algunos de mis colegas de que es mejor eso que nada. Tenemos necesidad y derecho a un CC de calidad.



La sociedad todavía no está preparada para la inclusión plena. Ciertos programas en la televisión abierta llevan la pequeña ventana con una interprete de señas para los sordos  porque no saben que no todos los sordos son gestuales, ni entienden ese idioma. Yo soy una de ellas y necesito de los subtítulos para seguir un programa o película en la televisión.


Como muchos saben soy sorda profunda y usuaria de un implante coclear. Mucha gente cree que por tener un implante uno se transforma en un oyente, pero no es así. Escucho con 24 electrodos y tuve que hacer una reeducación para decodificar los sonidos. Escucho con un sólo oído que no es lo mismo que con dos. Intenten tapar un ojo, es lo mismo con la audición. Escucho la televisión pero no entiendo lo que dicen, por causa del audio. A veces entiendo mejor que otras pero nunca entiendo bien (aclaro, discrimino las voces pero me cuesta cuando es una radio, televisión, videos y cine).


Hace unos meses atrás nuestra colega Rosario se presentó en nombre de la fundación San Francisco de Asis en la Defensoría del Público junto a otras asociaciones, ONG y agrupaciones para hacer el reclamo, lanzar una campaña para difundir la necesidad de subtitulado en todos los canales, dar a conocer la existencia del CC y pedir que estos últimos mejoren.


Junto con Rosario, Diana, Ceci y Doris abrimos una página en el facebook para difundir y darle continuidad a la campaña por los subtítulos. Los oyentes también están invitados, a los que les interesa escuchar la voz de los actores porque forma parte de la actuación, o porque se solidarizan con nuestra necesidad. Estamos recopilando y publicando frases en forma de carteles. Frases que escriben porque queremos subtítulos. Frases mias, frases tuyas, frases nuestras, para que entre todos logremos que la sociedad y los profesionales de la industria audiovisual escuchen cuál es nuestra necesidad.


Los invito a entrar a Juntos por los subtítulos y se sumen a la campaña con un me gusta. Si quieren compartir sus inquietudes, nos pueden mandar una frase y con gusto la adaptaremos en forma de cartel.


Hagamos ruído, luchemos por la inclusión.


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Tres años sin fumar

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Dejar de fumar no fue una tarea fácil para mi. Estuve 14 años para lograrlo. Durante ese tiempo pasé por muchas etapas. Primero fue la desesperación. No sabía vivir sin un cigarrillo en la mano. Me acompañaba en las reuniones sociales. Me permitía lidiar con situaciones difíciles, con la soledad, los estudios, las conquistas, el trabajo y con la otoesclerosis que avanzaba sin prisa y sin pausa hacia el silencio total.


La primera vez que dejé de fumar me quería morir. La necesidad de prender un cigarrillo se transformó en una obsesión. Era el único pensamiento que tenía, todo el resto en mi vida era secundario. Estuve siete meses sin fumar, cuesta arriba, llorando y puteando en casa, en la calle, en la playa, en el auto, en cualquier lugar. Finalmente me quebré y volví a prender un cigarrillo. Fue mi primera experiencia sin tabaco que terminó en fracaso pero me dejó una enseñanza: supe que podía vivir sin fumar.


Luego de la recaída estuve durante dos años diciéndome, la semana que viene lo dejo de nuevo. Pero no lo dejé, al contrario, fumé el doble, el triple, en una eterna despedida. Mis pulmones sufrían en silencio por la falta de oxígeno. A la mañana despertaba con el pecho en fuego, me costaba respirar.


La palabra epoc la conocí de causalidad con los adventistas. No le di importancia, no tenía cáncer y eso era lo que importaba. Cuando supe que epoc era una enfermedad mortal me asusté pero mi adicción fue más fuerte. Me mentí, oculté la realidad, minimicé la gravedad pero me dolía el pecho, tenía un agujero en el estómago y no podía respirar. Busqué ayuda en la internet.


El quitómetro fue el primer sitio de autoayuda que conocí. Allí aprendí que era adicta y que pedir ayuda era un paso esencial para la recuperación. Leí los testimonios de otros fumadores y así supe que lo que me pasaba a mi le pasaba a ellos también. Con mayor o menor intensidad todos sufríamos lo mismo por causa del tabaco, pobres discapacitados emocionales, escondidos detrás de una cortina de humo.


