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Pamela

viñedos

Llegué al festival de teatro de Avignon escapando del frío gris de Paris. Lo conocí a Pedro en la feria de artesanía. Chileno, había llegado a Francia de Venezuela donde trabajó en una petrolera. No sabía francés, no conocía a nadie. Confeccionaba mocasines de cuero de bebés para otro chileno que lo explotaba y se aprovechaba de su frágil situación. La segunda vez que me lo encontré me ofreció ser su socia. Había copiado los moldes de los mocasines en un papel. Su idea era confeccionarlos y venderlos juntos. Yo también estaba jugada. Acepté. Pocos días después se nos unió Tino, otro chileno sin talento para la artesanía pero con plata. Pagó la materia prima. Compré cueros de colores y mostazillas de colores también, que los combinaba con plasticidad. Nos fuimos los tres a la Côte d´Azur, más precisamente a Saint Tropez, abarrotada de turistas.


EI el puerto de Saint Tropez instalamos nuestros zapatitos en encima de una manta, en la vereda. Montones de turistas se acercaron fascinados por los colores de los mocasines pero también por nuestra pinta de indios sudamericanos. Tino parecía más bien indonesio y Pedro mapuche. Mi pelo negro y piel bronceada combinaba con ellos dos. Recuerdo el día que un alemán se nos acercó y preguntó si éramos indios. Le inventé una historia de nuestros ancestros y los mocasines que lo hicieron viajar mentalmente a una película de Indiana Jones. Con prudencia me pidió permiso para sacarnos una foto. Le contesté que primero tenía que pedirles permiso a mis “hermanos”. Me lo imagino todavía mostrando la foto a sus amigos y familiares.


Pamela había llegado desde Australia (su país de origen), primero en barco hasta el continente asiático y luego por tierra hasta Francia. Ella también parecía una india. De padre inglés y madre aborigen, era mestiza. Tenía una larga y lisa cabellera de color negro azabache y unos ojos oscuros y penetrantes, de quien viajó miles de kilometros sola y con poco dinero. En Saint Tropez Pamela conoció a Melanie, una chica canadiense q hablaba inglés y francés. Al envés de Pamela, Melanie tenía una mirada dulce y el pelo de color castaño claro prendido con dos trenzas. Era una chica country. Amaba a Neil Young, se vestía con pantalones babucha de colores, tocaba la flauta traversa y una armónica. Era la traductora de Pamela, que como buena anglo parlante no sabía hablar otro idioma que el inglés. y yo fui la traductora de mis “hermanos”, pasando por encima de mi sordera.


Cuando la temporada de verano llegó a su fin nos juntamos a platicar y decidir que hacer de nuestras vidas. Nadie quería volver adonde sea. En La Provenza había empezado la vendimia. Nos tomamos el tren y fuimos hasta Nîmes, una ciudad rodeada de viñedos. Encontramos trabajo enseguida pero tuvimos que esperar un día para comenzar y no teníamos dinero ni lugar para dormir mientras tanto. Nos separamos en dos grupos. Yo me quedé con Pamela. Al poco tiempo de andar descubrimos una casa abandonada cerca del centro. Compramos una lata de salchichas y velas. Cuando llegó la noche trepamos el portón y aterrizamos en el patio, bordeado por la casa . Nos instalamos en una habitación en el ala izquierda. Prendimos dos velas y con un cuchillo abrimos la lata. Un movimiento distrajo mi atención para el lado de la ventana. Advertí una silueta en el ala derecha de la casa. No tuve tiempo de comentárselo a Pamela que con dos soplidos apagó las velas, tomó un cuchillo y me entregó otro a mí.


— Shut up, Escuché unos ruídos. Hay alguien. — susurró
— Yo lo vi, Pamela, i see, there, mira ahí, ¿la ves?

Arrodilladas debajo de la ventana, asomamos la cabeza para ver. Me temblaba la mano.

