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Archive for the ‘anecdótas de mi sordera’ Category

viñedos

Llegué al festival de teatro de Avignon escapando del frío gris de Paris. Lo conocí a Pedro en la feria de artesanía. Chileno, había llegado a Francia de Venezuela donde trabajó en una petrolera. No sabía francés, no conocía a nadie. Confeccionaba mocasines de cuero de bebés para otro chileno que lo explotaba y se aprovechaba de su frágil situación. La segunda vez que me lo encontré me ofreció ser su socia. Había copiado los moldes de los mocasines en un papel. Su idea era confeccionarlos y venderlos juntos. Yo también estaba jugada. Acepté. Pocos días después se nos unió Tino, otro chileno sin talento para la artesanía pero con plata. Pagó la materia prima. Compré cueros de colores y mostazillas de colores también, que los combinaba con plasticidad. Nos fuimos los tres a la Côte d´Azur, más precisamente a Saint Tropez, abarrotada de turistas.


EI el puerto de Saint Tropez instalamos nuestros zapatitos en encima de una manta, en la vereda. Montones de turistas se acercaron fascinados por los colores de los mocasines pero también por nuestra pinta de indios sudamericanos. Tino parecía más bien indonesio y Pedro mapuche. Mi pelo negro y piel bronceada combinaba con ellos dos. Recuerdo el día que un alemán se nos acercó y preguntó si éramos indios. Le inventé una historia de nuestros ancestros y los mocasines que lo hicieron viajar mentalmente a una película de Indiana Jones. Con prudencia me pidió permiso para sacarnos una foto. Le contesté que primero tenía que pedirles permiso a mis “hermanos”. Me lo imagino todavía mostrando la foto a sus amigos y familiares.


Pamela había llegado desde Australia (su país de origen), primero en barco hasta el continente asiático y luego por tierra hasta Francia. Ella también parecía una india. De padre inglés y madre aborigen, era mestiza. Tenía una larga y lisa cabellera de color negro azabache y unos ojos oscuros y penetrantes, de quien viajó miles de kilometros sola y con poco dinero. En Saint Tropez Pamela conoció a Melanie, una chica canadiense q hablaba inglés y francés. Al envés de Pamela, Melanie tenía una mirada dulce y el pelo de color castaño claro prendido con dos trenzas. Era una chica country. Amaba a Neil Young, se vestía con pantalones babucha de colores, tocaba la flauta traversa y una armónica. Era la traductora de Pamela, que como buena anglo parlante no sabía hablar otro idioma que el inglés. y yo fui la traductora de mis “hermanos”, pasando por encima de mi sordera.


Cuando la temporada de verano llegó a su fin nos juntamos a platicar y decidir que hacer de nuestras vidas. Nadie quería volver adonde sea. En La Provenza había empezado la vendimia. Nos tomamos el tren y fuimos hasta Nîmes, una ciudad rodeada de viñedos. Encontramos trabajo enseguida pero tuvimos que esperar un día para comenzar y no teníamos dinero ni lugar para dormir mientras tanto. Nos separamos en dos grupos. Yo me quedé con Pamela. Al poco tiempo de andar descubrimos una casa abandonada cerca del centro. Compramos una lata de salchichas y velas. Cuando llegó la noche trepamos el portón y aterrizamos en el patio, bordeado por la casa . Nos instalamos en una habitación en el ala izquierda. Prendimos dos velas y con un cuchillo abrimos la lata. Un movimiento distrajo mi atención para el lado de la ventana. Advertí una silueta en el ala derecha de la casa. No tuve tiempo de comentárselo a Pamela que con dos soplidos apagó las velas, tomó un cuchillo y me entregó otro a mí.


— Shut up, Escuché unos ruídos. Hay alguien. — susurró
— Yo lo vi, Pamela, i see, there, mira ahí, ¿la ves?

Arrodilladas debajo de la ventana, asomamos la cabeza para ver. Me temblaba la mano.

— No veo la silueta — me dijo
— ¿Pero la escuchás?
— Si
— Yo no la escucho, la veo…

Tembló mi mano sin control,

— No sé usar un cuchillo… ni quiero — le confesé en inglés básico
— ¿Qué hacemos, luchamos o nos vamos? — preguntó sin escucharme
— ¡Nos vamos!


Saltamos por la ventana y corrimos por el patio hasta el portón. Trepamos, sin mirar atrás. Sentí unos ojos apuntando mi espalda. En la calle corrimos hasta perder el aliento. Fuimos hasta la estación de tren. Aliviadas, subimos a la terraza buscando un lugar para descansar. No habían bancos ni nada. Nos acostamos en el piso. Apoyé mi cabeza encima de la mochila, del oído derecho, con el que algo escuchaba aún. Cuando el silencio se hizo verbo dormí profundamente hasta el momento que Pamela me golpeó el hombro sin querer, cuando empujó al tipo que se acostó a su lado y le acarició el pelo mientras ella dormía.