El quitómetro cerró sus puertas, otros grupos se formaron. Busqué ayuda en Chau pucho, siempre sin éxito. Mis colegas dejaron de creer en mi pero yo seguí intentándolo. Mi vida dependía de eso. El epoc era mi condena, una muerte lenta y dolorosa.


Apagué el último cigarrillo el 15 de octubre del 2012 a las seis de la tarde, sin bombos ni platillos. Le habían diagnosticado cáncer a un ser querido. El tabaco era responsable por su enfermedad y mismo así fumó a la salida del hospital. Esa imagen patética actuó como un disparador, la gota de agua, el hartazgo. Aplasté el cigarrillo en el cenicero y partí a Chau pucho desesperada pero segura de que esa tortura no podía continuar. Cuando llegué al edificio la puerta estaba cerrada, habían cambiado los horarios. No había vuelta, con ayuda o sin ayuda debía continuar. Fui a la casa de una amiga que vivía a pocas cuadras de Chau pucho y por suerte me abrió la puerta, se solidarizó conmigo y nos fuimos las dos a comer rico, a charlar, a llorar, a celebrar la vida.


Dejé de fumar sin remedios ni grupos. No sufrí, no lloré, no me puse nerviosa. No sentí síndrome de abstinencia. Nada. Fue fácil, fue increíblemente fácil, como si de un milagro se tratase. Había encontrado finalmente la convicción y con ella había encontrado la salida. Había perdido el miedo.


Es por eso que vuelvo a escribir en el blog, porque no puedo dejar pasar este día, el día que recuperé mi libertad, el dia que me hice adulta, el día que vencí a mi peor enemigo, hace exactamente tres años atrás.


A todos los que fuman les mando este mensaje: Si yo dejé de fumar, todos lo pueden dejar sin excepción, y mejor todavía, hay vida después del tabaco, hay libertad, hay salud.


HOY NO FUMO

Y mañana tampoco

Salvador (La verdulería)

Esta es la verdulería que está a la vuelta de mi casa. Resiste a la especulación inmobiliaria del barrio (su terreno vale una fortuna) Te dan frutas y verduras de “yapa” (o sea, alguna de regalo) y cuando vas a pagar también te cobran un poco menos. Hay dos perros, el que está recostado bajo la pierna del verdulero Salvador, es celoso y no deja que se le acerquen. El que está en primer plano es más cachorro y juguetón. Siempre anda con un limón de pelota. Te la pone a los pies y te pide que se lo lances. Es pura vida, pura alegría, una explosión de colores en el medio del cemento.

Verduleria rezized

El bigote

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Olivia Castro Cranwell

Lo deben hacer a propósito, para que una pierda el control y así dominar la situación – se dijo. Estaba nerviosa, hacía media hora que esperaba en un despacho para ser entrevistada. Quería el trabajo a toda costa. No fue porque le gustase ser recepcionista, pero sí por su necesidad de ganar plata, para que su madre dejase de tratarla como una incapaz. Ella podía trabajar a pesar de su limitación y así quiso demostrárselo. Ya sé que recepcionista no es lo mejor para mi, pero bueno, es lo que ofrecen- pensó.


Se arregló la pollera en forma de tubo mil veces. Dejó entrever parte de sus piernas para atraer la mirada, pero no demasiado para no parecer puta. Se arregló el pelo, no soportaba que el rulo de su flequillo tomase la curva al revés. Se lo había alisado para la ocasión, pero el rulo volvió a surgir, triunfante, con las tres gotas de transpiración que cayeron por su frente. Además, temió que la transpiración hiciese una pasta con el maquillaje que expandió por su rostro para parecer bronceada y esconder su blancura de verano haciendo la plancha en su bañadera llena de agua fría. Uno es pobre pero tiene dignidad – se dijo, orgullosa.


Escuchó su corazón latir como un despertador a cuerda cuando se abrió la puerta. En la sala entró un hombre de estatura mediana, ojos azules, canoso, delgado, un hombre bastante atractivo si no fuese por un enorme bigote que le tapaba el labio superior ¿Cómo es posible que tenga tanta mala suerte?- pensó decepcionada. El hombre se dirigió hacia ella, le apretó la mano con fuerza y dijo


– Buenos días, mi nombre es Norberto -. Se sentó del otro lado del escritorio, frente a ella- ¿Y usted cómo se llama?- le preguntó.

– Camila, señor.

– Me puede llamar Norberto.

– Gracias… señor.