— No veo la silueta — me dijo
— ¿Pero la escuchás?
— Si
— Yo no la escucho, la veo…

Tembló mi mano sin control,

— No sé usar un cuchillo… ni quiero — le confesé en inglés básico
— ¿Qué hacemos, luchamos o nos vamos? — preguntó sin escucharme
— ¡Nos vamos!


Saltamos por la ventana y corrimos por el patio hasta el portón. Trepamos, sin mirar atrás. Sentí unos ojos apuntando mi espalda. En la calle corrimos hasta perder el aliento. Fuimos hasta la estación de tren. Aliviadas, subimos a la terraza buscando un lugar para descansar. No habían bancos ni nada. Nos acostamos en el piso. Apoyé mi cabeza encima de la mochila, del oído derecho, con el que algo escuchaba aún. Cuando el silencio se hizo verbo dormí profundamente hasta el momento que Pamela me golpeó el hombro sin querer, cuando empujó al tipo que se acostó a su lado y le acarició el pelo mientras ella dormía.


Pocas horas después nos encontramos con Pedro, Tino y Melanie en la estación. Cuando llegamos al viñedo el patrón nos dio abrigo en una casa de piedra cerca de la bodega. Las camas eran colchones tirados en el piso, la cocina no tenía heladera y sólo podíamos comer de a dos en la mesa porque faltaban 3 sillas. A la noche nos calentábamos del frío tomando vino, lo que nunca faltó. La bocina estridente e insistente del tractor nos despertaba a la mañana. A la noche nos dolía todo el cuerpo y nos hacíamos masajes mutuamente. Luego preparábamos comida, abríamos una botella de vino, hablábamos una especie de esperanto desesperado, todos sordos como yo, pero por causa del idioma. Me encantaba charlar con Pamela. Con la ayuda de un diccionario teníamos conversaciones trascendentes de sus viajes, su vida en Australia, un mundo tan lejano y distinto al mío. Cuando la cosecha terminó Pamela y yo nos sentíamos amigas aunque no la volví a ver nunca más. Ella se fue con Melanie a Canadá. Nosotros viajamos hasta Grecia y trabajamos durante seis meses en distintos pueblos del Peloponeso y Creta, en las cosechas de aceitunas y naranjas donde aprendí a hablar en griego… y traducir, a pesar de la sordera.

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Mi día empieza cuando conecto el procesador y termina cuando lo apago. Me lo quito para bañarme y para dormir. Me apoderé de los sonidos y ahora forman parte de mi cotidiano. Sigo con limitaciones auditivas porque sólo escucho con un oído, o mejor dicho, con un nervio. Si me hablan del lado muerto no entiendo nada. Tampoco sé de donde vienen los sonidos y cuando conversan más de dos personas juntas me quedo fuera. Me cuestan las reuniones, los grupos, las obras de teatro. Tengo dificultades para discriminar las palabras en la radio y la televisión pero para quien no escucha ni su voz la felicidad que me brinda el implante coclear es enorme.


Tuve mil problemas antes de la cirugía y los dramas personales tomaron dimensiones colosales por la imposibilidad de oír. La tristeza le dio forma al silencio, invadida por la soledad. Ya no quería vivir más. Me operé porque peor no podía estar y con pocas esperanzas, para completar. El día de la activación (un mes después de la operación) lloré como una magdalena cuando escuché la voz de la fonoaudióloga. Mi nervio respondió a los impulsos. Fue el inicio de una larga aventura. Luego aprendí a decodificar los sonidos y a escuchar natural con los electrodos. Mi nueva condición de bebé biónica despertó en mi una esperanza. La fonoaudióloga me recomendó escribir en un diario mis aprendizajes. Abrí el blog.


Escribí todas las semanas durante seis años . Era tanto lo que tenía para contar. Todos los días descubría un nuevo sonido, una nueva melodía, un pajarito cantar. No tardaron en llegar personas con problemas auditivos al blog buscando ayuda, un consejo, una esperanza. Para ese entonces mi felicidad era contagiosa porque vivía en estado de gracia permanente. Había nacido de nuevo.