Pocas horas después nos encontramos con Pedro, Tino y Melanie en la estación. Cuando llegamos al viñedo el patrón nos dio abrigo en una casa de piedra cerca de la bodega. Las camas eran colchones tirados en el piso, la cocina no tenía heladera y sólo podíamos comer de a dos en la mesa porque faltaban 3 sillas. A la noche nos calentábamos del frío tomando vino, lo que nunca faltó. La bocina estridente e insistente del tractor nos despertaba a la mañana. A la noche nos dolía todo el cuerpo y nos hacíamos masajes mutuamente. Luego preparábamos comida, abríamos una botella de vino, hablábamos una especie de esperanto desesperado, todos sordos como yo, pero por causa del idioma. Me encantaba charlar con Pamela. Con la ayuda de un diccionario teníamos conversaciones trascendentes de sus viajes, su vida en Australia, un mundo tan lejano y distinto al mío. Cuando la cosecha terminó Pamela y yo nos sentíamos amigas aunque no la volví a ver nunca más. Ella se fue con Melanie a Canadá. Nosotros viajamos hasta Grecia y trabajamos durante seis meses en distintos pueblos del Peloponeso y Creta, en las cosechas de aceitunas y naranjas donde aprendí a hablar en griego… y traducir, a pesar de la sordera.

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Olivia Castro Cranwell

Lo deben hacer a propósito, para que una pierda el control y así dominar la situación – se dijo. Estaba nerviosa, hacía media hora que esperaba en un despacho para ser entrevistada. Quería el trabajo a toda costa. No fue porque le gustase ser recepcionista, pero sí por su necesidad de ganar plata, para que su madre dejase de tratarla como una incapaz. Ella podía trabajar a pesar de su limitación y así quiso demostrárselo. Ya sé que recepcionista no es lo mejor para mi, pero bueno, es lo que ofrecen- pensó.


Se arregló la pollera en forma de tubo mil veces. Dejó entrever parte de sus piernas para atraer la mirada, pero no demasiado para no parecer puta. Se arregló el pelo, no soportaba que el rulo de su flequillo tomase la curva al revés. Se lo había alisado para la ocasión, pero el rulo volvió a surgir, triunfante, con las tres gotas de transpiración que cayeron por su frente. Además, temió que la transpiración hiciese una pasta con el maquillaje que expandió por su rostro para parecer bronceada y esconder su blancura de verano haciendo la plancha en su bañadera llena de agua fría. Uno es pobre pero tiene dignidad – se dijo, orgullosa.


Escuchó su corazón latir como un despertador a cuerda cuando se abrió la puerta. En la sala entró un hombre de estatura mediana, ojos azules, canoso, delgado, un hombre bastante atractivo si no fuese por un enorme bigote que le tapaba el labio superior ¿Cómo es posible que tenga tanta mala suerte?- pensó decepcionada. El hombre se dirigió hacia ella, le apretó la mano con fuerza y dijo


– Buenos días, mi nombre es Norberto -. Se sentó del otro lado del escritorio, frente a ella- ¿Y usted cómo se llama?- le preguntó.

– Camila, señor.

– Me puede llamar Norberto.

– Gracias… señor.


Norberto le pidió el currículum con una sonrisa amigable. Ni la sonrisa me ayuda –suspiró Camila. Le miró la boca con insistencia, esperando comprender.


– El currículum, por favor- insistió mientras extendía la mano hacia ella.

– ¡Ah, claro!, ¡el currículum!


Cuando abrió el bolso para buscar la carpeta se le cayó el lápiz labial al piso. Se agachó para recogerlo y el bolso se le dio vuelta dejando caer todo lo que llevaba dentro. Nuevas gotas de sudor destiñeron el rimel que chorreó por sus ojos. Se los quiso frotar pero supo que sería peor. Su corazón parecía una locomotora. No consiguió disimular tanta torpeza. Se arrodilló para recogerlo todo y su pollera se levantó dejando entrever sus muslos. Tiene buenas piernas- pensó Norberto, divertido con la situación. Contuvo la risa y recogió una moneda que aterrizó al lado de su zapato. Se la entregó con un gesto compasivo.


– Disculpe, gracias, disculpe– repitió Camila, con la mirada baja.


Finalmente juntó todo, sacó el papel de la carpeta, cerró la bolsa, se volvió a sentar y acomodó el mechón rebelde, furiosa. Le entregó el currículum con una mueca en forma de sonrisa. Con un guiño, Norberto tomó el papel, le agradeció y preguntó cuántos idiomas sabía hablar. Camila, mientras tanto, le estudiaba el bigote como hipnotizada. Parecía una obsesión. Norberto se sintió incómodo pero también halagado con la actitud de esa chica torpe y hermosa; hay que reconocerlo– pensó. La miró, inclinó su cabeza como lo haría un cachorro al escuchar un silbido y con una sonrisa esperó su respuesta. En vez de eso Camila le pidió si podía repetirle la pregunta mirándolo fijamente a los ojos y luego al bigote, como si estudiase un mapa indescifrable que le revelaría dónde se encontraba el tesoro.


– Es un poco tonta esta chica, aunque bella; hay que reconocerlo ¡Y cómo me mira! ¿Tendré monos en la cara?, digo. Me parece que lo que ella quiere es algo más que un trabajo- sostuvo. la miró con curiosidad , tosió y le repitió pausadamente.

– Idiomas, ¿Cuántos idiomas habla?

Camila, sin perder de vista el bigote de su interlocutor, respondió

– Dos, señor: español y portugués.

– Llámeme Norberto- insistió y continuó -. Qué pena que no hable en inglés, es un idioma imprescindible en el ámbito hotelero -. Cómo me mira esta mina- no pudo dejar de pensar.