Norberto le pidió el currículum con una sonrisa amigable. Ni la sonrisa me ayuda –suspiró Camila. Le miró la boca con insistencia, esperando comprender.


– El currículum, por favor- insistió mientras extendía la mano hacia ella.

– ¡Ah, claro!, ¡el currículum!


Cuando abrió el bolso para buscar la carpeta se le cayó el lápiz labial al piso. Se agachó para recogerlo y el bolso se le dio vuelta dejando caer todo lo que llevaba dentro. Nuevas gotas de sudor destiñeron el rimel que chorreó por sus ojos. Se los quiso frotar pero supo que sería peor. Su corazón parecía una locomotora. No consiguió disimular tanta torpeza. Se arrodilló para recogerlo todo y su pollera se levantó dejando entrever sus muslos. Tiene buenas piernas- pensó Norberto, divertido con la situación. Contuvo la risa y recogió una moneda que aterrizó al lado de su zapato. Se la entregó con un gesto compasivo.


– Disculpe, gracias, disculpe– repitió Camila, con la mirada baja.


Finalmente juntó todo, sacó el papel de la carpeta, cerró la bolsa, se volvió a sentar y acomodó el mechón rebelde, furiosa. Le entregó el currículum con una mueca en forma de sonrisa. Con un guiño, Norberto tomó el papel, le agradeció y preguntó cuántos idiomas sabía hablar. Camila, mientras tanto, le estudiaba el bigote como hipnotizada. Parecía una obsesión. Norberto se sintió incómodo pero también halagado con la actitud de esa chica torpe y hermosa; hay que reconocerlo– pensó. La miró, inclinó su cabeza como lo haría un cachorro al escuchar un silbido y con una sonrisa esperó su respuesta. En vez de eso Camila le pidió si podía repetirle la pregunta mirándolo fijamente a los ojos y luego al bigote, como si estudiase un mapa indescifrable que le revelaría dónde se encontraba el tesoro.


– Es un poco tonta esta chica, aunque bella; hay que reconocerlo ¡Y cómo me mira! ¿Tendré monos en la cara?, digo. Me parece que lo que ella quiere es algo más que un trabajo- sostuvo. la miró con curiosidad , tosió y le repitió pausadamente.

– Idiomas, ¿Cuántos idiomas habla?

Camila, sin perder de vista el bigote de su interlocutor, respondió

– Dos, señor: español y portugués.

– Llámeme Norberto- insistió y continuó -. Qué pena que no hable en inglés, es un idioma imprescindible en el ámbito hotelero -. Cómo me mira esta mina- no pudo dejar de pensar.

Camila leyó los pensamientos de Norberto e intuyó sus palabras perversas sin despegar su atención del bigote y los labios que se escondían detrás de él, bailando con los sonidos graves que Norberto emitía por su boca.


– Una pena – volvió a repetir.

– Una pena ¿qué?- le preguntó ella.

– Una pena que -… ¿Será o se hace? No me escucha pero tampoco deja de besarme la boca con los ojos, eso sí.


Se miraron por un rato que les pareció una eternidad.


– Que no hable inglés, ¡es una pena!


Camila se sobresaltó con el grito de Norberto.


– Algo de inglés hablo, me las arreglo, pero no lo domino como el español y el portugués. Me presenté a la entrevista porque hoy en día hay muchos turistas brasileños en la ciudad, ¿no es así?-. No es tan tonta, me respondió con determinación. No entiendo. Si no es tonta, ¿qué es? ¿loca? Sí, es loca, pero linda, hay que reconocerlo. Continuó con la entrevista:


-Es cierto, tenemos muchos brasileños últimamente pero necesitamos personal que domine el inglés porque es un idioma universal. Tampoco hay que olvidar que tenemos turistas de todas partes de Europa y casi todos ellos hablan en inglés. Y los americanos, obviamente, que no son tantos, pero siempre los hay-…Camila se enroscó con los movimientos misteriosos del bigote de su interlocutor, tan grueso, tan largo, un estorbo a su parecer. Perdió la noción del tiempo y del espacio-.Pensamos ampliar nuestro mercado en Oriente. Cada día llegan más chinos a nuestra ciudad, que se comunican con nosotros en inglés, obviamente -… La entrevista se estancó en un lejano plano, inaccesible a ella. Necesitaba atravesar esos bigotes y llegar a los labios de su entrevistador para que le otorgasen esa tranquilidad que solo ellos le podrían dar en un momento tan íntimo y aterrador como ese.