El ser humano es un bicho de costumbre y eso pasó, me acostumbré a escuchar y me olvidé de la sordera. La necesidad de escribir desapareció. Aún brota un pensamiento lejano en forma de recuerdo de cuando el doctor Arauz me explicó que el implante es un aparato electrónico y como todos los aparatos electrónicos un día deja de funcionar. Ponele diez años – sentenció. Hace ocho años que lo tengo y todavía funciona. Lo trato con mucho cariño, claro. Le llevo a hacer una limpieza cada seis meses, lo protejo del agua, del polvo y la gata. En diciembre pasado pareció fallar. Escuché reiteradamente unos golpes de “martillitos” que parecían venir de los electrodos como si fuese un corto circuito. Entré en pánico. Me saqué el procesador, lo metí dentro del deshumificador y sólo lo volví a prender 48 horas después. Por suerte, los golpecitos no volvieron a perturbar mi paz pero estuve durante dos días invadida por el silencio que con una cachetada me devolvió a la realidad. El implante coclear no cura la sordera. Sigo sorda y seré sorda durante toda mi vida. Mi felicidad cotidiana se vio afectada. Su fragilidad me recordó que un simple desperfecto, una gota en el lugar equivocado, la podían arruinar.


¿Por qué me olvidé de sacar el implante antes de entrar en la ducha durante dos días consecutivos? Nunca lo había hecho antes en los ocho años de mi vida biónica ¿Habrá sido el resultado de una metamorfosis mental que incorporó el aparato a mi organismo cuál mutante? Estoy en el mismo lugar en que se le empezaron a derretir las alas a Ícaro. No me tengo que olvidar para que la caída no sea violenta porque el día que el aparato se rompa se acaba la diversión. No sólo tendré que enfrentar otra operación como además también tendré que hacerle frente a una siniestra burocracia que se dedica a impedir y busca mi cansancio. Para conseguir autorizaciones voy a tener que soportar antes largos meses en silencio.


Hay mucha gente con hipoacusia o sordera que se dice feliz con su condición. A mi, en cambio me duele el silencio, afecta mi salud física y mental. Es por eso que amo el implante coclear y sólo le tengo palabras de agradecimiento. No es propaganda, es lo que siento desde el fondo de mi corazón. Mi audición artificial me permite escuchar a la gente hablar, discriminar sus palabras, reconocer sus tonos de voz. También escucho el agua de la bacha y del el arroyo correr, a los pájaros cantar, a mi gatita maullar, la lluvia golpear contra el suelo, al viento bailar, al fuego crepitar. De todo escucho y ¡también escucho la música! No me saquen la música, por favor, no me alejen de mis seres queridos.


Perdón, me olvidé que soy sorda, yo sólo quiero escuchar.

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Cuatro años sin fumar

 

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El tiempo pasa para bien y para mal, pasé diecisiete años antes de fumar mi primer cigarrillo y diez años para dejarlo. También pasé treinta y cinco años de mi preciosa vida fumando. Mi adicción aumentó a lo largo de los años y llegó un momento que no me podía imaginar sin un cigarrillo en la mano. Me identificaba, me aseguraba, me otorgaba personalidad. Por lo menos eso era lo que yo creía pero tardé mucho tiempo para darme cuenta de lo equivocada que estaba. Escuché hablar de los males del cigarrillo cuando ya era una adicta. Me costó absorber esa información porque eso implicaba enfrentar mis fantasmas. Del paquete pasé a los dos paquetes diarios. A veces prendía un cigarrillo cuando ya tenía otro consumiéndose en el cenicero, sobre todo cuando pintaba, escribía o trabajaba con artesanía. El pucho pasó a ser mi compañero incondicional. En todas las situaciones me sostenía. En el dolor, la alegría, la sorpresa, en todo estaba él. Si salía a la noche me bajaba otro paquete entre charlas y cervezas. Me inquieté cuando empecé a despertar con el pecho en fuego.