Camila leyó los pensamientos de Norberto e intuyó sus palabras perversas sin despegar su atención del bigote y los labios que se escondían detrás de él, bailando con los sonidos graves que Norberto emitía por su boca.


– Una pena – volvió a repetir.

– Una pena ¿qué?- le preguntó ella.

– Una pena que -… ¿Será o se hace? No me escucha pero tampoco deja de besarme la boca con los ojos, eso sí.


Se miraron por un rato que les pareció una eternidad.


– Que no hable inglés, ¡es una pena!


Camila se sobresaltó con el grito de Norberto.


– Algo de inglés hablo, me las arreglo, pero no lo domino como el español y el portugués. Me presenté a la entrevista porque hoy en día hay muchos turistas brasileños en la ciudad, ¿no es así?-. No es tan tonta, me respondió con determinación. No entiendo. Si no es tonta, ¿qué es? ¿loca? Sí, es loca, pero linda, hay que reconocerlo. Continuó con la entrevista:


-Es cierto, tenemos muchos brasileños últimamente pero necesitamos personal que domine el inglés porque es un idioma universal. Tampoco hay que olvidar que tenemos turistas de todas partes de Europa y casi todos ellos hablan en inglés. Y los americanos, obviamente, que no son tantos, pero siempre los hay-…Camila se enroscó con los movimientos misteriosos del bigote de su interlocutor, tan grueso, tan largo, un estorbo a su parecer. Perdió la noción del tiempo y del espacio-.Pensamos ampliar nuestro mercado en Oriente. Cada día llegan más chinos a nuestra ciudad, que se comunican con nosotros en inglés, obviamente -… La entrevista se estancó en un lejano plano, inaccesible a ella. Necesitaba atravesar esos bigotes y llegar a los labios de su entrevistador para que le otorgasen esa tranquilidad que solo ellos le podrían dar en un momento tan íntimo y aterrador como ese.


– No sé señor, no sé si esto vale la pena- balbució sin desviar su vista de la boca de Norberto.


Él no quiso dejarla ir. Esa chica era algo tonta, muy loca, pero preciosa y estaba muerta por él. Nunca una mujer llegó a desearlo de ese modo en una estúpida entrevista. Sus bocas se encontraron a pocos centímetros de distancia la una de la otra. Ella se le había acercado poco a poco con cada palabra que él le había pronunciado. Norberto se enamoró de esos ojos color miel que lo miraban con desesperación implorando por su amor. Cerró los ojos y la rozó con los labios. Camila despertó de su confusión con la lengua de su entrevistador dentro de su boca y se echó para atrás violentamente. Se incorporó en el asiento y lo miró con exagerado asombro. No pudo contener las lágrimas de la indignación y preguntó


-¿Qué hace, se volvió loco?

– ¿Vos creés que me podés engañar, pendeja? ¡No dejaste de desearme en toda la entrevista!

– Señor…

– No me digas señor, ¡decime Norberto!- le gritó furioso.

– ¡Señor Norberto!- exclamó triunfante-. Norberto es su nombre, claro, ya me lo había dicho antes, claro-. Señor, Norberto, ¿de donde sacó esa descabellada idea?

-¿De donde? De tu mirada, nadie te mira así porqué si. Moriste por mí, no sé porqué pero eso fue lo que sucedió y ahora te venís con una de santita.


Camila se arregló el flequillo, se levantó, bajó su pollera tubo hasta las rodillas, acomodó su bolso en el hombro, se dirigió hasta la puerta y le dijo


– No, señor Norberto, y no me tutee, por favor. Lo único que le miré es su horrible bigote, por no poder mirarle la boca, más precisamente el movimiento de sus labios, porque yo escucho y miro con los ojos, cosa que usted no pudo darse cuenta, ¡idiota!-. Salió dando un portazo.


Del otro lado de la puerta Norberto se dijo, ¡Menos mal! Me saqué una loca de encima; hermosa, hay que reconocerlo.

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mi sordera


La sordera es una discapacidad invisible, tan invisible que solo se dieron cuenta que no escuchaba del oído izquierdo a mis 14 años cuando en realidad ya no escuchaba más desde los seis.


-¡ Prestá atención! – gritaba mi madre -. A ver, repetí, ¿Qué te dije?



Mi palabra preferida era ¿Qué? Mi comodín.


En el colegio era tímida y me sentaba en el último asiento, en la esquina opuesta a la que estaban los profesores, para que no me llamasen al pizarrón. En clase me la pasaba dibujando, los profesores se enojaban porque no les prestaba atención. Me arrancaban la hoja y me obligaban a mirarlos. Yo me perdía entre los movimientos de sus misteriosos labios porque que no los sabía leer, ni sabía que era hipoacúsica, solo sabía que era una chica distraída que vivía en otro mundo y le importaba un bledo lo que pasaba a su alrededor.


– ¡Lo hiciste a propósito! – reclamaba Inés luego de una prueba, porque no le había soplado las preguntas.

– No te escuché, le respondía, pero ella no me creía y se enojaba conmigo.

Yo pensaba que no le había escuchado porque había hablado en voz baja.



Era ignorante, me parecía normal no oír el insoportable tic, tac del despertador al girar la cabeza en la cama. Se lo atribuía a la posición. Lo mismo me pasaba en el cine cuando me hablaba una amiga del oído sordo. Me daba vuelta y la escuchaba. Se lo atribuía a la acústica.