– No sé señor, no sé si esto vale la pena- balbució sin desviar su vista de la boca de Norberto.


Él no quiso dejarla ir. Esa chica era algo tonta, muy loca, pero preciosa y estaba muerta por él. Nunca una mujer llegó a desearlo de ese modo en una estúpida entrevista. Sus bocas se encontraron a pocos centímetros de distancia la una de la otra. Ella se le había acercado poco a poco con cada palabra que él le había pronunciado. Norberto se enamoró de esos ojos color miel que lo miraban con desesperación implorando por su amor. Cerró los ojos y la rozó con los labios. Camila despertó de su confusión con la lengua de su entrevistador dentro de su boca y se echó para atrás violentamente. Se incorporó en el asiento y lo miró con exagerado asombro. No pudo contener las lágrimas de la indignación y preguntó


-¿Qué hace, se volvió loco?

– ¿Vos creés que me podés engañar, pendeja? ¡No dejaste de desearme en toda la entrevista!

– Señor…

– No me digas señor, ¡decime Norberto!- le gritó furioso.

– ¡Señor Norberto!- exclamó triunfante-. Norberto es su nombre, claro, ya me lo había dicho antes, claro-. Señor, Norberto, ¿de donde sacó esa descabellada idea?

-¿De donde? De tu mirada, nadie te mira así porqué si. Moriste por mí, no sé porqué pero eso fue lo que sucedió y ahora te venís con una de santita.


Camila se arregló el flequillo, se levantó, bajó su pollera tubo hasta las rodillas, acomodó su bolso en el hombro, se dirigió hasta la puerta y le dijo


– No, señor Norberto, y no me tutee, por favor. Lo único que le miré es su horrible bigote, por no poder mirarle la boca, más precisamente el movimiento de sus labios, porque yo escucho y miro con los ojos, cosa que usted no pudo darse cuenta, ¡idiota!-. Salió dando un portazo.


Del otro lado de la puerta Norberto se dijo, ¡Menos mal! Me saqué una loca de encima; hermosa, hay que reconocerlo.

Para vencerle a la vejez, que avanza despiadadamente, hay que seguir activo, aprender, sorprenderse. Por eso me animé y el año pasado empecé a estudiar en un taller literario. Además tengo proyectos, otro remedio contra el peso de los años. Quiero escribir un libro, dos, tres, total, soñar es gratis. Este año, me anoté de nuevo. Me enganché en el taller de Verónica Sukaczer, escritora y editora. Además es hipoacúsica y entiende mi situación. El ambiente es ameno, somos pocos alumnos y eso me permite estar integrada, por la audición, claro. Y los compañeros que conocí son todos geniales. Los miércoles a la mañana se volvieron sagrados, un momento para mi y sólo para mi. El taller es para cuentos. Eso lo hace muy dinámico, todas las semanas debemos hacer uno nuevo.Verónica se mueve con “disparadores”. No sé si será siempre así, porque este es el primer taller que conozco. Los “disparadores” son un objeto, foto, frase, título, cuento de un autor conocido y genial. A partir de ahí tenemos que inventar una historia, que no debe ser necesariamente textual al disparador. Uno se puede ir para otro lado, para cualquier lado, la cuestión que el cuento debe ser bien escrito, tener una trama, un principio y un final. Este año ya van dos los cuentitos. El de ayer, Verónica me dijo que estaba listo para subirlo al blog. Eso me llena de felicidad. El “disparador” ha sido el título de un cuento de Cortázar: “La puerta condenada”. Esto salió:


puerta


La puerta condenada


No había ventana, ni cama, ni silla, ni mesa, muchos menos libros o cuadros. No sabía si era de día o de noche. Tampoco sabía cuanto tiempo hacía que estaba ahí. Victoria no podía desprender la mirada de la puerta. Era la única protagonista del cuarto; su salvación y su condena. Estaba en un sótano. No oía ruidos de la calle, sólo escuchaba pasos, voces, gritos, lloros, lamentos y portazos, no muy lejos de su puerta, que se mantenía cerrada. Del otro lado había un pasillo y al final de este una escalera, por donde bajó, escoltada por dos soldados. En el piso de encima se encontraba un amplio salón, con dos altas ventanas y una puerta de dos hojas abierta día y noche, en un gesto hipócrita de bienvenida. Del lado de fuera, unos escalones desembocaban en un ancho camino de cemento que conducía al portón de salida, vigilado. A los dos lados del camino plantas, flores y árboles disimulaban la muerte que reinaba dentro. Desde la reja se podía ver la inocente avenida. Por ahí paraba el 29, que la llevaba hasta su casa, tan cerca, tan lejos.