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Un día sin saber cómo decidí dejarlo. Si otros pueden hacerlo yo también, pensé y no fumé. El primer día di vueltas por toda la casa buscando un modo de tapar el vacío. Me tiré a la comida pero lo compensé con ejercicios. A la semana el mal humor se transformó en desesperación. Todas las tardes me subía al auto y salía a toda velocidad por un viaducto mientras gritaba furiosa. Eso me calmaba por un rato. No podía dejar de pensar en mis ganas de fumar ni por cinco minutos. A los tres meses recuperé ciertos momentos de libertad. A los siete meses me pareció que ya lo había superado. Fumé unas pitadas, a los tres días me fumé un cigarrillo, a la semana me fumé siete y a los veintes días me había hundido nuevamente a mi mortal adicción. De ahí en más estuve dos años y medio repitiéndome todas las mañanas que debía dejar de fumar, sin resultado.


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El diagnóstico de los médicos fue feroz: Insuficiencia respiratoria y gastritis crónica. Tenía que dejarlo pero no me sentía capaz. Me recetaron Odranal. Me volví loca. Ese remedio es también un antidepresivo porque dejar de fumar causa depresión entre tantas otras molestias que genera la abstinencia. Pero yo no estaba deprimida. A las seis de la mañana despertaba a mis hijas y las llevaba a la playa. De ahí marchaba al supermercado, al banco, a trabajar, a cocinar y así todo el día. A la noche no conseguía dormir hasta las tres de la mañana. A los cinco meses recaí pero volví a dejarlo sin resultado. Recaí incontables veces hasta el día en que me diagnosticaron epoc. En ese entonces estaba en el silencio y era candidata para el implante coclear. No podía sola, busqué un grupo de autoayuda en la internet.


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Los grupos de autoayuda fueron fundamentales para desprenderme del cigarrillo. Los testimonios de otras personas y la información fueron dos factores decisivos. Conocer al enemigo en profundidad, saber cuales son los daños que causa, la manera de dejarlo, los mitos, los efectos físicos y psicológicos me sacaron paulatinamente de la sombra de la ignorancia. También conocí el epoc, qué es, qué causa, su mortalidad, como convivir con esa dolencia crónica. En los foros hice varios conocidos y algunos pocos pero buenos amigos con los cuales mantengo contacto hasta el día de hoy.


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Dejé de fumar con la ayuda del remedio Champix. Lo conocí gracias a los testimonios. Parecía milagroso pero los efectos secundarios eran muy fuertes y lo tuve que abandonar al mes de tomarlo, con un agujero en el estómago y confusiones mentales. A los dos años pensé que lo había superado y lo recompensé fumando un cigarrillo en una noche de fiesta, feliz de los felices, con ganas de arruinar tanta felicidad. A la semana estaba nuevamente en el horno. Seguí participando en los foros.


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En el año 2011 mi madre se enfermó y un año después se murió. Me escapaba de su cuarto con cualquier excusa para ir a fumar. Comía chicle, colocaba alcohol en gel en las manos y volvía a su lado. Ella se daba cuenta pero no me decía nada. Ocho meses después de su partida apagué mi último cigarrillo, pero de esta vez fue distinto. Estaba harta de matarme.


cigarrillos y muerte


El 15 de octubre de 2016 cumplí cuatro años sin fumar. Ya no me identifico más con el tabaco, no cuento los días, no pienso y no lo recuerdo más pero las recaídas me dejaron una enseñanza. No puedo fumar una sola pitada, nunca más. Soy adicta y el único modo de mantenerme alejada de mi adicción es NO fumando.


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A los que lo quieren dejar les digo que si lo conseguí yo cualquier persona puede conseguirlo. Que no importa cuantas sean las recaídas, de tanto intentarlo un día se consigue. Uno se olvida de las ganas de fumar NO fumando. No hay que pelearse con la ansiedad. Hay que tenerse paciencia, hay que tener convicción. Las ayudas son solo ayudas, el único que deja de fumar es uno mismo.