En el recreo siempre leía un libro. Mi mente viajaba con las palabras, frases, párrafos y capítulos, a lugares remotos y hermosos, a veces tenebrosos y otros dolorosos. En esos lugares donde nadie me criticaba por no prestar atención, ser egoísta, vivir en la luna; por ser una adolescente que solo sabe mirar su propio ombligo y nada más.


Y luego vino la juventud. Me sentía insegura porque no aceptaba mi discapacidad, que descubrí a los 14 años gracias a la lucidez de la profesora de ciencias. La otoesclerosis avanzaba y cada día escuchaba peor. No me gustaba ir a las fiestas porque la música me aturdía y la oscuridad me alejaba de las personas. Me sentía invisible y extranjera. Sólo Sartre y Camus entendían la soledad y el absurdo de la existencia. Esos comportamientos pasaron inadvertidos por mis padres, porque era adolescente y todos los adolescentes son unos inadaptados.


La gente nunca me registró como una persona sorda (la palabra hipoacúsica la conocí mucho después) . Me veían rara, antipática, extravagante, tímida, soberbia – de todo – menos sorda.


Un poco por la dictadura y otro poco por la difícil relación que tenía con mi padre, a los 22 años me fui de Argentina, con una mochila en la espalda. Pasaron muchos años para darme cuenta que también quería escapar de la sordera y pasaron otros tantos años más para aceptar esa realidad.


Blanqueé la situación. Compré un audífono. Empecé a presentarme con un: Hola, hablame despacio porque soy sorda. Me adapté.


Tuve una vida normal a pesar de las dificultades que se me presentaban diariamente por el hecho de no escuchar. Se aprovechaban de mi discapacidad en el trabajo y en las relaciones. Hasta mi hija se aprovechaba para hacer pavadas sin que la molestase. Mis parejas igual.


Tuve mucha dificultad en crear una pareja. Al principio todo era maravilloso, nos comunicábamos bien porque en esos momentos de magia no necesitábamos hablar. Cuando el idilio terminaba, los problemas de comunicación empezaban y la sordera era un factor esencial para que eso sucediese.


Siempre viví siempre entre oyentes (no conocía sordos). Fui feliz y todavía lo soy. Tengo proyectos, amigos, familia, hijos, nietas y la pintura. Además tengo un implante coclear que me permite escuchar un universo de sonidos, que sin él, dejan de existir. No me puedo quejar, pero a veces, cuando tengo problemas de comunicación, que me causan gran frustración, me pregunto: ¿Por qué no? ¿Por qué no me puedo quejar cuando me dejan sola por la falta de audición?


Tengo que hacer un esfuerzo para estar comunicada y las personas que conviven conmigo también lo tienen que hacer. A decir verdad tengo que hacer un esfuerzo para estar comunicada con cualquiera, pero cuando el vínculo es más estrecho, el esfuerzo es mayor porque también lo es el amor.


¿Cómo puedo explicar lo que oigo y escucho? ¿la diferencia de los dos? ¿la confusión entre los dos? ¿la distorsión? ¿la interpretación? No lo sé, lo intenté por todos los medios, no se puede, no se explica, se siente, y nada más. Lo mismo le pasa a un oyente cuando quiere explicar la música a quién no la conoce. No puede.


Mi hija es la que mejor me entiende, porque es la persona que mejor me conoce. Tuvo que sobrevivir con una mamá hipoacúsica, ser sus oídos también.


– No me estás escuchando, mamá – me dice cuando me distraigo. Los gestos de mi cara cambian, es algo sutil, que pocos pueden leer. Es la cara hago que te entiendo.


Dejo de escuchar por muchos motivos, y uno de ellos es el cansancio. En esos momentos vienen los problemas del tipo:


– No te interesa mi vida, no me prestás atención.

– Me interesa, pero no te escuché.

– Me estabas mirando cuando te hablé.

– Pero no escuché, soy sorda.

– Pero no parecés sorda, yo me olvido que lo sos.


Ya no sé si tomarme eso como un cumplido o como un problema. La gente no me comprende porque no me acepta como sorda. Y lo soy, escucho con un solo oído y con un aparato electrónico.


Parezco oyente por tres motivos. El primero porque la sordera es invisible, el segundo porque hablo como una oyente.


– Es un milagro, me dijo un médico

– Es un caso excepcional, me dijo el otro.


Por último tengo un cerebro de oyente. Me crié entre ellos, fui a un colegio común, sin fonoaudiólogas, ni lectura labial.



A decir verdad me crié con un hipoacúsico también – mi padre – pero se comportaba como un oyente insoportable, que tomaba alcohol y gritaba como un energúmeno. Sobrevivía con un audífono en un mundo hostil, sin fonoaudiólogas, ni lectura labial. Era el guerrero incomprendido, fuerte por fuera y frágil por dentro. Abandonado a su silencio.


A pesar de todo eso él me enseñó a enfrentar mi discapacidad con dignidad, a vivir con actitud.


Por eso vuelvo a repetir:

Soy sorda pero nadie me escucha

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Creo que fue la sordera, o por lo menos tuvo algo que ver, que hizo de mi una adolescente tan solitaria y huraña. Me sentía desencajada en el mundo. Mientras los chicos se divertían en las fiestas yo leía en un rincón. Cuando leí “El extranjero” de Camus, tuve una revelación. Me identifiqué tanto con el personaje que dejé a mi novio a cambio de la compañera soledad. Ese era mi destino: la soledad. Era el único refugio contra el mundo hostil y ruidoso que me rechazaba y yo no sabía porqué.