La soledad le debilitaba el corazón. Lo podía escuchar gemir, marchito por el miedo. El silencio se quebraba con los pasos secos de los milicos al bajar las escaleras, empujando un compañero. Una vez reconoció la voz de Mauro. Le quiso gritar que estaba ahí pero el miedo se lo impidió ¿Se habría dado cuenta que fue secuestrada, aquella tarde que lo dejó plantado? Actuaban juntos en la villa, sólo eran dos actores con los mismos ideales. Se sobresaltó con un portazo, habían entrado en la sala de tortura. Mauro gritaba de dolor, los milicos gritaban con furia y le golpeaban violentamente. Victoria apoyó su cabeza sobre las rodillas y la escondió entre sus brazos para no oír esa sinfonía macabra. Fue imposible. Lloró cuando Mauro se puso a cantar nombres y más nombres mientras clamaba por piedad. Sintió un cuchillazo atravesarle el corazón cuando pronunció el suyo. La poseyó el pánico cuando callaron. Mauro estaba muerto.


Miró la puerta y pensó en escapar ¿Cómo? ¿Cómo voy a atravesar esta condenada puerta? – pensó, desesperada. Sabía que no iba a salir viva de ahí. Quería ver a su madre, abrazarla, pedirle perdón. Quería decirle a Raúl que estaba embarazada, que lo amaba, que huyese, que no había salvación. Quería sentir el calor del sol en su cara, la brisa acariciar sus mechones. Quería vivir en un mundo más justo. Quería salir de ahí.


Escuchó otro portazo, escuchó voces. Vio la sombra de las botas por debajo de su puerta y supo que venían por ella. No lo pudo resistir, sintió un dolor intenso en el pecho, el sudor le empapó el rostro. Quedó ciega, perdió la respiración. Cuando cayó al piso se abrió la puerta y un resplandor invadió el cuarto. No eran los milicos, era Mauro quién entró. Con una sonrisa en los labios, le ofreció la mano y le dijo:


– Se terminó, vámonos de acá

taller de Veronica

taller de Veronica

Mi sordera

mi sordera


La sordera es una discapacidad invisible, tan invisible que solo se dieron cuenta que no escuchaba del oído izquierdo a mis 14 años cuando en realidad ya no escuchaba más desde los seis.


-¡ Prestá atención! – gritaba mi madre -. A ver, repetí, ¿Qué te dije?



Mi palabra preferida era ¿Qué? Mi comodín.


En el colegio era tímida y me sentaba en el último asiento, en la esquina opuesta a la que estaban los profesores, para que no me llamasen al pizarrón. En clase me la pasaba dibujando, los profesores se enojaban porque no les prestaba atención. Me arrancaban la hoja y me obligaban a mirarlos. Yo me perdía entre los movimientos de sus misteriosos labios porque que no los sabía leer, ni sabía que era hipoacúsica, solo sabía que era una chica distraída que vivía en otro mundo y le importaba un bledo lo que pasaba a su alrededor.


– ¡Lo hiciste a propósito! – reclamaba Inés luego de una prueba, porque no le había soplado las preguntas.

– No te escuché, le respondía, pero ella no me creía y se enojaba conmigo.

Yo pensaba que no le había escuchado porque había hablado en voz baja.



Era ignorante, me parecía normal no oír el insoportable tic, tac del despertador al girar la cabeza en la cama. Se lo atribuía a la posición. Lo mismo me pasaba en el cine cuando me hablaba una amiga del oído sordo. Me daba vuelta y la escuchaba. Se lo atribuía a la acústica.


En el recreo siempre leía un libro. Mi mente viajaba con las palabras, frases, párrafos y capítulos, a lugares remotos y hermosos, a veces tenebrosos y otros dolorosos. En esos lugares donde nadie me criticaba por no prestar atención, ser egoísta, vivir en la luna; por ser una adolescente que solo sabe mirar su propio ombligo y nada más.


