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Archive for 5 marzo 2015

mi sordera


La sordera es una discapacidad invisible, tan invisible que solo se dieron cuenta que no escuchaba del oído izquierdo a mis 14 años cuando en realidad ya no escuchaba más desde los seis.


-¡ Prestá atención! – gritaba mi madre -. A ver, repetí, ¿Qué te dije?



Mi palabra preferida era ¿Qué? Mi comodín.


En el colegio era tímida y me sentaba en el último asiento, en la esquina opuesta a la que estaban los profesores, para que no me llamasen al pizarrón. En clase me la pasaba dibujando, los profesores se enojaban porque no les prestaba atención. Me arrancaban la hoja y me obligaban a mirarlos. Yo me perdía entre los movimientos de sus misteriosos labios porque que no los sabía leer, ni sabía que era hipoacúsica, solo sabía que era una chica distraída que vivía en otro mundo y le importaba un bledo lo que pasaba a su alrededor.


– ¡Lo hiciste a propósito! – reclamaba Inés luego de una prueba, porque no le había soplado las preguntas.

– No te escuché, le respondía, pero ella no me creía y se enojaba conmigo.

Yo pensaba que no le había escuchado porque había hablado en voz baja.



Era ignorante, me parecía normal no oír el insoportable tic, tac del despertador al girar la cabeza en la cama. Se lo atribuía a la posición. Lo mismo me pasaba en el cine cuando me hablaba una amiga del oído sordo. Me daba vuelta y la escuchaba. Se lo atribuía a la acústica.


En el recreo siempre leía un libro. Mi mente viajaba con las palabras, frases, párrafos y capítulos, a lugares remotos y hermosos, a veces tenebrosos y otros dolorosos. En esos lugares donde nadie me criticaba por no prestar atención, ser egoísta, vivir en la luna; por ser una adolescente que solo sabe mirar su propio ombligo y nada más.


Y luego vino la juventud. Me sentía insegura porque no aceptaba mi discapacidad, que descubrí a los 14 años gracias a la lucidez de la profesora de ciencias. La otoesclerosis avanzaba y cada día escuchaba peor. No me gustaba ir a las fiestas porque la música me aturdía y la oscuridad me alejaba de las personas. Me sentía invisible y extranjera. Sólo Sartre y Camus entendían la soledad y el absurdo de la existencia. Esos comportamientos pasaron inadvertidos por mis padres, porque era adolescente y todos los adolescentes son unos inadaptados.


La gente nunca me registró como una persona sorda (la palabra hipoacúsica la conocí mucho después) . Me veían rara, antipática, extravagante, tímida, soberbia – de todo – menos sorda.


Un poco por la dictadura y otro poco por la difícil relación que tenía con mi padre, a los 22 años me fui de Argentina, con una mochila en la espalda. Pasaron muchos años para darme cuenta que también quería escapar de la sordera y pasaron otros tantos años más para aceptar esa realidad.


Blanqueé la situación. Compré un audífono. Empecé a presentarme con un: Hola, hablame despacio porque soy sorda. Me adapté.


Tuve una vida normal a pesar de las dificultades que se me presentaban diariamente por el hecho de no escuchar. Se aprovechaban de mi discapacidad en el trabajo y en las relaciones. Hasta mi hija se aprovechaba para hacer pavadas sin que la molestase. Mis parejas igual.


Tuve mucha dificultad en crear una pareja. Al principio todo era maravilloso, nos comunicábamos bien porque en esos momentos de magia no necesitábamos hablar. Cuando el idilio terminaba, los problemas de comunicación empezaban y la sordera era un factor esencial para que eso sucediese.


Siempre viví siempre entre oyentes (no conocía sordos). Fui feliz y todavía lo soy. Tengo proyectos, amigos, familia, hijos, nietas y la pintura. Además tengo un implante coclear que me permite escuchar un universo de sonidos, que sin él, dejan de existir. No me puedo quejar, pero a veces, cuando tengo problemas de comunicación, que me causan gran frustración, me pregunto: ¿Por qué no? ¿Por qué no me puedo quejar cuando me dejan sola por la falta de audición?


Tengo que hacer un esfuerzo para estar comunicada y las personas que conviven conmigo también lo tienen que hacer. A decir verdad tengo que hacer un esfuerzo para estar comunicada con cualquiera, pero cuando el vínculo es más estrecho, el esfuerzo es mayor porque también lo es el amor.


¿Cómo puedo explicar lo que oigo y escucho? ¿la diferencia de los dos? ¿la confusión entre los dos? ¿la distorsión? ¿la interpretación? No lo sé, lo intenté por todos los medios, no se puede, no se explica, se siente, y nada más. Lo mismo le pasa a un oyente cuando quiere explicar la música a quién no la conoce. No puede.


Mi hija es la que mejor me entiende, porque es la persona que mejor me conoce. Tuvo que sobrevivir con una mamá hipoacúsica, ser sus oídos también.


– No me estás escuchando, mamá – me dice cuando me distraigo. Los gestos de mi cara cambian, es algo sutil, que pocos pueden leer. Es la cara hago que te entiendo.


Dejo de escuchar por muchos motivos, y uno de ellos es el cansancio. En esos momentos vienen los problemas del tipo:


– No te interesa mi vida, no me prestás atención.

– Me interesa, pero no te escuché.

– Me estabas mirando cuando te hablé.

– Pero no escuché, soy sorda.

– Pero no parecés sorda, yo me olvido que lo sos.


Ya no sé si tomarme eso como un cumplido o como un problema. La gente no me comprende porque no me acepta como sorda. Y lo soy, escucho con un solo oído y con un aparato electrónico.


Parezco oyente por tres motivos. El primero porque la sordera es invisible, el segundo porque hablo como una oyente.


– Es un milagro, me dijo un médico

– Es un caso excepcional, me dijo el otro.


Por último tengo un cerebro de oyente. Me crié entre ellos, fui a un colegio común, sin fonoaudiólogas, ni lectura labial.



A decir verdad me crié con un hipoacúsico también – mi padre – pero se comportaba como un oyente insoportable, que tomaba alcohol y gritaba como un energúmeno. Sobrevivía con un audífono en un mundo hostil, sin fonoaudiólogas, ni lectura labial. Era el guerrero incomprendido, fuerte por fuera y frágil por dentro. Abandonado a su silencio.


A pesar de todo eso él me enseñó a enfrentar mi discapacidad con dignidad, a vivir con actitud.


Por eso vuelvo a repetir:

Soy sorda pero nadie me escucha

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