Cuando me escapé a Paris fue peor. El clima frío y gris hicieron de mi soledad un fargo más pesado de llevar. Los parisinos me resultaban insípidos y distantes. Y eso que nací en Paris y estudié en un colegio francés. Eso no impidió que tuviese un choque cultural lejos de mi Buenos Aires de crianza. En vez de integrarme con los franceses, me junté con los refugiados latinoamericanos, tan desencajados como yo y lejos de sus países. Neke era uno de ellos. Nos hicimos amigos al instante. Él era chileno, yo me sentía argentina y Paris nos convirtió en hermanos. Un día fuimos juntos a la estación de tren, la Gare du Nord, donde parten y llegan trenes de varios puntos de Europa. Es una estación enorme y llena de movimiento. Nos paramos en el medio de camino entre los andenes, las escaleras con dirección a los subtes, las boleterías y la salida. Una multitud iba y venía llena de rostros serios, enojados y preocupados, con los ojos vacíos de presente. Neke y yo nos agarramos del brazo para que la marea de gente nos nos atropellase. El bullicio se transformó en un sonido mas cruel que el silencio y la soledad se hizo carne, porque en el lugar donde se está más solo, es en el medio de la multitud.


Es por eso que me fui a vivir a Brasil, en busca de contacto humano. Allí nació mi hija, acepté mi sordera y compré un audífono. La soledad dejó de ser mi mejor compañera. Con los años llegó la era de la globalización y de la comunicación. El sistema se infiltró por todos los rincones del planeta. Me resistí, pasé muchos años antes de comprar mi primer celular. Mientras tanto la internet, la telefonía y las redes sociales mantenían a millones de personas conectadas las 24 horas del día con gente que vive lejos y muchas veces no conoce personalmente, pero desconectada con las personas que están a su lado. La incomunicación de la comunicación, una soledad camuflada. Finalmente caí en la trampa.


facebook


La internet ofrece una fuente ilimitada de información y si se la sabe manejar resulta beneficiosa. En su momento me ayudó a escapar de la soledad del silencio, cuando perdí totalmente la audición. El problema consiste en saber utilizar esta herramienta sin caer en el exceso, en la adicción, otra forma de alienación de este siglo XXI.


El facebook es una cosa seria. Me escandalizo porque los osos del Ártico están amenazados, de las inundaciones de un país que ni sé pronunciar su nombre, de las crueles corridas de toros que por suerte no ocurren en mi país, de las chicas que secuestraron en Nigeria y de muchas otras noticias, serias y dolorosas que leo y también firmo, como repudio. Fue alentador saber que no se lapidará a esa pobre mujer por haberse hecho cristiana en Sudán, gracias a la presión “internacional”. Me sentí responsable por su salvación, porque firmé la petición de Amnistía pero puede ser que eso no tuvo nada que ver con la anulación de la pena. De todos modos me afectó y seguí firmando de acá para allá miles de peticiones, contra miles de injusticias terribles que suceden por el mundo y me entero por la internet. Pierdo la esperanza con la gente que se aprovecha de estas situaciones y se dedica a engañar y mentir. La otra vez compartí en mi muro un artículo sobre la desaparición de una niña, que no era cierta, al igual que la muerte del Chavo del ocho, que lamenté. Lo matan todas las semanas a ese pobre hombre pero sigue tan vivo como yo. Luego están los mensajes melosos, a veces hermosos y otros tontos sobre el amor, la paz, la bondad y frases célebres de personalidades importantes de la humanidad. Y el humor, no falta el humor que invade los muros con frases y chistes de todo tipo. Con la política no se juega y muchos ponen el alma sobre el teclado para defender sus ideales con injurias, desprecios y odios. Todos son justicieros, bien sentaditos en sus sillas, con un café calentito sobre la mesa que apoya el arma letal: la computadora. Hay de todo en la viña del facebook.


En el facebook puedo intercambiar informaciones, muchas veces interesantes. El problema es que soy curiosa (más de uno dirá que soy mujer) y me quedo horas mirando las noticias, de gente que ni sé quién es y ni me interesa saber, porque están ahí. Una foto que me llama la atención, una frase ingeniosa, un mensaje y se me fue la tarde. Algo anda mal, caí en la trampa. Mientras pierdo la mayor parte del tiempo dando vueltas por el facebook dejo de hacer lo que realmente me importa allá afuera, en el mundo que llaman realidad. Me quejo por no tener tiempo de escribir, ni de pintar. Dejo, mejor dicho, dejamos de compartir con Germán momentos preciosos de nuestras vidas, al estar juntos pero distantes, cada uno con su tablet en mano, horas y horas boludeando en el facebook. El sistema nos comió, la ciencia ficción se hizo realidad y 1984 dejó de ser una novela.


El facebook me ha regalado muchos amigos, devuelto los que había perdido en el camino, acercado con mi familiares que viven en países distantes. Ahora tengo que recuperar los que viven a mi lado.


Con permiso, me voy a cenar con Germán.


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nieves mateando


Es muy triste recordar como vivían los sordos hasta el siglo XIX. Estaban excluídos de la sociedad y se los consideraba tontos o locos porque no tenían herramientas para expresarse. No existían los audífonos, ni la fonoaudiologìa. A los más pobres se los internaba en hospicios. Artistas geniales como Bethoveen y Goya se volvieron insoportables al perder la audición pero en la desesperación del silencio crearon sus mejores obras.