Y luego vino la juventud. Me sentía insegura porque no aceptaba mi discapacidad, que descubrí a los 14 años gracias a la lucidez de la profesora de ciencias. La otoesclerosis avanzaba y cada día escuchaba peor. No me gustaba ir a las fiestas porque la música me aturdía y la oscuridad me alejaba de las personas. Me sentía invisible y extranjera. Sólo Sartre y Camus entendían la soledad y el absurdo de la existencia. Esos comportamientos pasaron inadvertidos por mis padres, porque era adolescente y todos los adolescentes son unos inadaptados.


La gente nunca me registró como una persona sorda (la palabra hipoacúsica la conocí mucho después) . Me veían rara, antipática, extravagante, tímida, soberbia – de todo – menos sorda.


Un poco por la dictadura y otro poco por la difícil relación que tenía con mi padre, a los 22 años me fui de Argentina, con una mochila en la espalda. Pasaron muchos años para darme cuenta que también quería escapar de la sordera y pasaron otros tantos años más para aceptar esa realidad.


Blanqueé la situación. Compré un audífono. Empecé a presentarme con un: Hola, hablame despacio porque soy sorda. Me adapté.


Tuve una vida normal a pesar de las dificultades que se me presentaban diariamente por el hecho de no escuchar. Se aprovechaban de mi discapacidad en el trabajo y en las relaciones. Hasta mi hija se aprovechaba para hacer pavadas sin que la molestase. Mis parejas igual.


Tuve mucha dificultad en crear una pareja. Al principio todo era maravilloso, nos comunicábamos bien porque en esos momentos de magia no necesitábamos hablar. Cuando el idilio terminaba, los problemas de comunicación empezaban y la sordera era un factor esencial para que eso sucediese.


Siempre viví siempre entre oyentes (no conocía sordos). Fui feliz y todavía lo soy. Tengo proyectos, amigos, familia, hijos, nietas y la pintura. Además tengo un implante coclear que me permite escuchar un universo de sonidos, que sin él, dejan de existir. No me puedo quejar, pero a veces, cuando tengo problemas de comunicación, que me causan gran frustración, me pregunto: ¿Por qué no? ¿Por qué no me puedo quejar cuando me dejan sola por la falta de audición?


Tengo que hacer un esfuerzo para estar comunicada y las personas que conviven conmigo también lo tienen que hacer. A decir verdad tengo que hacer un esfuerzo para estar comunicada con cualquiera, pero cuando el vínculo es más estrecho, el esfuerzo es mayor porque también lo es el amor.


¿Cómo puedo explicar lo que oigo y escucho? ¿la diferencia de los dos? ¿la confusión entre los dos? ¿la distorsión? ¿la interpretación? No lo sé, lo intenté por todos los medios, no se puede, no se explica, se siente, y nada más. Lo mismo le pasa a un oyente cuando quiere explicar la música a quién no la conoce. No puede.


Mi hija es la que mejor me entiende, porque es la persona que mejor me conoce. Tuvo que sobrevivir con una mamá hipoacúsica, ser sus oídos también.


– No me estás escuchando, mamá – me dice cuando me distraigo. Los gestos de mi cara cambian, es algo sutil, que pocos pueden leer. Es la cara hago que te entiendo.


Dejo de escuchar por muchos motivos, y uno de ellos es el cansancio. En esos momentos vienen los problemas del tipo:


– No te interesa mi vida, no me prestás atención.

– Me interesa, pero no te escuché.

– Me estabas mirando cuando te hablé.

– Pero no escuché, soy sorda.

– Pero no parecés sorda, yo me olvido que lo sos.


Ya no sé si tomarme eso como un cumplido o como un problema. La gente no me comprende porque no me acepta como sorda. Y lo soy, escucho con un solo oído y con un aparato electrónico.


Parezco oyente por tres motivos. El primero porque la sordera es invisible, el segundo porque hablo como una oyente.


– Es un milagro, me dijo un médico

– Es un caso excepcional, me dijo el otro.


Por último tengo un cerebro de oyente. Me crié entre ellos, fui a un colegio común, sin fonoaudiólogas, ni lectura labial.



A decir verdad me crié con un hipoacúsico también – mi padre – pero se comportaba como un oyente insoportable, que tomaba alcohol y gritaba como un energúmeno. Sobrevivía con un audífono en un mundo hostil, sin fonoaudiólogas, ni lectura labial. Era el guerrero incomprendido, fuerte por fuera y frágil por dentro. Abandonado a su silencio.


A pesar de todo eso él me enseñó a enfrentar mi discapacidad con dignidad, a vivir con actitud.


Por eso vuelvo a repetir:

Soy sorda pero nadie me escucha