En este proceso crecí como persona. Aprendí a caminar sin la muleta emocional. Aprendí a caminar sola.


La perseverancia es necesaria, la convicción fundamental, vivir sin fumar el mayor regalo.


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Blog y facebook

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Durante seis años escribí ininterrumpidamente en este blog, especialmente sobre el implante coclear del que me beneficié en octubre del 2008. Transmití mi experiencia con esta tecnología que me devolvió una audición artificial. Mi vida cambió por completo, mi humor, mis relaciones, mi trabajo también. Transcribí las leyes que amparan a los discapacitados con el costo de la operación, el aparato, calibraciones y accesorios en Argentina. Transmití información porque la información es poder. Y un día dejé de escribir. Ya lo había escrito todo, por lo menos eso es lo que creía yo. Conocí el facebook. Me metí en los grupos de implantados y discapacitados auditivos. Cada día aparecía un nuevo grupo, siempre con los mismos usuarios, con las mismas historias, con las mismas informaciones, por lo menos así lo creía yo, y me cansé. Finalmente me alejé de los grupos y navegué por la internet, al principio de un modo ameno. Me reencontré con mis amigos de la infancia, con amigos de varios lugares del mundo que hacía más de treinta años que no veía, con los ex compañeros del colegio, con mi familia que vive en Francia, con mis amigos de Recife, donde viví veinte años. Alivió mis saudades, me alegré al saber de la vida de gente que quiero y tengo lindos recuerdos. Promocioné mi taller de pintura, que abrí gracias a la ayuda del implante coclear porque me permitió escuchar la voz de mis alumnos. Publiqué fotos de mis cuadros, vendí algunos de ellos, me encargaron otros. Mucho conseguí en el facebook pero llegó un momento que dejé de controlarlo, me comió el tiempo y la vida, se volvió una adicción. Ahora tengo celular, tablet y computadora conectados al facebook. A cada rato lo abro para ver lo que ya no sé qué, lo abro porque creo que me conecta pero finalmente me pierde, me desconecta de mi alrededor.


Cuando una persona es adicta las sustancias cambian pero la conducta permanece. He sido fumadora de dos paquetes diarios durante 35 años. Me costó una década dejarlo y me dejó un epoc de saldo con el que tengo que convivir de por vida. Pero no todo está perdido. Uno puede aprender a conocerse, a controlar sus adicciones, a crecer. Y ahora me toca desprenderme un poco del facebook, volver a la escritura, seguir con la pintura, brindar mis conocimientos y talentos porque el arte salva y yo soy una sobreviviente.


Y así empezamos una nueva etapa, siempre aprendiendo de nuestras falencias.


Bienvenidos amigos


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Juntos por los subtítulos

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Donde existe una necesidad nace un derecho y ese derecho es el que tenemos que reivindicar nosotros, los que escuchamos poco, poquito o nada, porque tenemos dificultad de seguir los programas de la televisión y las películas nacionales cuando no tienen subtítulos.


Algunos programas de la televisión tienen subtítulos, pero cada vez son más las películas dobladas, sobre todo los fines de semana. En la televisión a cable se paga un adicional para tener acceso a todos los programas con subtítulos, y claro, las personas con discapacidad auditiva también tienen dificultad en conseguir un empleo, y por ende les falta dinero para pagar ese adicional.