Hoy en día hay muchas formas de comunicación para los hipoacúsicos y sordos. Audífonos, implante coclear, fonaudiología, lenguaje de señas, internet, celular con vibración y mensajes de texto son algunas de ellas.


La internet me salvó la vida. Permitió que continúe comunicada a pesar del silencio. Se acortaron las distancias con amigos y familiares que tengo desparramados por el mundo y con quienes no puedo hablar por teléfono. En el Facebook lo puedo ver todo. Los viajes, las fotos, los estados de ánimos y acompañar el día a día de mis amigos lejanos sin la necesidad de escuchar.


Cuando el médico me dijo que tenía epoc busqué un grupo de autoayuda para dejar de fumar. Me fue mal porque no podía seguir el hilo de los testimonios. No oía las voces ni discriminaba las palabras. Busqué en la internet y encontré una página sensacional: El Quitómetro. Conocí mucha gente en la misma situación que yo, todos locos de atar por la abstinencia de la nicotina. Casi dos mil integrantes escribían sus experiencias y luego interactuaban en un chat fenomenal. Hacía poco que había vuelto a vivir en Argentina. No tenía trabajo y luchaba para obtener la autorización para el implante coclear del que era candidata. Estaba sola y deprimida con el silencio como única compañía. Me la pasaba sentada frente a la computadora y escribía mis pesares en el Quitómetro, con el afán de encontrar la convicción para abandonar al tabaco – mi mejor amigo – el que siempre estaba a mi lado, mismo en ese momento de gran soledad. Tenía que dejar de fumar pero no quería. A decir verdad no sabía como vivir sin un cigarrillo en la boca.


Estuve dos años enganchada al Quitómetro, hasta el día que cerró sus puertas por distintas disputas entre los integrantes del sitio. Ya les dije, todos estaban irritados y nerviosos por la abstinencia. Tuve miedo de quedar sola, necesitaba de apoyo para dejar de fumar.


En el Quitómetro la conocí a Nieves. Ella llegó dos años después que yo pero con una convicción férrea. Ya lo había decidido, sólo necesitaba del empujón del grupo. Lo dejó y más nunca volvió a tocar un cigarro. Yo, por el contrario, era reincidente pero mismo así nos hicimos amigas. Del foro pasamos al chat y del chat al messenger. Nos escribíamos todos los días, sin excepción.


Cuando el Quitómetro cerró sus puertas virtuales Nieves abrió un nuevo foro que lo llamó: apagaelcigarro. Pasó noches enteras despierta para crearlo. Aprendió sola y hoy en día están registrados más de mil integrantes. Muchas personas dejaron de fumar con su ayuda. Nieves le da mucha alegría y belleza al foro. Todos los días sube informaciones sobre el tabaco y abre felicitaciones hermosas, con fotos y vídeos para quienes cumplen meses sin fumar. Al que cumple un año le regala un diploma de premio. La OMS considera que una persona es ex-fumante luego de pasar un año en abstinencia porque las reincidencias son enormes. Para que se den una idea, sólo el 5% de los fumadores consiguen dejarlo. Es una adicción terrible.


El mismo año que ella creó el foro de ex-fumantes yo me operé y coloqué un implante coclear. Abrí un blog y como ella aprendí sola a usarlo. A decir verdad un integrante del Quitómetro me ayudó. Él vive en Galicia y nunca nos vimos la cara aunque nos hayamos peleado bastante por chat. Necesitaba un espacio para subir fotos de mis cuadros pero fue tal la sorpresa que tuve cuando me activaron el implante coclear que este se volvió el tema principal del blog. Poco a poco empecé a oír y escuchar y por ende a dar clases de pintura.


En los seis años que conozco a Nieves muchas cosas nos han pasado, tanto a ella como a mi. Ya no podemos chatear todos los días como lo hacíamos antes pero mismo así entre nosotras se creó una amistad que nunca paró de crecer. Siempre está disponible cuando la necesito y siempre le respondo cuando me llama. Su generosidad es tan grande que se puso a escribir en mi blog a pesar de que ella no sea sorda. Se solidarizó con nuestra causa y la bautizamos de madrina. Sube vídeos con canciones hermosas – siempre con subtítulos – para animar. Felicita los logros de quienes se implantaron y apoya a los que tienen más dificultad para lograrlo.


El grupo de sordos e hipoacúsicos la adoptaron. A decir verdad ella nos adoptó. Se hizo amiga de cada uno de los integrantes del blog, en el Facebook también, y se echa unas risas con todos. Ella conoce el sufrimiento en carne propia porque padece de una enfermedad extraña – la fibromalgia – que toca el dolor. Es por eso que la admiro tanto. El dolor no le quita la alegría, el humor, la esperanza y la generosidad. Eso tiene mucho valor. Es un ejemplo de mujer.


pau y nieves


Paulita se apareció en casa el martes pasado. Al otro día se tomaría un avión para Madrid. Ya lo había hablado con Nieves en privado y esta no lo pensó dos veces. La fue a buscar al aeropuerto en tren y la llevó hasta su hotel. Pocas son las personas que hacen algo así, con una persona que no conocen personalmente. Se hicieron amigas en el instante. Nieves la llevó a conocer la ciudad y Paulita le hizo probar el mate. Sacaron fotos hermosas que subieron en el Facebook. Sus sonrisas irradiaron la internet de felicidad.


