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Archive for the ‘acrílico’ Category

Salvador (La verdulería)

Esta es la verdulería que está a la vuelta de mi casa. Resiste a la especulación inmobiliaria del barrio (su terreno vale una fortuna) Te dan frutas y verduras de “yapa” (o sea, alguna de regalo) y cuando vas a pagar también te cobran un poco menos. Hay dos perros, el que está recostado bajo la pierna del verdulero Salvador, es celoso y no deja que se le acerquen. El que está en primer plano es más cachorro y juguetón. Siempre anda con un limón de pelota. Te la pone a los pies y te pide que se lo lances. Es pura vida, pura alegría, una explosión de colores en el medio del cemento.

Verduleria rezized

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Mundos Paralelos

Desde que doy clases de pintura, poco tiempo tengo para pintar. No importa, la cuestión es no abandonar. Este es el primer cuadro que pinté este año. Pasé meses con los detalles (tres horas semanales de trabajo) y todavía le veo detalles para afinar. Me di cuenta que este cuadro no tiene fin. El fin está en dejar el pincel de lado. Siempre se le puede agregar algo más. En algún momento lo retomaré pero ahora quiero compartirlo en el blog.

Mundos Paralelos

Mundos Paralelos

En el facebook Andrés Alvarez escribió esto y los transcribo porque captó la esencia del cuadro:

“Vi esto y me acorde de mis amigos Qom de derki o Tobas, como los llaman hoy, por encima de una ciudad cosmopolita como Buenos Aires, ellos siguen con sus artesanías en lucha de no perder su identidad milenaria”

Los Qom o Tobas, son originarios de la región del Chaco

Espero que lo disfruten

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iemanjá paulo

Desde el primer día que pisé el suelo de Brasil me atribuyeron ser hija de Iemanjá, la diosa del mar en la religión afro-brasileña: Candomblé. A los dos años sólo sabía decir mamá y “agua pum”. En esa misma época mi madre tuvo que pagar una multa por haberme metido en una fuente pública cuando estabamos de vacaciones en San Sebastián, España. La volví loca con el agua pum mientras ella buscaba un pileta, o la playa, no sé. En Pinamar los salvavidas me llevaban a nadar con ellos – mar adentro – cuando sólo tenía 17 años. “Sabés nadar, podés venir con nosotros si querés”. Yo iba feliz. Me sentía como un pez en el agua y nadaba como tal.


Con el mar de Pernambuco fue amor a primera vista. El agua es turquesa, cálida y transparente. Se forman piscinas cuando la marea baja y aparecen los arrecifes de corales. Peces de colores nadan entre la gente, en busca de comida. Iemanjá los recupera cuando la marea vuelve a subir. Cuando los portugueses descubrieron esta tierra creían haberse topado con el paraíso. Yo tambien.


Me fui por un mes y me quedé veinte años. Iemanjá me abrazó y no pude resisitir a sus encantos. El sueño de mi vida se hizo realidad: vivir en una ciudad con mar, un mar generoso y hermoso. Un regalo sin igual.


Cuando llegué a Recife yo estaba prácticamente sorda pero no usaba audífono. Me resistía a aceptar la realidad. Vivía en mi mundo silencioso, iba a la playa todos los días y nadaba. Durante mi embarazo tambien. La gente decía que el bebé iba a nacer en el mar pero Iemanjá estaba a mi lado y siempre nos protegía.


Compré mi primer audífono pocos meses antes de mi hija nacer. Gracias a ello pude escuchar su voz. Lo que no pude fue volver a nadar. Los moldes del audífono abrieron mi canal auditivo. Cada vez que me zambullía en el agua esta se metía dentro de mi oído y tenía que esperar varias horas volver a escuchar. Sin hablar de las otitis que eso generaba. Perdí las ganas de nadar.


Así pasaron casi veinte años. Miraba el mar y me seguía emocionando con su belleza, pero de lejos. Perdí la dicha de tocar el cuerpo de Iemanjá.