En la televisión abierta existen los subtítulos ocultos, o closed caption (CC), sobre todo en los noticieros y novelas. Ese sistema deja mucho que desear y debe mejorar. A veces parece que el interprete se quedó dormido porque deja de escribir durante varios minutos para luego mandar una catarata de palabras con faltas de ortografía, omitiendo algunas o cambiándoles el sentido y dejando al telespectador con la frustrante sensación de no haber entendido nada por haber recibido el subtitulado fuera de tiempo y de forma errada. Los defensores del CC alegan que la traducción está hecha en tiempo real. Pero eso no me convence porque los traductores simultáneos hacen su trabajo bien y está hecho en tiempo real. Imaginen un traductor simultáneo cambiando el sentido de la oración en la ONU. Les pagan bien, muy bien, pero eso demuestra que se puede hacer. No sé como funciona con los interpretes de CC. Es posible que les paguen poco. Además ese sistema, que está en manos privadas, no tiene competencia en el país. ¿Qué pensarán los interpretes cuando escriben cualquier cosa? ¿Será que les da impunidad traducir a una pequeña comunidad que no se puede defender? ¿Se dirán? : “Total, no escuchan así que no saben lo que hemos traducido mal”. Pero a veces no traducen, simplemente escriben letras al azar que no llegan a formar una palabra. Por eso no me conformo con eso que dicen algunos de mis colegas de que es mejor eso que nada. Tenemos necesidad y derecho a un CC de calidad.



La sociedad todavía no está preparada para la inclusión plena. Ciertos programas en la televisión abierta llevan la pequeña ventana con una interprete de señas para los sordos  porque no saben que no todos los sordos son gestuales, ni entienden ese idioma. Yo soy una de ellas y necesito de los subtítulos para seguir un programa o película en la televisión.


Como muchos saben soy sorda profunda y usuaria de un implante coclear. Mucha gente cree que por tener un implante uno se transforma en un oyente, pero no es así. Escucho con 24 electrodos y tuve que hacer una reeducación para decodificar los sonidos. Escucho con un sólo oído que no es lo mismo que con dos. Intenten tapar un ojo, es lo mismo con la audición. Escucho la televisión pero no entiendo lo que dicen, por causa del audio. A veces entiendo mejor que otras pero nunca entiendo bien (aclaro, discrimino las voces pero me cuesta cuando es una radio, televisión, videos y cine).


Hace unos meses atrás nuestra colega Rosario se presentó en nombre de la fundación San Francisco de Asis en la Defensoría del Público junto a otras asociaciones, ONG y agrupaciones para hacer el reclamo, lanzar una campaña para difundir la necesidad de subtitulado en todos los canales, dar a conocer la existencia del CC y pedir que estos últimos mejoren.


Junto con Rosario, Diana, Ceci y Doris abrimos una página en el facebook para difundir y darle continuidad a la campaña por los subtítulos. Los oyentes también están invitados, a los que les interesa escuchar la voz de los actores porque forma parte de la actuación, o porque se solidarizan con nuestra necesidad. Estamos recopilando y publicando frases en forma de carteles. Frases que escriben porque queremos subtítulos. Frases mias, frases tuyas, frases nuestras, para que entre todos logremos que la sociedad y los profesionales de la industria audiovisual escuchen cuál es nuestra necesidad.


Los invito a entrar a Juntos por los subtítulos y se sumen a la campaña con un me gusta. Si quieren compartir sus inquietudes, nos pueden mandar una frase y con gusto la adaptaremos en forma de cartel.


Hagamos ruído, luchemos por la inclusión.


completa la frase web

Tres años sin fumar

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Dejar de fumar no fue una tarea fácil para mi. Estuve 14 años para lograrlo. Durante ese tiempo pasé por muchas etapas. Primero fue la desesperación. No sabía vivir sin un cigarrillo en la mano. Me acompañaba en las reuniones sociales. Me permitía lidiar con situaciones difíciles, con la soledad, los estudios, las conquistas, el trabajo y con la otoesclerosis que avanzaba sin prisa y sin pausa hacia el silencio total.


La primera vez que dejé de fumar me quería morir. La necesidad de prender un cigarrillo se transformó en una obsesión. Era el único pensamiento que tenía, todo el resto en mi vida era secundario. Estuve siete meses sin fumar, cuesta arriba, llorando y puteando en casa, en la calle, en la playa, en el auto, en cualquier lugar. Finalmente me quebré y volví a prender un cigarrillo. Fue mi primera experiencia sin tabaco que terminó en fracaso pero me dejó una enseñanza: supe que podía vivir sin fumar.