Gracias Nieves por todo lo que haces por nosotros y por haberla recibido con tanto cariño a Paulita. Eres una mujer maravillosa y yo me siento muy orgullosa de ser tu amiga, porque eso es lo que somos: AMIGAS, en las buenas y en las malas.


las motoqueras nieves y pau

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feliz 2014


Por primera vez en cinco años no escribí en el blog por navidad No quiero dejar pasar el año nuevo tambien así que acá estoy, exprimiendo mi cerebro para sacar una idea coherente.


“Ya escribiste mucho y por eso que se te hace difícil, aunque historias todavía tenés para contar”, me dicen


Es cierto, en estos años acumulé muchos escritos en el blog. Con lo que tengo ya puedo editar un libro, según Germán. Así lo han hecho Lak Lobato y Pepe Lozano, que difunden el implante coclear a través de sus experiencias y la de los “comentakas” también.


Sueño con escribir un libro aunque este año se me haya ido la inspiración. A veces me pasa eso con la pintura también y creo que eso le sucede a todos los artistas, en todos los campos del arte. Hay momento de creación y momento de recreación. En el ocio se gesta una nueva etapa creativa para el artista. Es como un vaso, que para llenarlo primero se lo tiene que vaciar. Es como la respiración, que exala e inhala, como el propio universo que se expande y se retrae, en una constante búsqueda de equlibrio.


En el 2014 espero volver a escribir como lo hacía antes para compartir mis experiencias con toda esa gente linda que se arrimó y comentó en el blog. Fue una experiencia enriquecedora en todos los sentidos para mi. Este año me gustaría ir a un taller literario y aprender técnicas de escritura. No pretendo ser una erudita en el arte de la narración. Soy autodidacta de vocación. Me identifico con la lectura fácil, cotidiana y costumbrista porque me gusta el arte de la calle. No soy ni seré de la academia jamás ni en la pintura, ni en la escritura, en nada.


El arte me salvó de la tristeza y soledad que me causó la sordera. Paradojicamente la soledad fue mi mayor compañía en momentos cruciales e intensos de mi vida. La soledad la encontré en el silencio y el silencio abrió la puerta de mi mundo interior, lleno de historias de todo tipo, lleno de vida.


“Estoy en la universidad de la vida”, le escribí a mi madre desde Grecia, donde trabajé como campesina en la cosecha de olivas y naranjas. Aprendí mucho en la calle y me transformó en lo que hoy soy. Tenía que vivir para contarlo, por eso largué los libros y me puse una mochila en la espalda. Cuanto más avanzaba mi sordera, más fuerte era mi necesidad de estar afuera, en la acción, en la aventura y con la gente como maestros.


Luego de muchos años llegó el implante coclear en mi vida, me devolvió los sonidos y lo compartí en el blog. Luego lo compartí en mi taller de pintura con alumnos. Ahora puedo escuchar, dar clases y compartir mis aprendizajes. De todos modos sigo con mi soledad. Ella no me deja sola. Como lo ha escrito Georges Moustaki en una hermosa canción: “No, no estoy nunca solo con mi soledad”. Me siento privilegiada de tener ese mundo interior porque allí se gestan mis proyectos y mi arte.


Hay que encontrar tesoros y riquezas en nuestros sufrimientos. Con la sordera encontré mi mundo interior.


Esta noche festejaremos la llegada de un nuevo año y con ello renovaremos la esperanza. Quiero que sepan que siempre los tengo en mi corazón y no los olvido nunca. Les deseo todo lo mejor en el 2014. Qué este año que viene nos mantenga unidos y podamos compartir nuestros aprendizajes con el silencio, el implante coclear, con nuestros éxitos y frustraciones para llevar un mensaje de esperanza a todos los que buscan en la internet ayuda.


El arte salva


Besos a todos

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cumpleaños


Ya se nos va septiembre y yo todavía no subí una entrada. En este mes wordpress me avisó que el blog cumplió cinco años de vida. En ese tiempo sólo dejé de escribir en enero del 2013 porque estuve en Francia – mi país de nacimiento – luego de nueve años de ausencia. No me faltan temas, tengo muchas cosas para contar todavía. Lo que me falta es tiempo. Al dejar de escribir los comentaristas se alejaron. Todo en la vida es una cuestión de ida y vuelta. Lo mismo pasa en el blog. Si no escribo nadie comenta y si nadie comenta pierdo las ganas de escribir. Hay que seguir adelante, el show debe continuar.


En el blog se formó un grupo de hipoacúsicos y sordos interesados en el implante coclear. Tuve la suerte de conocer personalmente a varios de ellos, por vivir en Buenos Aires, donde están la mayoría de los médicos y fonoaudiólogas que se ocupan de la rehabilitación y calibraciones. Con los que viven más lejos nos hicimos amigos en el facebook. Algunas personas me escriben por mail para pedir apoyo porque no se animan a comentar. Yo no soy médica ni tampoco soy abogada y lo único que puedo transmitir son mis experiencias personales.


Empecé a escribir en el blog sobre el implante coclear como si fuese un diario, para registrar todos los descubrimientos sonoros que tuve al activar los electrodos a mi nervio. Fueron momentos únicos e irrepetibles. Me sentía un bebé que aprendía a escuchar y hablar por primera vez.