Cuando me hice el implante ya no usaba el audífono y con ello me liberé del tema del molde. Recuperé la natación. Grande fue mi dicha el día que pude zambullirme de nuevo en una pileta. El implante coclear es un aparato electrónico y como tal no resiste al agua. Debo tirar el procesador para nadar. Algunas personas piensan que necesito estar conectada al sonido las 24 horas del día. Eso no es cierto. Cada vez que entro en la ducha o cuando me voy a dormir me quito el procesador. El silencio forma parte de mi realidad y lo acepto pero no es por ello que me resigno a vivir aislada. Porque el silencio aisla pero en el mar eso no me importa porque me encuentro con Iemanjá, mi madre espiritual.


Ahora estoy en Recife de vacaciones. Lo primero que hice al llegar fue ir a ver el mar. Iemanjá me sonrió porque habíamos pasado mucho tiempo separadas pero ahora nos ibamos a volver a tocar.


Estoy matando las saudades, como se dice en Brasil. Me quito el procesador y aprovecho del mar. En las piscinas naturales converso con mis amigos con la ayuda de la lectura labial mientras los peces de colores dan vueltas a nuestro alrededor. Me comunico sin problema. En el mar abierto me sumergo en los brazos de Iemanjá y nado.


En la playa no solo el agua es perjudicial para el procesador. La arena, el sol y la sal tambien lo son. Cada vez que entro al mar lo coloco en una cartuchera de plástico, con cierre, dentro de una bolsa que lo protege del calor. Cuando vuelva a Argentina lo llevaré para hacer una limpieza así no se oxida por la sal del mar. Todo cuidado es poco. Es fundamental hacer una revisión periodicamente de nuestro procesador. La parte interna adentro está, solo tenemos que cuidar nuestra cabeza y no golpearse. Mismo sin el implante es bueno no golpearse la cabeza.


El implante coclear me brindó muchas ganancias, Iemanjá agradece y yo aprovecho de sus aguas turquesas que tan feliz me hacen sentir.

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Para descomprimir:


Los Colores de mi Tierra

Técnica mixta

0,60 por 0,80 mts


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La Provence


El desarraigo me define. La palabra justa en francés sería “déracinée”, o sea, con las raíces arrancadas. De madre francesa, padre argentino, hija brasileña y el resto de la familia diseminada por varios lugares del mundo, no sé qué decir cuando me preguntan de dónde soy. Porque nací en París pero a los tres años me fui. Viví mi infancia y juventud en Buenos Aires pero estudié en un colegio francés y no recibí la misma formación que la mayoría de los porteños. Mi formación fue el dualismo, aprender a vivir con un pie en cada cultura. Para completarla viví 20 años en Brasil, que adopté en mi corazón por la fuerte razón de que mi hija nació y se crió allí.


Yo siempre dije que era argentina – además de francesa y brasileña – pero siempre argentina primero aunque no tuviese ni la nacionalidad. La nacionalidad argentina se adquiere al nacer en el suelo del país y en aquel entonces no había acuerdo con Francia. Mi padre me “cargaba” y llamaba de “franchuta”. A mi me amargaba escuchar eso y negaba mi verdadera nacionalidad. No quería hablar en francés y le respondía a mi madre en español. Cuando estaba en Francia le decía a mi familia que yo era argentina hasta la muerte. A los chicos no les gusta ser diferentes y yo necesitaba pertenecer. A mi papá no le importaba ni conocía la psicología y llegó al colmo de hacerme firmar a mis nueve años un papel en que decía que abandonaría mi nacionalidad francesa al cumplir 18 años de edad para ser argentina. Y yo lo firmé con aire solemne mientras mi padre se reía de mi inocencia.


A los 18 no cumplí con la promesa, no por el hecho de hacerme argentina pero sí por el hecho de no querer negar una parte mía. Con los años aprendí que no tengo que negar quién soy. Sólo así encontré mi paz interior. Los tiempos cambiaron y ahora Argentina tiene acuerdo con Francia. Soy argentina desde el año 2001, en el momento en que el país pasó por la mayor crisis de su historia. Lo mío era una cuestión sentimental, de pertenencia con la tierra de mi padre.