Luego de la recaída estuve durante dos años diciéndome, la semana que viene lo dejo de nuevo. Pero no lo dejé, al contrario, fumé el doble, el triple, en una eterna despedida. Mis pulmones sufrían en silencio por la falta de oxígeno. A la mañana despertaba con el pecho en fuego, me costaba respirar.


La palabra epoc la conocí de causalidad con los adventistas. No le di importancia, no tenía cáncer y eso era lo que importaba. Cuando supe que epoc era una enfermedad mortal me asusté pero mi adicción fue más fuerte. Me mentí, oculté la realidad, minimicé la gravedad pero me dolía el pecho, tenía un agujero en el estómago y no podía respirar. Busqué ayuda en la internet.


El quitómetro fue el primer sitio de autoayuda que conocí. Allí aprendí que era adicta y que pedir ayuda era un paso esencial para la recuperación. Leí los testimonios de otros fumadores y así supe que lo que me pasaba a mi le pasaba a ellos también. Con mayor o menor intensidad todos sufríamos lo mismo por causa del tabaco, pobres discapacitados emocionales, escondidos detrás de una cortina de humo.


El quitómetro cerró sus puertas, otros grupos se formaron. Busqué ayuda en Chau pucho, siempre sin éxito. Mis colegas dejaron de creer en mi pero yo seguí intentándolo. Mi vida dependía de eso. El epoc era mi condena, una muerte lenta y dolorosa.


Apagué el último cigarrillo el 15 de octubre del 2012 a las seis de la tarde, sin bombos ni platillos. Le habían diagnosticado cáncer a un ser querido. El tabaco era responsable por su enfermedad y mismo así fumó a la salida del hospital. Esa imagen patética actuó como un disparador, la gota de agua, el hartazgo. Aplasté el cigarrillo en el cenicero y partí a Chau pucho desesperada pero segura de que esa tortura no podía continuar. Cuando llegué al edificio la puerta estaba cerrada, habían cambiado los horarios. No había vuelta, con ayuda o sin ayuda debía continuar. Fui a la casa de una amiga que vivía a pocas cuadras de Chau pucho y por suerte me abrió la puerta, se solidarizó conmigo y nos fuimos las dos a comer rico, a charlar, a llorar, a celebrar la vida.


Dejé de fumar sin remedios ni grupos. No sufrí, no lloré, no me puse nerviosa. No sentí síndrome de abstinencia. Nada. Fue fácil, fue increíblemente fácil, como si de un milagro se tratase. Había encontrado finalmente la convicción y con ella había encontrado la salida. Había perdido el miedo.


Es por eso que vuelvo a escribir en el blog, porque no puedo dejar pasar este día, el día que recuperé mi libertad, el dia que me hice adulta, el día que vencí a mi peor enemigo, hace exactamente tres años atrás.


A todos los que fuman les mando este mensaje: Si yo dejé de fumar, todos lo pueden dejar sin excepción, y mejor todavía, hay vida después del tabaco, hay libertad, hay salud.


HOY NO FUMO

Y mañana tampoco

Salvador (La verdulería)

Esta es la verdulería que está a la vuelta de mi casa. Resiste a la especulación inmobiliaria del barrio (su terreno vale una fortuna) Te dan frutas y verduras de “yapa” (o sea, alguna de regalo) y cuando vas a pagar también te cobran un poco menos. Hay dos perros, el que está recostado bajo la pierna del verdulero Salvador, es celoso y no deja que se le acerquen. El que está en primer plano es más cachorro y juguetón. Siempre anda con un limón de pelota. Te la pone a los pies y te pide que se lo lances. Es pura vida, pura alegría, una explosión de colores en el medio del cemento.

Verduleria rezized