Poco a poco se fueron juntando personas al patio y el blog tomó vida propia. Los comentaristas lograron producir un milagro con Color Esperanza, que a decir verdad se llama Sandra. Doris fue la hermosa villana del cuento que movió cielo y tierra con la ayuda de un teléfono. Ella también es hipoacúsica pero tiene una ventaja sobre algunos de nosotros: Escucha el teléfono. Además tiene unas agallas que asustan al más valiente defensor de la inoperancia. Luego de un año y medio de lucha Doris consiguió que Sandra viaje a Buenos Aires para que arreglen y calibren su procesador, muerto por más de diez años gracias a la indeferencia de mucha gente.


Sandra volvió a oir a pesar de que su procesador fuese muy angituo. Todos sabíamos que necesitaba de uno nuevo a pesar de las insistentes negativas de su obra social. Doris había logrado lo imposible al conseguir que le arreglen el que ya tenía y prendió una luz de esperanza en el horizonte. Sandra volvió a Tucumán y continuó su vida pero más feliz que antes gracias a los sonidos que ahora la acompañaban. Un día, luego de varios meses, volvió a escribir en el blog con desazón. Le habían robado el procesador. Esa desgracia le impuso un nuevo reto: conseguir un nuevo procesador último modelo. Nuevamente se encontró con la negativa de su obra social pero de esta vez se tuvo fe y buscó una abogada que consiguió la aprobación a través de un recurso de amparo para obtener otro procesador. Sandra volvió a ser Color Esperanza y se acordó del blog, que tanto le dió en su momento. Estas son sus palabras:


15/09/2013
HOLA OLIVIA HOLA A TODOS QUIREO DECIRLES QUE PERDI EL CONTACTO CON TODOS DEJO MI NUMERO DE CELULAR LES CUENTO QUE PROFE SIGUE NEGANDO TODO TUVE QUE PONER UNA ABOGADA PARA QUE ME DEFIENDA Y YA ESTA PRESENTADO EL AMPARO HOY MAS QUE NUNCA NECESITO DE TODOS USTEDES EL NUMERO DE MI CELULAR ES 03865 15509565

23/09/2013
hola olivia estoy re feliz DORIS DORIS QUERIDA SALIO LA MEDIDA CAUTELAR GRACIAS MI angel POR HABERME AYUDADO TANTO GRACIAS Oli por este bendito blog hoy me dieron la noticia y quiero compartirlas con todos ustedes estoy feliz SE HIZO JUSTICIA

25/09/2013
GRACIAS OLI GRACIAS MILLONES DE GRACIAS A TODOSS , DENTRO DE DIEZ DIAS TENDRE EL PROCESADOR NO SE SI ME MANDAN A BUENOS AIRES O AQUI EN TUCUMAN EN LA FUNDACION DEL DOCTOR ESTOK A QUIEN QUIERO AGRADECER INFINITAMENTE TAMBIEN A MI ABoGADA DOCTORA DANIELA LOPEZ ANDINA Y A TODOS LOS QUE SABEN DE MI LUCHA INCANSABLE A TODOS MUCHISIMAS GRACIAS ME ENCANTaria poder reunirnos todos a festejar por esto y a seguir luchando por los que todavia no pueden porque si si se puede gracias bendito blog muchisimas gracias.


Me siento feliz y orgullosa por Sandra. También me siento feliz que lo haya compartido con nosotros.


Daniel Bergia también nos escribió este en este mes de la primavera con buenas noticias. Estas son sus palabras:


23/09/2013
Daniel (Argentina)
Hola, hace bastante que no me daba una vuelta por acá, y en esta pasada les comento que definitivamente me decidí a recibir el implante coclear (recuerden que sufro, al igual que muchos, hipoacusia bilateral progresiva, con perdida total del oído izq.). Los estudios fueron todos favorables para acceder al implante y ahora estoy en la etapa de enviar la solicitud a la obra social. Estoy ansioso como imaginarán y con muchas expectativas. Por lo que leí de Uds., lo más trabajoso es la adaptación y que requiere de mucho trabajo y sacrificio propio, es realmente así?, pero al final, creo que será bien reconocido. Tengo la suerte de tener media audición en el oído derecho, ayudado por un audífono, pero padezco mucho en ambientes ruidosos y en reuniones laborales o sociales, se me hace imposible seguir una conversación, por eso espero con muchas ansias la posibilidad que me dará el IC. Gracias les digo a todos y ánimo y fuerza a los que se sienten desesperados. Dios y la tecnología hacen que no perdamos las esperanzas. Un abrazo.


Daniel necesita de apoyo como cada uno de nosotros lo necesitó en su debido momento. La sociedad hizo mucho por los discapacitados – es cierto – pero sólo nosotros sabemos por lo que tenemos que pasar para integarnos al mundo con una carencia. Solos somos invisibles pero juntos no. Esto lo aprendí en el blog, con las personas que aquí comentaron y entraron en mi vida. Yo no hago mucho, sólo cuento mis experiencias y brindo un espacio de encuentro. El resto lo hacen los comentaristas.


Hace cinco años atrás dejé de ser la única sorda del universo para formar parte de una comunidad que sabe por lo que paso y me ayuda cuando me siento perdida. Se lo debo al blog y por eso le digo: ¡FELIZ CUMPLEAÑOS!

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