Mi familia materna es de Marsella pero después de la guerra mis abuelos y sus hijos se fueron a vivir a París, donde yo nací. A los 22 y a los 23 años viajé durante meses de mochilera por todo el sur de Francia: La Provenza y la Costa Azur (la costa). Volví varias veces y cada vez que fui se me despertó una emoción visceral, estaba en casa, aunque nunca hubiese vivido allí. Es muy fuerte y esto no me sucede ni en Paris, donde nací. Marsella me fascina a pesar de que sea sucia, desordenada, irreverente, transgresora, además de bella en su gente y en su naturaleza, llena de accidentes naturales y piedras blancas bañadas por el azul radiante del Mediterráneo. Me siento plena en el sur de Francia, me reencuentro con mis ancestros.


Fui pocas veces pero siempre lo disfruté con pasión. En enero tuve la suerte de volver y reencontrarme con sus aromas, colores, sabores, luz y -sobre todo- amigos y familiares que tienen el privilegio de vivir en aquella hermosa región bendecida por una naturaleza generosa.


La Provenza; yo podría vivir y sería muy feliz en la tierra que los impresionistas se enamoraron. Muchos de ellos llegaron del gris y helado París para encontrarse con una paleta llena de colores y luz ¡Y qué luz! Los impresionistas fueron los primeros artistas plásticos de Europa en pintar al aire libre. La Provence era el lugar ideal para tal fin. Además de su luz y colores está llena de riquezas históricas. Allí pasaron todos, desde la prehistoria pasando por los celtas, etruscos, romanos, bárbaros, galos, francos y etc. Todos ellos dejaron una riqueza cultural sorprendente. Es el país de las mezclas, lo que justamente me define.


Y finalmente pinté un cuadro. El año pasado mi producción artística fue muy pobre. El picaflor y Don Juan Manuel de Rosas fueron las dos únicas obras que realicé. De todos modos  con el cuadro de Rosas tuve el privilegio de hacer algo grande y que nunca tuve la oportunidad de hacer antes ni sé si se repetirá en el futuro.


Este es el primer cuadro de la nueva serie que acaba de nacer. Un homenaje a La Provenza, el país que late en mi corazón, el país de mi madre, un homenaje a mi madre, que hace poco partió y siempre extraño.

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Se acercan las fiestas y un año más se fue. El primer año sin mi madre. A pesar de mi avanzada edad tengo una sensación de orfandad, una perdida insuperable. El tiempo lo cura todo y con lo rápido que pasa ya falta poco para que salte en una pata.


Al no querer enfrentar mi dolor preferí castigarme con el tabaco pero un día decidí que ya estaba bien, que había llegado el momento de levantar la cabeza. Y lo dejé. Fue cómo un parto porque tuve que esperar nueve meses para conseguirlo. Ahora hace sólo un mes y diez días que no fumo y practicamente no lo recuerdo. No siento ansias – mi mayor temor – ni sufro por la falta de mi “amor mortal”. Me sorprende y me pregunto porque me costó tanto dejarlo y porque se hizo tan fácil después que lo decidí. A decir verdad las ansias de fumar son mentales. He dejado de fumar muchas veces, y tengo una profunda experiencia en el tema. Si existiese, tendría un título universitario, postgrado y notas excelentes. Leí el libro de Allan Carr: Dejar de fumar es fácil si sabes cómo, que por cierto, recomiendo. Tomé odranal, champix, participé de grupos de autoayuda por internet y en vivo. Hice un tratamiento con los adventistas, miré videos, leí blogs y me informé hasta el hartazgo. Lo dejé y recaí muchas veces y aprendí de mis conquistas y fracasos. En mi larga y ardua lucha contra el tabaco me conocí mejor. Descubrí las mentiras y trampas que cometo para fumar. Las adicciones se sostienen con mentiras. ¿Por qué la gente fuma con todas las informaciones que hoy en día existen sobre los daños que el tabaco produce? Porque somos adictos y escondemos la realidad con negaciones y mentiras. No hay otra explicación.


