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Archive for 17 agosto 2012


Para dibujar y pintar hay que aprender a mirar. Hace años, en un curso de dibujo me mandaron copiar un pez. En dos minutos lo tenía hecho. “Hagalo de vuelta y mire con más atención”, me dijo el profesor. El pez era simple y no le veía ningún interés. Estuve dos horas, dibujando una y otra vez al mismo pez. Con este ejercicio aprendí a mirar. Descubrí en cada copia nuevos detalles, imperceptibles a simple vista y que hacen el dibujo más interesante y natural. Una silla de hierro pintada en rojo, no es roja. Las luces y las sombras le dan el color y el volumen. En las zonas claras el rojo se mezcla con una pizca de amarillo y en las zonas más oscuras con azul. Unas pinceladas blancas le dan el brillo del metal, que se refleja con la luz. Para lograr estos tipos de efectos se necesita aprender técnicas pero luego la observación hace el resto. Cómo dice el refrán: “El viejo zorro sabe más por viejo que por zorro” La experiencia y la constancia son imprecindibles.


Lo mismo pasa con el implante. Se aprende a escuchar a través de los electrodos con reeducación y también con la práctica del día a día. El rojo se descompone en amarillo, azul y blanco según la luz como el sonido ambiental se descompone en bocinas, ladridos, voces, sirenas, gritos y así por delante. Para escuchar se requiere de aprendizaje y atención. Una cosa es mirar y otra es ver. Una cosa es escuchar y la otra es oír.


Al poco tiempo de implantarme Germán me regaló un mp3. Hacía quince años que no escuchaba música y no sabía usar ese nuevo aparato electrónico. Mi hija me grabó un disco de Chico Science, músico recifense, que tuvo mucho éxito, tanto en su país como en Europa. Era famoso mientras yo vivía en Brasil. Su música tocaba por todos lados pero yo no la conocía. Enchufé el mp3 al procesador y escuché el disco de Chico Science miles de veces, ya que era el único que tenía grabado. Con la repetición aprendí reconocerlo.  Al principio no escuchaba su voz y las notas eran incomprensibles. Con el tiempo discriminaba los instrumentos, su voz, palabras y frases completas. Me enamoré de Chico y su música.


No me pasa lo mismo con la televisión porque no le presto atención. A pesar de todo ya reconozco palabras y por momentos frases enteras pero avanzo poco al no practicar. El teléfono es otro tema. No llamo a nadie y nadie me llama. Mi madre era la única que lo hacía. No se cansaba de insistir. Fue mi profesora. Hoy en día me sorprendo cada vez que atiendo una llamada. Escucho y puedo mantener conversaciones. Sólo me falta vencer la fobia, el miedo irracional que le tomé al teléfono.


José Luis es un ejemplo para mí. Le tengo una gran admiración. Con ocho años de edad aprendió a hablar y con 42 se implantó. En dos años de implantado ya discriminaba todas las palabras, escuchaba música y hablaba por teléfono. El logro se debió a su perseverancia y tesón. Hizo reeducación todos los días durante meses. Atendía el teléfono sin miedo, escuchaba músicas una y otra vez hasta comprenderlas. Se angustiaba y cansaba después de largas horas de reeducación pero nunca se dejó vencer. La actitud lo es todo. Nada es imposible para quién tiene fe y constancia.


Muchos oyentes oyen pero no escuchan. El marido no escucha cuando su mujer le habla. El médico no escucha a su paciente, la madre no escucha a su hijo, el hijo no escucha a su padre, etc… porque están distraídos. Hay que aprender a escuchar al igual que se aprende a mirar para dibujar.


No hay peor sordo que el que no quiere oír, y eso no va dirigido a los sordos y sí a los oyentes, porque ellos tienen la capacidad de escuchar y no lo hacen. Nosotros debemos aprender a escuchar con los electrodos pero la vida es un aprendizaje y todos tienen mucho para aprender.


No se dejen vencer. Perceberen y triunfarán.

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Nunca me sentí feliz con las exigencias que la sociedad de consumo impone como modelo de “Felicidad”. De chica era feliz en la casa de la empleada doméstica de mis padres, sentada con su sobrino en una palangana llena de agua, mientras nos bañabamos, con gallinas y perros a nuestro alrededor. “¿Por qué no vivimos en la villa, mamá? Son más felices que nosotros”. Mi madre me miraba atónita.


Odiaba la ciudad rodeada de necesidades materiales innecesarias. No me encandilaban las apariencias porque sentía el vacío de la esencia. Es de “buena familia” decía mi madre, “tienen nivel”. No entiendo esos términos clasistas. Gente de “buena familia” pueden ser malos y viceversa. El valor de una persona pasa por su esencia y no por su linaje. La vida social transcurre por la superficie, por lo que “debe ser” y por lo que “tiene”. Una frase dicha en la película “Matrix” lo describe bien: “Los humanos no son mamíferos, son virus”. Los mamíferos viven en armonía con el medio ambiente que les da el sustento. Los virus consumen y devastan al medio ambiente que los rodea para después migrar a otra región con el mismo fin. Parecidos a nosotros, ¿no?