Los primeros días no fueron fáciles aunque no tuviese ganas de fumar. Así de sorprendente y contradictorio. Lo que sí, mi estado de ánimo se cayó por la borda. Tuve bronca, mucha bronca. Después vino el bajón y lloré los nueve meses que tapé con humo de un solo tirón. Inundé mi alma. Ahora estoy mejor pero sigo triste a pesar del alivio y satisfacción que siento con mi logro. Es una tristeza tenue y honda. Estoy bien pero no tan bien. No se me escapan fácilmente esas sonrisas contagiosas y llenas de alegría que forman parte de mi personalidad. La culpa la tienen las endorfinas, que se fueron con la falta de nicotina. El cerebro necesita de un tiempo para volver a la normalidad.


Una de las cosas que aprendí al dejar de fumar es que no hay que pelearse con la ansiedad. Las ganas se van no fumando y para eso hay que tener paciencia. Se tiene ganas de muchas cosas inaccesibles a lo largo de la vida y no se pierde el sueño por ello. Es lo mismo. De todos modos repito: no tengo ganas de fumar.


El monstruo no se ha ido y siempre estará allí, a la espera de una oportunidad. El tabaquismo es una enfermedad crónica. Necesité de muchos años para tomar conciencia de esto. Por suerte tuve muchos aliados a lo largo de este proceso y cada uno me dejó un dato importante. Nikola – que nunca ví en mi vida – me ayudó a convencerme que para mi liberación definitiva tengo que usar la alegría y violencia. Si, violencia: hay que asesinar a Mr. Piti y no dejar huellas. El crimen perfecto.


En estos meses de dolor pinté a paso de tortuga um beija-flor, que significa colibrí en portugués. Los brasileños tienen un idioma bello, sensual y poético. La traducción literal de beija-flor es besa-flor en vez de nuestro cortante picaflor. Primero pinté el fondo para probar el bastidor, antes de comprarlos al por mayor. En el medio del proceso llegó el pedido del cuadro de Rosas. Lo abandoné en un rincón del taller. Lo podría haber terminado en dos días y lo hice en meses.

 

Es mi beija-flor, mi libertad, dulzura, belleza, fragilidad, perfección y milagro porque la vida continúa siempre con la frente en alto. Esto me recuerda al libro de Nando Parrado – Milagro en los Andes – que tanto me gustó. Él y sus compañeros lucharon dos meses contra la muerte y allí se dió cuenta que no es la vida quién supera esta última. Es el amor. Dejar de fumar es un acto de amor. El beso del colibrí tambíén lo es.



Seamos felices

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Mañana me voy de vacaciones por quince días, en un lugar que no hay internet. Me voy a dedicar a escuchar la naturaleza y eso me encanta. La última vez que fui para allá fue hace dos años. Estaba estrenando el implante, lo tenía hacía cuatro meses nomás y sentí un placer enorme al escuchar los pájaritos después de tantos años. En la pampa hay muchos pájaros y los atardeceres son un espectáculo.


Estoy contenta de salir un poco de esta selva de piedra. A veces me parece que todos están locos en Buenos Aires. Voy a poder bajar el ritmo y eso me encanta. En la naturaleza encuentro mi centro y me conecto con Dios o como lo quieran llamar. A la vuelta terminaré con los últimos detalles para irme a Nueva York y hacer mi primera exposición en esa ciudad. ¡Estoy feliz con el viaje!


En esta entrada subo el último mandala que pinté, espero que lo disfruten. Es el mandala árabe, el septimo de la colección.




Dejo el blog en manos de las locas divinas y de Rodolfo también (a ver si se nos pone celoso :)). Juan Carlos está de vacaciones y espero que nos de noticias a la vuelta.


Portense bien, jajajajajajaaaaaaa.


L@s quieroooooOOOOOOoooOOOOoooooOOOOOoooo

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