De jóven me decían “hippie” porque vivía al márgen del consumo. Nunca me agradó ese tipo de clasificación. Los hippies eran americanos que se rebelaron contra la guerra de Vietnam, pero claro, también fueron los primeros y únicos a rebelarse contra la sociedad de consumo, en su propio país capitalista por excelencia. Las drogas minaron al movimiento que, sin armas, causaron una verdadera revolución cultural. De ahí se gestó la liberación sexual, la revalorización del trabajo artesanal y el repudio por la política imperialista de la cúal eran víctimas. Este movimiento repercutió en Francia en mayo del 68 con el famoso “prohibido prohibir” y produjo importantes cambios en la educación hasta el día de hoy. Los hippies reivindicaron las palabras de Jesus contra una iglesia corrompida por las jerarquías del poder. AMOR y PAZ era el lema.



Me fui a vivir con los nativos en una playa vírgen del nordeste de Brasil durante seis meses. Quería ser cómo ellos, lejos de la alienación del progreso. El sustento provenía de la naturaleza que los circundaba. El agua venía del río y los cocos, la comida del mar y de la selva, el combustible de los cocos secos y así por delante. Aprendí a vivir sin electricidad, agua corriente ni gas. Los nativos fueron mis maestros y me enseñaron a reconocer la sabiduría en la simplicidad. Eran felices porque eran libres de los documentos y limosnas que les ofrecía la ciudad a cambio de una casa precaria en la villa y un trabajo de doce horas diarias en una fábrica sin ventanas, ni seguridad por un sueldo mínimo y miserable. En la playa no tenían dinero, pero eran reyes. En la ciudad tendrían dinero e innumerables necesidades materiales que sus sueldos no podrían satisfacer.


“No parece millonaria” decían los nativos al hablar de mí. Me aceptaron porque me mostré humilde con ellos. Quería aprender, no tenía nada para enseñar. Aprendí a comer con las manos, a lavar la ropa en el río y hacer fuegos con ramas y cocos secos sin la ayuda de papeles de diario ni alcohol. Me sentí libre y feliz mientras duró pero un buen día partí de allí con lágrimas en los ojos. No podía escapar de mí misma, tenía demasiadas informaciones en la cabeza.


Soy un producto de mi época y cultura. Cómo decía el roquero Papo: “De nada sirve escaparse de uno mismo”. Si no fuese por la ciencia hoy no estaría aquí para contarlo. A los nueve años de edad la penicilina me salvó de morir de una peritonitis aguda. Después la tecnología me devolvió la audición gracias al implante coclear y me transformé en una mujer biónica.


Ahora dependo de mi aparato electrónico para escuchar. Necesito comprar pilas y baterías recargables, cambiar el cable, hacer limpieza del procesador y calibraciones. Ya no puedo vivir con los nativos en una playa desierta lejos de la ciudad. No puedo, ni quiero porque nada me hace más feliz hoy en día que escuchar. Los sonidos me conectan con la vida.


El ser humano está lleno de contradicciones. Por un lado tiene la capacidad de hacer maravillas con la ciencia y la tecnología y por otro lado usarla para su propia destrucción. Gracias a los modernos medios de comunicación pude vencer el aislamiento del silencio. La internet fue mi salvación. Tengo mucho que agradecerle a la tecnología porque me dio una nueva calidad de vida pero depende de un sistema perverso y cruel para desarrollarse. Sin consumo no hay economía y para que funcione debe ser excesiva, lo que nos transforma en virus devastadores.


Todos los días salen nuevos aparatos, más modernos y sofisticados. Es una carrera sin fin. Recibimos miles de informaciones diariamente que no podemos procesar. En el subte, la calle, el colectivo, las salas de espera, etc., la gente está enganchada a su celular, lleno de aplicaciones. Estar conectado en la internet las 24 hs. del día, sacar fotos a todos los acontecimientos banales de nuestra existencia y tener 10.000 músicas almacenadas es aterrador. Nunca se estuvo tan comunicado en la historia de la humanidad y millones de personas se sienten solas. Están solas en el medio de la multitud. Qué contradicción.


Hay que vencer la alienación para que la tecnología se transforme en una herramienta para nuestro bienestar, pero eso no le conviene al establishment. La conciencia les es peligrosa. Pensar en el destino de nuestra humanidad me angustia. Se vive en una selva de piedra cruel y egoísta de unos pocos que no escuchan el amor y solidaridad de unos muchos.


Adoro una frase que escribió una colega – Seda – en su blog: ….”Y aunque el mundo se empeñe en lo contrario siempre creeré en la raza humana”


Este video tiene subtítulos en español.

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